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03/09/2007

Malos olores

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El tema de los malos olores es algo que no se acaba nunca, pues de estas aromáticas manifestaciones podemos encontrar en numerosos lugares. A saber: en el transporte urbano –el sitio más común–, lugares públicos como restaurantes, cines, pasillos comerciales, terminales de cualquier tipo de transporte, mercados, tianguis, y un sinnúmero de lugares imaginables e inimaginables.


Ahora, estos malos olores pueden ser producto de otras tantas variantes: agua estancada, desechos propios del ser humano vertidos en lugares impropios, comida echada a perder o contaminada, animales muertos dejados a su suerte, flores o plantas pisoteadas, etcétera.
A propósito de esto, ¿a quién no le ha pasado, al viajar en camión, que un olor no muy agradable –algunos de dudosa procedencia– flota en el ambiente?


Éstos, a su vez, también pueden tener su origen en amplias posibilidades: que la unidad de transporte no haya sido aseada en mucho tiempo –algo muy común–, algún viento que se cuela por la ventanilla abierta al pasar por un canal o fábricas que despiden fétidos aires, o en los mismos usuarios que, a su vez, también pueden ser producto de otras tantas variantes: falta de baño, falta de higiene bucal o nada de ungüentos bajo las axilas, la presencia de algún borracho o vagabundo, pies con profundo aroma nauseabundo, o que –perdonéseme lo siguiente– alguien se haya aventado un flato, un pedo, un pum, una pluma, o como se dice vulgarmente, un eructo por el trasero. Cosa, por otro lado, también bastante común.


A este respecto, recuerdo la anécdota de un amigo común del Chato y un servidor, que sabía leer las cartas pero temía morir víctima de sus propios vaticinios, de quien ni siquiera ya recuerdo el nombre. El asunto sucedió así: Él viaja en un minibús, junto a la puerta trasera; el camión iba atascado –como decimos acá en Guanatos– y como llovía, ventanillas y puertas iban cerradas herméticamente. En eso, alguien se echó un pedo tan oloroso, «tan putrefactamente oloroso» –así lo dijo nuestro chompa–, que él, a quien todavía le faltaban algunas 20 ó 30 cuadras para llegar a su destino, tuvo que echar mano del ingenio para sacar aquel aroma de la unidad: se dedicó por algunos minutos a aspirar fuertemente el pedo y abría la ventanilla para echarlo fuera. Es decir, él se lo «tragó» todo.

«Veamos. Un pedo es una emanación de gases, generalmente malolientes y cuyo sonido o voz, por hábito discorda en toda formal situación; como opinión no pedida podría también caracterizarse al susodicho cuesco»

«Sobre el pedo. Vicisitudes e implicaciones»
Ignacio Betancourt, Ajuste de cuentos



03/09/2007 12:58 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Día tras día No hay comentarios. Comentar.

04/09/2007

Aguas turbias y quietas

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La tarde-noche de ayer transcurrió en soliloquios: sobresalió el de la lluvia pertinaz y las miradas que de vez en cuando yo echaba por la ventana.

«Cuando mueres por alguien, y su pecho deja de latir, no se olvida por un instante los momentos que pasaron juntos…»

En la computadora me saltaba de las manos Mayahuel, una mujer dolorosamente dolida que acabó hecha pedazos por el ataque de una horda de astros enfurecidos.

Dos Leones acabaron vacías, no obstante el ambiente frío que se desplazó sin miramientos durante toda la tarde y más allá del territorio de la noche.

El Macho profundo acabó bocabajeado en la mesa del comedor, quedando a deber la descripción de la escena en tantas páginas cacareada.

«Go west» de Pet Shop Boys. Y aquellos días en que Depeche Mode nos abría paso a todo lugar al que íbamos.

El primer bonzo mexicano de la poesía me atrapó cuando iba en el 50-B, que jugaba carreritas con otro sobre Federalismo queriendo ambos ganarle el paso al tren eléctrico.

El profe hablaba sobre la primera vez que se utilizó el término sociolinguística mientras en el pasillo de la facultad un niño era perseguido por su papá; nunca lo alcanzó.

«¿Qué hace Yuri ahí?», fue la pregunta. «Ésa me gusta», fue la respuesta. Esto bien cabe en aquello de los placeres culposos, pero en los extremadamente culposos.

El Espigadito llamó al celular. Hablamos un buen rato sobre el fucho –como él le dice al futbol–, también sobre los días idos y las cosas que se pueden hacer en los días por venir.

El Coyul, mientras tanto, al tiempo que atendía su clase de ética y legislación de medios, dejó deslizar que si la chaparra le aguanta el genio se amarran el próximo año.

La jornada acabó viendo los pininos de una falsificadora profesional: el esmero y la terquedad quizás tengan pronto mayores beneficios.

La tarde-noche de ayer transcurrió sin más soliloquios que el de la lluvia y su intermitencia…

 






04/09/2007 11:47 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Día tras día No hay comentarios. Comentar.

06/09/2007

La vuelta atrás

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A menudo me pasa que no quiero decir algo, y acabo diciéndolo. Pero no culmina ahí la cosa. Resulta que eso que dije implica consecuencias que algunas veces se me escapan de las manos –así como la palabra que no quería decir.

Si el asunto tuviera ahí su conclusión, no habría, no por decir lo menos, mayor problema que resolver. Pero tras lo dicho es difícil la vuelta atrás, retornar sobre los mismos pasos o simplemente sacarle la vuelta, no siempre es sencillo –y más teniendo en consideración que me cuesta trabajo pedir disculpas.

Aquí cabría otra consideración: ¿hasta qué punto uno puede volver a atrapar todas las palabras que dice?, ¿es posible desdecirse y que la cosa no pase a mayores? Me temo que la respuesta para estas dos preguntas se resume en una sola: lo que se dice cumple su cometido y éste no puede deshacerse.

