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Vengo del corazón a mis trabajos

Ocaranza

Ocaranza

  En “Ocaranza”, Gardea habla de Ocaranza, un hombre que pesa cuatro veces más de lo que debería pesar. Este hombre vive en un pueblo del desierto de Chihuahua, perdido entre arenas y letargos bajo el sol como tantos otros. Ocaranza pasa la vida enclaustrado, pues debido a su gordura sólo puede deslizarse de su cama al baño –que está afuera de su casa, a unos cuantos pasos-, y de retorno. Para moverse, sus hijos lo ayudan: lo levantan, lo sientan en la cama, lo sostienen como pueden para conducirlo al baño, lo ayudan a sentarse en el excusado, y tras un grito de Ocaranza de nuevo lo levantan y lo llevan de regreso a su habitación. Todos los avatares de Ocaranza se resumen en eso, y para todo ello necesita ayuda, no puede hacerlo por sí solo. Sus hijos, huelga decirlo, tras años de hacer esta labor, este trabajo que cada vez les cuesta más, que cada vez los hace sudar más, comienzan a hartarse de lo que tienen que hacer, de sus obligaciones. Un buen día, como en tantas otras jornadas, llevan a Ocaranza al baño: lo sientan en el excusado. Pasado un rato, éste grita para que vayan por él, para que lo ayuden a ponerse en pie. Nadie acude. Conforme pasa el tiempo los gritos de Ocaranza se hacen más ensordecedores, más coléricos. Llega la noche y los vecinos no pueden dormir por los desgañitados pedidos de auxilio de Ocaranza. A la mañana siguiente, las peticiones de Ocaranza son ya lastimeras, apenas audibles, el ahogo ha comenzado a hacer mella en él. Transcurridos unos días Ocaranza muere, paradójicamente, de inanición. 

“Al diablo las formas modernas de opresión del cuerpo: la anorexia y el gimnasio. La exuberancia adiposa representa la venganza de la imperfección humana contra lo perfecto cibernético o divino.”Agustín Cadena (elvinoylahiel.blogspot.com / abril 11 de 2007) 

(Hace un rato, sentado en una banca de la Plaza de Armas, vi esta escena: una pareja de novios se besaban acaloradamente; un oficial de policía en bicicleta se detuvo, les llamó la atención y se alejó; al poco rato, la pareja se enfrascó de nuevo en un largo beso: el oficial regresó y, otra vez, les dijo algo; entonces, se contuvieron mientras en su bicicleta el policía se perdía hacia el Teatro Degollado, y en cuanto desapareció caminaron hacia una esquina, bajo los portales, donde los esperaba un hombre que había grabado toda la escena. Juntos los tres, rieron, como comúnmente se dice, a pierna suelta).

 

 

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