Hace días le dije a la Chica Azul una frase que, en primera instancia, la pronuncié seguro de que estaba haciendo una broma. La reacción de ella me hizo comprender que ese tipo de cosas no pueden ser bromas, sino sólo actitudes o pronunciamientos de mal gusto.

La vuelta atrás me fue muy difícil, sobre todo porque en ese proceso me percaté de que me había equivocado –por esa común creencia de que todos piensan como uno–, y eso acabó por enojarme.

Las palabras son como espadas, lo dijo alguna vez alguien; pero lo importante quizás no es eso, sino que, como toda espada, está destinada a rasgar cualquier objeto, incluso cuerpos humanos. La vuelta atrás, de algún modo, remienda esa rasgadura.

 

06/09/2007 10:57 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Día tras día No hay comentarios. Comentar.

07/09/2007

Una de dos

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Aquella mujer, la del súper –ayer mismo–, no era ni la sombra de lo que fue aquella en los pasillos y salones de la facultad hace algún tiempo.

La de ayer era una mujer endeble –más allá de su físico–, devastada, de cuyo semblante se han adueñado los desvelos y la fatiga que deja el cariño que se ha ido.
La de la escuela era una mujer que despedía vitalidad, que en cada clase nos daba más que una lección literaria: transmitía con llaneza su apego a la literatura, su más ferviente arraigo a la vida a través de lo escrito.
La del súper era una mujer que ha pasado, de puntillas y descalza, por sobre los alfileres del desconcierto, de la angustia que la ha acompañado en los últimos tiempos.
La de la facultad era una mujer cuya voz atemperada nos conducía por los vericuetos dulcísimos de la poesía y la narrativa de autores europeos, sobre todo, y siempre con pasión, con una querencia desmedida.
La que andaba ayer de compras era una mujer que, desorientada, no ha sabido hallar la única salida del laberinto de la tristeza: da una y otra vez con pasillos cerrados, con muros que apenas la ven se le echan encima.
La del salón de clases era una mujer que apuraba las palabras de sus alumnos en una sola dirección: la única forma de disfrutar la literatura es dejar que ésta hable, no que quien lea se dedique sólo a eso, a leer.
La de ayer era una mujer quebrada: sus adentros son ahora su capa, lo lamentable es que esos adentros están deshechos.
La de la facultad era una mujer siempre sincera y siempre sonrisa, y ella será la que prevalezca aún por encima de aquella que hoy camina como un fantasma revestido de nostalgia…

«Yo no le canto a la luna, porque alumbra nada más, le canto porque ella sabe, de mi largo caminar…»
Mercedes Sosa, «Luca tucumana»

 

07/09/2007 12:39 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Día tras día No hay comentarios. Comentar.

10/09/2007

Del borracho y su mujer

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En el trayecto de una sola cuadra el hombre se golpeó la cabeza en dos ocasiones en el tubo que está en la parte superior de los asientos. El sonido hueco corrió por el pasillo. Con apuro, la mujer que iba a su lado trataba de protegerlo, interponiendo su mano entre el metal y la cabeza del tipo. El hombre aparentaba 50 años, la mujer poco menos.


De cuando en cuando el hombre abría los ojos, con mucha dificultad, y la miraba y le decía que lo dejara solo, que no necesitaba ayuda; su voz era apenas un aullido perceptible.


La mujer, renegando a los cuatro vientos y hablando con nadie al mismo tiempo –o con todos los que viajábamos en la unidad en aquel momento–, decía que eso se sacaba por andar cuidando al marido en sus borracheras, que lo iba a dejar en cuanto llegaran a su casa, que se iría con su hermana que vivía en Nogales.

El tipo, somnoliento y con la boca entreabierta de donde le escurría un hilillo de saliva, no la escuchaba. En un frenón brusco del camión el hombre se precipitó con toda su humanidad contra el tubo, y de la frente le brotó un poco de sangre; la mujer, ensimismada en su soliloquio sobre aquello de que ya no le aguantaría ni una más, no pudo impedir aquel crack seco de la cabeza con el metal.


El tipo, mecánicamente, se llevó la mano a la frente y se limpió aquella mancha roja como si se tratara de simple sudor; hizo una ligera mueca de dolor y chasqueó los dientes. Su camisa blanca, de mangas largas que remataban en mancuernillas, era ya un pedazo de tela de dos colores y le daba un aspecto de carnicero a mediodía.


La mujer explotó “Dios mío, mira nada más cómo te pusiste”, y el tipo, con marcada sonoridad le recordó malamente a su suegra, pero la mujer le espetó casi en la cara: “Respeta a los difuntos”.


Cuando iban a llegar a la esquina en que bajarían la mujer jaló del brazo al tipo, pero ni un centímetro lo pudo arrancar del asiento. El hombre se balanceaba conforme el camión se iba de un lado a otro. Con desesperación, ella le decía una y otra vez que ya iban a llegar, que por favor despertara un poco para bajarse. El tipo se negaba a abrir los ojos, y al poco rato de tanto estirón le replicó a la mujer que él se quedaría ahí, que si ella quería bajarse que lo hiciera, al fin que le había escuchado decir que se iría con su hermana a Nogales, entonces para qué se tendrían que bajar juntos…


A la mujer se le arrugó la frente, empezó a llorar, se levantó, timbró y bajó de la unidad…

(El sábado pasado, en la ruta 13, del Centro Histórico de Zapopan a la Consti-rock en la frontera con La Palmita).




10/09/2007 09:04 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Urbanohistorias No hay comentarios. Comentar.

11/09/2007

Una disputa de palabras

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Las noticias de que mi hermana menor está embarazada y la novia del hermano de la Chica Azul y una estimada amiga que radica en Estados Unidos, casi llegaron al mismo tiempo. Y entonces, como en todos lados, sobrevino el debate sobre si sería niña o niño, en las que hay verdaderas querencias o sólo deseos como si más. Ya se sabe que en este país, la mayoría de los hombres optan por tener un hombrecito, un macho, para verse calcados en ellos. Incluso hubo un tiempo en que los papás renegaban cuando nacía una mujer, dando al traste con sus planes.


Volviendo a los tres embarazos, contra toda opinión y «señales» que las mujeres saben interpretar respecto a cuál será el sexo del pequeño, yo afirmé, desde tiempo antes de que a través de un eco se determinara qué serían, que los tres iban a ser niños. Y no fue por esa vanagloria de que yo sea hombre. La cuestión fue que, sin saberlo, había emprendido una lucha de todos contra uno, casi.


Las familias involucradas, los padres mismos involucrados, se solazaban diciendo que serían niñas. Incluso, la hermana mayor de la Chica Azul compró ropa para niña antes de saber si realmente sería mujer. El asunto es que las pruebas de eco han venido a medio confirmar mi aventurada opinión: dos bebés serán niños (los de aquí) y una niña, la de la amiga que vive en el extranjero.


Aún finiquitada la cuestión por las pruebas médicas, las mujeres, mostrando una actitud de empecinamiento, han dicho que ha habido pruebas que fallan; es decir, determinan el tipo de sexo, pero el nacimiento devela que era el contrario. En fin, he pensado yo, aferradas y malas perdedoras.


Al fin, y estas palabras sabias dieron cerrojazo final a esta polémica, alguien dijo que lo mejor es que el bebé nazca bien, con buena salud, fuerte. En esto he estado de acuerdo.


Esto lo comento porque hoy, en El País, se publicó una noticia que me dejó impresionado: a una mujer china le han detectado 30 agujas adentro de su cuerpo. Ella y su madre desconocían esto. Ha trascendido que sus abuelos, que querían un nieto varón y no una mujercita, intentaron asesinarla cuando apenas era una niña. La mujer ha vivido con las agujas dentro por casi 30 años. Incluso, uno de estos alfileres está incrustado en una región del cerebro donde sólo pudo ser introducido cuando los huesos estaban todavía blandos. ¡Qué abominable!


Las disputas sobre poder concebir un niño o niña, como toda disputa cuyo resultado está lejos de solucionarse por vía humana, deberían ser sólo eso, una discusión de palabras y nada más.




11/09/2007 11:12 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Día tras día No hay comentarios. Comentar.

12/09/2007

Un nocaut

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¿Cuándo fue que comencé a leer cuentos? ¿Fue antes o después de leer el Diario de Ana Frank? O ¿por la misma época en que compré La vuelta al mundo en 80 días, con imágenes y letra grande, que Daniel acabó destruyendo?
Tras estas dos primeras novelas de las que guardo gratos recuerdos, siguió, de eso no tengo duda, Las aventuras de Tom Sawyer, caricatura que años después vería en la televisión. Pero, ¿y el cuento, cuándo irrumpió en mis afanes de lectura?


No podría precisar una fecha al respecto, ni tampoco el primer cuento que leí con conciencia de estar consumiendo literatura. Lo que sí puedo hacer es enumerar algunos textos que por más que acumule lecturas, no los podré dejar de lado nunca; bueno, mientras la desmemoria no se ahonde más de lo que ya ha ganado en mi cabeza.
Es casi seguro que no citaré todos, así que de antemano sé que esta lista resultará incompleta, cuando no bastante apocada –en número.
Imposible no traer a colación «Aura», que según los términos literarios es una novela corta; pero yo considero ese texto como un cuento largo. «La cena» de Alfonso Reyes, que según los críticos y no tan conocedores, fue la base del multialabado texto de Fuentes. «Ocaranza» y «Los viernes de Lautaro» de Jesús Gardea, un escritor chihuahuense fallecido hace cuatro años, cuya calidad no ha sido reconocida en su justa medida. «No oyes ladrar los perros», «Luvina», «Macario», «Diles que no me maten» –entre muchos otros–, de Juan Rulfo, el vendedor de llantas y fotógrafo del sur de Jalisco, con su páramo de personajes en retoño. «La noche boca arriba», «Continuidad de los parques» y «El perseguidor», de Cortázar –no recuerdo los títulos de otros que me han dejado con un sobresalto delicioso. «Los gallinazos sin plumas» del olvidadísimo y peruanísimo Julio Ramón Ribeyro, uno de los grandes ausentes del llamado boom latinoamericano. «Rojo y Blanco» y la serie de los Pierrots de Bernardo Couto, el considerado por muchos como el escritor maldito mexicano –a la usanza de los poetas malditos franceses. De Tenesse Williams «Algo de Tolstoi» me sorprendió por un momento y apesadumbró hacia el final. «El guardagujas», «En verdad os digo» y «El poderoso miligramo» del sureño Juan José Arreola, artesano de la ficción, hacedor de mundos, para los más, inconcebibles. «El escarabajo de oro» y «El retrato oval» del estadounidense Edgar Allan Poe, quien ha sido acusado, después de muerto, de asesino, de trata de blancas, drogadicto, y que, entre otras cosas, acusaba delirium tremens; todo ello, por cierto, no del todo cierto –casi me sale un trabalenguas. Del chiapaneco Eraclio Zepeda, un viejo bonachón siempre dispuesto a contar historias a viva voz, «Asalto nocturno» y «Vientoooo». De Ignacio Betancourt un cuento tan irreverente como divertido, «De cómo Guadalupe bajó a la montaña y otras cosas más». «El sentadito» de David Martín del Campo y «Tachas» de Efrén Hernández. El inolvidabe «El Rayo Macoy» de Rafael Ramírez Heredia, tamaulipeco de muchos mundos. Algunos más –por no recordar los títulos sólo escribiré autores– de Salvador Elizondo, Jorge Luis Borges, Luis Sepúlveda, Lovecraft, Augusto Monterroso, Juan García Ponce, Dr. Atl, Daniel Sada, Bárbara Jacobs, Max Aub, Gutiérrez Nájera, Beatriz Espejo, Godofredo Olivares, Sergio Ramírez, Juan Villoro, Ethel Krauze, Francisco Rojas González, y más y más y más autores…


El cuento, según Cortázar, por su estructura y dimensión, es como un nocaut en el box: cuando menos lo esperas te llega el golpe y acabas en la lona…


12/09/2007 15:18 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Letras apenas No hay comentarios. Comentar.

14/09/2007

En familia

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Al niño le habían dado algunas monedas. El sol calaba. Eran las 3:30 de la tarde, poco más. Se alejó del automóvil y fue al encuentro de su madre que, con bebé en brazos, venía de recorrer la fila de autos en espera del semáforo en verde. El pequeño, también la mujer de no más de 30 años, llevaban huaraches, los pies sucios, la ropa gastada y percudida; se les veía agotados, inútilmente vivos. La mujer –lo supuse– le preguntó cuánto le habían dado. El niño estiró el brazo y abrió la mano: vi brillar algunas monedas. En ese momento la mujer se percató que yo los estaba mirando; con insistencia. Pareció turbarse. El niño también le mostró a su mamá unos dulces que le habían dado junto con el dinero. Quitó la envoltura a uno y le ofreció a su hermano más pequeño. Éste lo rechazó. La mujer extendió su rebozo y cubrió la cabeza del pequeño, de donde manaba un vapor casi visible. La tela negra del chal los ocultó por un momento, como si se enconcharan en su capullo: habían bajado el telón, trazado con un gis imaginario la distancia entre ellos y nosotros, los demás, los transeúntes, los automovilistas, los que los vemos en todos los cruceros como si se tratara de otro tipo de señales viales. Esperaban, en familia, el cambio de luz en el semáforo. El niño corrió a otro auto, y luego al que estaba detrás, al siguiente, y… La mujer lo miraba deslizarse entre aquellas bestias metálicas y luego interpuso su brazo entre su cara y el sol, como si quisiera con eso apaciguarlo. El pequeño, pasado un momento, volvió y, de nuevo, estiró el brazo y abrió la mano: una vez más algo brillaba en su palma. La cerró y guardó aquello en una de las bolsas del suéter que la mujer llevaba debajo del rebozo. La mujer, con disimulo, trató de buscarme, quiso saber si yo seguía mirándolos –me había ocultado ya tras un letrero enorme de publicidad. Como si siguieran una rutina ya trazada, un guión aprendido, la mujer abrió su rebozo y guareció a los dos pequeños: parecía por momentos una mariposa negra cuyas alas contrastaban con el brillo metálico de aquel sol agobiante. El niño le dijo algo a su madre; ésta respondió y cuando le acariciaba la cabeza la luz del semáforo cambió. El pequeño, presuroso, se acercó a una ventanilla, enseguida a otra, siguió con el auto que le seguía y luego…

(Ayer mismo. 3:35 de la tarde. Crucero de las avenidas Cruz del Sur e Isla Raza, al sur de la ciudad).

14/09/2007 08:31 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Urbanohistorias No hay comentarios. Comentar.

17/09/2007

De lo infumable y otras ociosidades

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A veces ocurre que preferimos lo que sugiere a aquello que acaba por abrirse de par en par y no provoca mayor expectación, y mucho menos satisfacción; casi podría decirse que se vuelve repugnante….

También ocurre que durante todo el día andamos tarareando una canción que nos mueve algo, pero cuya letra no logramos aprender, ni siquiera el título podemos recordar y, sin embargo, no hay mejor manera de entender el mundo si no es a través de esa melodía….

En ocasiones, del mismo modo, ocurre que tras la lectura de un libro, si nos gustó, andamos recomendándolo a todo aquél con el que nos cruzamos; caso contrario, si por alguna razón no fue de nuestro agrado, también lo recomendamos, con la salvedad de que antes lo hacemos pedazos….

Y ocurre en otros momentos que pensamos que ya todo está dicho, o sobreentendido, o señalado, pero de un instante a otro nos damos en la cara porque resultó que ni nada estaba dicho ni sobreentendido ni señalado, y mucho menos concertado….

Lo que asimismo ocurre continuamente es que por días, meses o tiempo no contado, andamos a la búsqueda y caza de algo que consideramos importante, mas al cabo de conseguirlo le restamos importancia y lo dejamos de lado casi con violencia.…

A veces ocurre que nuestros mayores temores acaban convirtiéndose en nuestros mejores aliados: recuérdese aquello de “antes yo le tenía miedo a las arañas, ahora llevo una tarántula sobre mi hombro a todo lugar al que voy”….

Invariablemente ocurre que gritamos y manoteamos cuando algo se sale de lo pensado, cuando algún plan se viene abajo; pasado un rato, tras pensarlo mejor, concluimos que eso fue lo mejor que pudo haber ocurrido; la perspectiva del mundo sufre un inmenso giro si los huevos estrellados no lo son tanto porque la yema se rompe….

 

17/09/2007 13:39 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Disparatancias No hay comentarios. Comentar.

18/09/2007

De homo sapiens a homo videns

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De homo sapiens, los hombres nos hemos convertido en homo videns –término acuñado por el teórico italiano Giovanni Sartori–. Hoy la imagen es lo que cuenta, es la punta del conocimiento, casi el todo a partir del cual ha de entenderse lo venidero, sea cual sea la situación. Si lo que se expone se acompaña de una imagen, llegará más hondo, calará en mayor número de personas. Incluso, esa frase «lo vi en la tele» –por valerme de un ejemplo entre cientos– utilizada para validar lo que se comenta ante un amigo o en franca charla con compañeros de trabajo o escuela, se ha vuelto un lugar común. Lo que se ve es lo que cuenta; la validez está dada por la imagen, ya no por la lectura, ya no por lo que se lee y deduce a partir de eso –y no se trata aquí de desacreditar la imagen que, por otro lado, tiene sus beneficios.


La lectura es hoy una afición devaluada, un hábito olvidado por la mayoría. Si se viaja en tren o en camión y se va leyendo, los demás pasajeros lo miran a uno con una especie de extrañeza, que se acaba pensando si los aficionados a los libros somos seres de otro planeta. Leer –recurriendo a un lugar común y devaluado– no está de moda. Nunca ha estado de moda. Y si, por descuido, algún día lo estuvo, pasó con más pena que gloria por esos anales de lo vigente. La lectura es un mal endémico, un virus que se busca erradicarlo por todos los medios. Algunos han vaticinado que los libros algún día serán objetos de culto, que serán sustituidos por aparatos electrónicos en los que ya no será necesario leer página tras página, renglón tras reglón, palabra por palabra; sino que el mensaje ha de ser descodificado por un circuito y transmitido en su totalidad al cerebro por medio de descargas. ¿Se trata esto de una visión Kubrickiana? En ese sentido yo preferiría una visión Kusturiquiana, de alegoría festiva sobre lo que cada quien cree.


La lectura es, sobre todo, un acto imaginativo. Mucho se ha dicho que en nuestro país somos minoría los que leemos, los que todavía acudimos a las librerías en busca de algún título que nos ayude a llenar las horas de los días. Se sabe que la mayoría prefiere y cultiva otras aficiones, y que sólo leen, entran a una biblioteca o a una librería por cumplir una tarea, por obligación, por disposición de sus padres. Se excusa, para no leer, lo rápido de los tiempos: no hay tiempo para pensar, para armar pieza por pieza lo que se recibe, sino que el mensaje o conocimiento ha de venir bajo una sola envoltura, todo tiene que venir ya dado, es decir, sin necesidad de interpretaciones ni de poner en juego otras habilidades. Es por ello que se prefiere la imagen, porque simplifica lo elucubrado, lo complicado. Pero se olvida que en ese proceso de saber, de desentrañar lo que se lee –incluso lo que se ve–, hay un placer oculto, una aventura imposible de definir.

«Lo que se sabe es porque se ha leído»
(No recuerdo exactamente las palabras de don Quijote, pero esta frase resume aquella idea).

 

18/09/2007 10:56 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Día tras día No hay comentarios. Comentar.

19/09/2007

Una tragedia desmemoriosa

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Él necesitaba que le enviaran un documento que contenía información importante. La mujer que lo ayudaría ya había salido de su casa al trabajo. Entonces, él le preguntó si tendría lo que necesitaba en su oficina. La mujer dudó un momento, al fin contestó que no, que tal vez estaría guardado en la computadora de su casa. Pero también quizá lo traía en un dispositivo electrónico, aunque luego dudó si traía consigo dicho dispositivo, en su bolsa de mano; más aún, se preguntó si había echado su bolsa al auto antes de salir; en ese momento recordó que el coche lo había vendido dos años atrás y se dio cuenta que viajaba en camión, ni siquiera sabía hacia dónde se dirigía pues tres días antes la habían despedido. El hombre que requería el documento se sumió en un horizonte nebuloso, la miró un instante a los ojos, ella sólo sonrió y él acabó por besarla en los labios. Al cabo de un rato, el hombre se alejó y ya no la vio más y ella recordó que esa historia la había vivido ya, sólo que no pudo precisar si ella era la que se alejaba o era él....

 

«La memoria nos cambia de lugares sin movernos de nuestros sitios»

Ulalume González de León, «Plagios» 

 

19/09/2007 15:04 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Querencias No hay comentarios. Comentar.

21/09/2007

Aulaguna

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Antier cayó un chubasco en la ciudad.
A esas horas estaba en la escuela, en una clase de literatura hispanoamericana.
La voz siempre chillante del maestro contrastaba con la lluvia de afuera.
Por momentos me concentré más en el agua que en el tema de las vanguardias de las que hablaba este personaje –de esos infumables, como los llama José–.
Hubo un instante en que quise estar bajo esa lluvia, a mitad del jardín de los filósofos fumadores de hierba: mirar de cara al cielo y abrir la boca.
Vi a través de las ventanillas a algunos que corrían por los pasillos; tras de eso se escuchó un golpe seco y en seguida carcajadas: alguien resbaló y fue a dar al suelo.
En esas estaba cuando recordé una canción cuyo ritmo imité con mis pies: en el primer contacto salpiqué ¡agua!: se había filtrado por un resquicio y el salón era ya una laguna donde las bancas y el escritorio flotaban sin más remos que nuestros brazos.
La lluvia, al fin, y a su modo, me alcanzó, y eso bastó para dejar por un momento aquella clase de literatura.
¡Uff!, el agua que viene a salvarnos también, como el amor según Aute –él dice que «hay algunos que dicen»–, es producto de un milagro.

 (Este comentario pretendía subirlo ayer, pero por cuestiones cibernéticas no me fue posible. Más tarde agrego el que ya había ideado para hoy)

 

21/09/2007 08:12 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Día tras día No hay comentarios. Comentar.

Domingueras

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Hace algunos días leí en el periódico la siguiente noticia: “Zapopan desaparecerá el zoológico Villa Fantasía”. De inmediato lamenté el hecho sin hacer caso a los motivos que respondían a tal determinación.


Están a punto de arrancar un bastión de nuestras querencias de niños –digo nuestras porque esto me incumbe–. Cuando era chico, mi padre nos llevaba a mis hermanos y a mí casi cada domingo a ese parque, que quedaba como a 20 minutos de casa, yendo a pie. En ese parque, después de recorrer –todos los domingos lo hacíamos, aunque en ocasiones seguíamos itinerarios diferentes– las jaulas de todos los animales –frente a los changos se nos iba la mayor parte del tiempo–, nos divertíamos en las resbaladillas, en la licuadora, en el caracol-túnel de metal, trepando los aros olímpicos, y en menor proporción en los columpios, sobre todo yo.


Al final del zoológico se alza un pequeño auditorio donde, a las seis de la tarde, daba comienzo un espectáculo –ignoro si aún se realiza– que presentaba por igual a un grupo folclórico de danza, a algún mariachi –recuerdo que todos los integrantes tenían una panza pronunciada, excepto el de la voz–, a payasos-magos a los que les temía por sus risotadas descomunales; también, alguna vez, presenciamos una obra de teatro, cuyo argumento y fin no entendí porque durante casi todo el tiempo de la representación estuve bostezando, sólo me limité a reír cuando alguno de los actores decía algún chiste desperdigado entre los diálogos; y recuerdo –vaya memoria ésta que me sorprende en ratos por su lucidez, por traer un hecho ido y casi borrado– que ahí acuñamos un apodo de una de mis hermanas menores, la llamamos Pinziticutli –así se titulaba una pieza dancística que ejecutó un grupo compuesto de dos mujeres y cuatro hombres. ¿Por qué llamamos a mi hermana de ese modo por mucho tiempo? Porque en esa danza hubo un momento prolongado en que una mujer hizo un solo, y la bailarina estaba un poco narigona, y esto la hacía asemejarse a mi hermana. Esto del apodo lo he contado a varios interlocutores y todos, sin excepción, han dicho que no tiene sentido ni suena cómico; a nosotros nos parecía lo contrario.


Las paletas de hielo, de agua, de arroz o jamaica, de a cincuenta centavos, medianas, era la única golosina que podíamos comprar, pero aquel gusto lo guardábamos para cuando, cansados de los juegos, buscábamos un pedazo de barda para sentarnos a la sombra de un pirul. Recuerdo –en este preciso momento en que escribo me vino a la mente– que en una ocasión una niña me regaló su paleta porque la mía, tras tropezar con un tipo que iba a toda prisa, acabó en el suelo, llena de tierra, y pisoteada un momento después por un niño que había pasado corriendo. Ni tiempo me dio de llorar. Después de dármela, ella fue al carrito a comprar otra, pude ver que traía varias monedas de a peso.


Retornábamos a casa cuando las sombras comenzaban a poblar las jaulas y aquel señor escuálido recorría el parque gritando que en 10 minutos más se cerrarían las puertas.


En ese pequeño zoológico supe, aunque lo entendería mucho tiempo después, que un animal enjaulado es un animal triste, condenado a dar un espectáculo que nada tiene que ver con su belleza o con los temores que pueda provocar en quienes lo ven. Su reclusión obedece a otra cuestión que, dado el caso, abordaré en otro momento. El asunto es que en Villa Fantasía pasamos muchas tardes de domingo de nuestra niñez, sin más pretensiones que ver y correr y divertirnos, pues para todo eso alcanzaba.




21/09/2007 14:20 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Querencias Hay 1 comentario.

24/09/2007

El retorno del grillo verde

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Después de mucho tiempo he vuelto a ver a la Rendidora Sabelotodo, ya no tan escuálida como antes pero sí flaquísima y más larga, el suelo le queda cada vez más lejos.
Entró a casa de su abuela casi sin ruido –extraño en ella– dando abrazos y besos a todos: cuando me abrazó me dijo mi nombre en una pronunciación musical, y la apretujé contra mí con temor de triturarle su cuerpecillo de grillo alargado y verde.
Me consolé un poco de su ausencia cuando vi que su sonrisa sigue siendo la misma, ésa que aún se mantiene luminosa en el álbum en que guardo todos sus rostros, y que hace pensar que la vida no es tan corta como algunos se empeñan en pregonar, y que la niñez seguirá siendo ese paraíso al que todos de algún modo estamos regresando continuamente. Yamira ya ha dejado atrás su creencia de que las lámparas del alumbrado público son muchas lunas, que se apagan y encienden con un interruptor desde el cielo, pero sigue aferrada en su papel de madre de sus primos: cuidados, cariños y regaños componen ese catálogo signado de memoria.
Le pregunté sobre la escuela, sobre su vida en el lugar donde ahora vive, sobre sus nuevos amigos; todas esas cuestiones y otras más las contestó con su voz inconfundible, casi chillante, pero no exenta de un matiz dulzón y alegórico.
Yamira, sin dejar de ser el huracán que siempre ha sido, estuvo ahí, corrió, rió, habló, jugó, nos miró, coqueteó, se acomodó innumerables veces su cabello corto ahora alargado por una trenza verdosa que le cruza la cara cuando la agita de un lado a otro.
Lo que sigue conservando –a contracorriente de algunas cosas que ya se han ido– es aquella manía de hablar a borbotones, sin pausas, en momentos pareciera que va a asfixiarse de tanta palabra que desenvaina para un lado y para otro; la Rendidora, para satisfacción mía y de quienes la extrañamos a montones, no ha dejado de ser ella, no ha cambiado un ápice, ni siquiera su silueta ha abandonado esa pose de garza que se sostiene impávida con un solo pie por horas.


Y una vez más y como casi siempre, antes de partir me dejó una lección, que resumo con esta frase de una canción de Silvio: «Un diminuto inmenso instante en el vivir… y nada más».

 

24/09/2007 10:41 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Querencias No hay comentarios. Comentar.

25/09/2007

¿Quién es ése, o aquél, o el otro?

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En la misma calle donde se ubica el Roxy –aquel lugar que antaño dedicaba sus afanes a dar a conocer propuestas de rock, ya fuera subterráneo, duro, puro, comercial y en español– encontré una librería de viejo, de ésas cuyo ambiente está saturado de un hedor a páginas mohosas y desgastadas. Entré en ella el viernes pasado, y estuve ahí dentro por casi una hora.


Esto no tiene nada de sorprendente o fuera de lo común; el asunto es que en una pared del local pendía un retrato antiguo, borroso, manchado: a pesar de estas condiciones logré ubicar de quién se trataba, pues al calce tenía esta inscripción pero con una fecha imposible de discernir: Don Reginaldo Cortés. Y ¿quién es o fue Reginaldo Cortés? Al principio supuse que era un antepasado de quien atendía la librería; tras preguntarle al sujeto, resultó que no, que no lo llamaba nada, que cuando adquirió el local el cuadro ahí estaba.


Siempre –y no a menudo, ni ocasionalmente, sino siempre– nos ataca ese mal endémico de querer colgar etiquetas y biografías a todo rostro desconocido que por alguna razón o circunstancia se cruza en nuestro camino. ¿Y éste quién se cree que es? Don Reginaldo, lo sé porque me di a la tarea de investigarlo –acuso también esa patología de detective metiche–, no escribió ningún libro, no gobernó ninguna ciudad, no fue magistrado, ni médico sobresaliente, ni futbolista, ni artesano, ni artista ambulante, ni cantante de boleros, ni integrante de algún mariachi ya desaparecido. No, don Reginaldo sólo se dedicó a vivir. ¿Dónde está, entonces, el interés por hablar de este hombre, más bien, de ese retrato olvidado en un rincón descarapelado y sucio de una librería de antiguo que levanta su cortina frente a un foro de conciertos pasado a la historia?


Todos esos cientos y miles de seres con que nos topamos en la calle, en todo lugar al que vamos, son rostros desconocidos que acabarán confundidos cuando estén en una tumba, a los que no será necesario colgarles una biografía. Por ello me gusta esa idea del sepulturero del cementerio de la ciudad donde vivía don José que durante mucho tiempo se dedicó a cambiar, imagino que por las noches, los nombres de las lápidas; así, todo doliente que visitaba el panteón en realidad lloraba o rezaba ante una tumba que no era la de su pariente o amigo. Una forma de anonimato total. De modo semejante: todos esos rostros que deambulan por las ciudades tan nos son ajenos que resultaría imposible guardar ese registro de las multitudes que nos desconciertan y atosigan al caminar por las calles.


¿A dónde voy con todo esto? A ningún lugar, es obvio; sólo quería resaltar que todos tenemos una historia que no necesita ser del dominio común para trascender, ya lo decía don Jaime Sabines: «amo la indiferencia del mundo para con mi persona».

(Este post está dedicado a don Reginaldo, por no estar ni en ese retrato ni en esa librería ni en esa vieja calle del centro tapatío, sino porque lo vi sentado en una silla de mecate, con su sombrero al lado, en la calle principal de San Ignacio Cerro Gordo el pasado sábado a mediodía, mirando el horizonte nada más, lo que para él es vivir.)



25/09/2007 13:56 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Urbanohistorias No hay comentarios. Comentar.

26/09/2007

Swimming pool

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La más vieja es una escritora reconocida en Inglaterra. Escribe una saga –léase best-sellers– de crímenes y detectives que vende millones de ejemplares.
La más joven es hija de un magnate editorial inglés, que reparte su tiempo entre trabajos temporales y una vida disipada.
A la más vieja le llega un momento de atosigamiento de aquella cotidianidad en la que vive; su editor le recomienda entonces que viaje a Francia y se hospede en una casa que él tiene en las afueras de París.
La más joven no vive ni con su madre ni con su padre, vaga sola de un lado a otro, tropezando, levantándose; su padre, por cierto, es el editor y publicista de la más vieja.
La más vieja decide alejarse de Londres y en tren viaja a Francia; se hospeda en la casa que le había ofrecido su editor.
La más joven, recién despedida de su último empleo, llega también a la casa donde se ha alojado la escritora.
La más vieja, en un primer momento, asume una actitud hostil y de alejamiento respecto a la más joven; se recluye en la escritura y corrección de su última novela.
La más joven sale todos los días y por la noche regresa con un hombre, siempre distinto al del día anterior.
La más vieja, superando el desorden y modo de conducir su vida de la más joven, acaba por interesarse en ella –esa vocación indomable de inquirir, de escribir.
La más joven, al notar este cambio en la más vieja, primero desconfía, pero acaba contándole los avatares –casi siempre lamentables– de su vida.
La más vieja, un día, deja de lado la escritura de su saga de crímenes y detectives y comienza a escribir la historia de la más joven –sin conocimiento de ésta. 
La más joven, cierta mañana, intrigada por saber lo qué la más vieja estaba escribiendo, se introduce en su habitación y lee el borrador de la novela: se da cuenta de que la más vieja escribe su historia. Y decide seguir el juego….

¿Cómo es posible distinguir entre la realidad y la ficción? ¿Es ético, o cuando menos aceptable, que el autor, movido por construir un mundo ficcionalizado, altere la realidad? ¿Es posible que la realidad, mano humana de por medio, pueda considerarse ficción al traslaparla al papel? ¿La ficción supera a la realidad, o es al revés?

Estas y otras preguntas quedan en el aire al ver este filme de Francois Ozon, titulado precisamente Swimming pool, cuya reseña aquí quedó a la mitad, para que a los posibles visitantes de este blog les quede el gusanito y se animen a verla alguna vez.

 

26/09/2007 12:51 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Cámara al hombro No hay comentarios. Comentar.

27/09/2007

¿Qué es la vida?

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En el cielo había un avión, dos pájaros y nubes dispersas, diminutas. El avión hacía un fuerte ruido, sin embargo yo veía los pájaros: agitaban sus alas y en seguida planeaban sobre su vientre negro, las volvían a agitar y de nuevo se tiraban en esa hamaca que se forma cuando las corrientes de aire se encuentran.
En el suelo, por la acera, en dirección opuesta a la mía caminaba una mujer; parecía desorientada, alguien diría que andaba «volando bajo». Se detuvo a pocos pasos, miró hacia atrás, consultó su reloj, echó a andar de nuevo. Supuse que alguien la estaría esperando. Nos separaban no más de diez metros ya.
Momentos después pude verla entera. Arrastraba los pies, tenía los ojos embotados, el cuerpo crispado, su pelo lucía salpicado de basura y hojarasca, tropezaba a cada tanto, canturreaba, y su rostro era un cúmulo de tristezas.
Pasé de largo y tras unos pasos volví la cara: vi que se había detenido, apoyaba un brazo en un poste de líneas telefónicas, se inclinaba y levantaba la cabeza al cielo donde el avión ya no estaba pero los pájaros y las nubes, ya mutadas, sí.
De pronto, de lo más paradójico, me sentí desesperado. Me encaminé hacia ella. Como pensamientos fugaces, ideaba qué le preguntaría, qué le diría, cómo explicaría mi repentino interés en su historia. Miró de nuevo su reloj y reemprendió su caminata ahora por la calle, al filo de la acera, aprisa.
La tarde no tardaba en dejarse ir con todas sus luces, lo anunciaba que la calle estaba casi sola, excepto por la mujer, por un anciano y por mí. La fila de autos estacionados de maestros de la universidad iba siendo cada vez menos, y ese anciano que estaba a su cuidado dormitaba sobre un tambo verde que se sostenía en un extremo sobre un árbol ya seco, doblado, vencido en su intento de mantenerse erguido.
La mujer una vez más se detuvo. A esas alturas no nos separaban más de cuatro metros. Volvió el rostro con rapidez. Sus ojos encontraron los míos, como si los hubiera buscado con súbito interés. Quedé congelado allí, como cuando se juega a las estatuas de sal. Dijo algo que no entendí, sólo asentí. Volvió a hablar, calló, y concluyó con una frase más inentendible todavía. Lo único que atiné a decir fue «qué calor hace». Pese a que un momento antes había consultado la hora, en seguida le pregunté con nerviosismo: «¿sabe qué hora es?». La mujer ignoró la pregunta, me ignoró, ignoró todo y, tras subirse a la acera, retomó su camino. Había algo en ella que me hacía pensar que la había visto antes.
Quedé en blanco, desorientado; tras un momento me pregunté qué le sucedería a esa mujer, qué me sucedía a mí que iba detrás suyo sin saber lo qué ocurría realmente, sin saber qué era lo que yo buscaba interesándome en una mujer que bien hubiera podido pasar como una desquiciada. ¿O acaso el loco era yo? Había escuchado hablar de la identificación de las almas, pero la situación no tenía nada que ver con aquello, en principio porque no me estaba guiando por una atracción o interés amatorio alguno.
Me detuve. Los pájaros pasaron cerca de mí, persiguiéndose, esquivando objetos con limpieza. Un camión urbano circulaba a exceso de velocidad, se pasó la luz roja; un automovilista lo insultó. La mujer hizo caso omiso de lo que sucedía a su alrededor, seguía caminando, ahora con la cabeza gacha. Ni siquiera la levantó al cruzar la calle rumbo al parque a esa hora llena de enamorados.
Indeciso me detuve. Nunca me percaté de que el anciano de los autos se acercaba a mí, lo noté hasta que me dijo, tan cerca y clarito, que esa mujer se había casado no hace mucho, que había tenido unos gemelos, que había sido feliz, pero que no hacía ni tres meses que su marido y sus dos hijos habían muerto intoxicados en su misma casa por una fuga de gas de la estufa, por la noche; y que ella había podido salvar la vida gracias a la atención médica.
Otra mujer, con mandil y a la que le calculé algunos sesenta años, pasó junto a nosotros a la carrera. Al notar mi extrañeza el anciano se apuró a decir que era la madre, que no había día en que no saliera a buscarla.

¿A qué hay que aferrarse cuando sobrevienen este tipo de desgracias? ¿A vivir?

(Esta historia inició en una calle de la Consti-rock hace diez años más o menos, y concluyó ayer, en los alrededores del CUCSH.
-Para Luz, la hija de doña Tere, a quien por mucho tiempo llamamos doña Cacique.)

 

27/09/2007 13:19 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Letras apenas No hay comentarios. Comentar.

28/09/2007

Horario meticuloso

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Ayer tenía trabajo que hacer en casa. Así que llegué temprano, más o menos temprano, después de una junta insufrible, infumable, inservible –tres horas tiradas al caño.
De modo que nada más llegué me senté en el sillón a descansar y estirar los pies –acuso cansancio atrasado por una continua investigación de fines de semana.
Ahí me quedé por casi una hora.
Por fin me levanté, me metí a bañar –el agua fría fue lo mejor; salí, encendí el televisor, destapé una cerveza, luego otra.… comí pistaches, papas al jalapeño, vi un juego entre River y Botafogo –que me emocionó por su inesperado desenlace; después puse una película en el DVD que acabó adormilándome.
La tarde se fue sin sentirla, la noche vino casi en seguida; la nítida luna que entraba por el ventanal del estudio se adelantó a octubre.
Y no trabajé…
Me fui a domir.

 

28/09/2007 13:49 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Día tras día No hay comentarios. Comentar.


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