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Vengo del corazón a mis trabajos

Conversaciones

Conversaciones

 

La conversación hoy es un ejercicio casi desterrado, cuando no satanizado –aunque esto es tema de otro post–. A menudo escucho, cuando la gente platica –cuando la gente platica, lo recalco–, frases hechas, cohechas, maltrechas y deshechas que bien pueden quedar para la historia, así como los gestos que asumen los interlocutores:

Una señora le platicaba a otra: «¿Supiste que la boda de Ninel Conde todavía no es comprada en exclusiva por ninguna televisora ni revista?». El pequeño hijo de la interpelada, mientras ésta ponía una cara de «no lo puedo creer», había tropezado, caído y roto la boca.

Unos tipos, al fondo de un minibús, mientras chocaban sus botes de cerveza, le gritaban al chofer: «¿Qué pasa con la música? Súbele al volumen, carnal, que no alcanzamos a oír a Lupillo». El chofer miró por el retrovisor y sonrió para sí mismo.

El tianguero le respondía a una mujer que le había preguntado a cómo estaba el kilo de jicamas: «Para usted, a como las pague. Y si quiere escogerlas, ándele, meta mano con confianza». La mujer se limitó a reír apenada y a escoger la fruta.

En una fiesta infantil, el encargado de luz y sonido, decía por el micrófono: «Estamos aquí para festejar el cumpleaños de este niño» (¿?). Está visto que los maestros de ceremonias no vienen incluidos en los paquetes de luz y sonido.

Una muchacha le decía a su amiga, en pleno comadreo: «Viste cómo dejaron al pobre de Fabiruchis. Le rompieron toda la cara, quedó todo amoratado». La otra replicó un tanto conmovida: «Pobrecito, aunque eso le pasa por ser un desviado».

«Lo que sea de cada quien, yo puedo decir que mi marido ni me grita ni me golpea; nomás que cuando se enoja ni le busco la cara, porque me da unos cuantos manotazos». Así le decía una señora, cuarentona, que llevaba dos chamacos y una niña, a otra que presentaba algunos moretones en su rostro y se dirigía a «su clínica del imss». (Ellas, como muchas otras, acusan el síndrome de las mujeres de Tateposco, del que no se sabe a ciencia cierta si se trata de un mito urbano: el día que sus maridos no las golpean, sienten que no las quieren.)

«Eres un vulgar», dijo tajante el expresidente botudo pelavacas e imbécil en grado sumo, a un periodista que lo cuestionaba sobre la procedencia de sus bienes. Exabrupto originalmente guanajuatense. La vulgaridad, que yo sepa, en sentido estricto, no tiene nada que ver con el enriquecimiento ilícito y el robo a despoblado.

Una señora, atemorizada y aferrada a los tubos del camión, le gritaba al chofer –que no oía nada porque llevaba «Doce rosas» a todo volumen y ni siquiera manejaba atrabancado; tenía el pelo incluso estilo Los Yonics–: «Manejas como puerco, hijo de la chingada, ¿no te enseñaron modales? Ve y zarandea a tu abuela porque yo aquí me bajo». Timbró. El minibús se detuvo. La mujer, sin que el camión se moviera, tropezó en los escalones y se fue de boca al suelo. Nadie pudo hacer nada. El chofer, embebido en su rola, cerró las puertas y arrancó. Los demás pasajeros rieron sonoramente.

(Mañana jueves se cumple el mes de prueba que me pusieron, es decir, que quizá antes del fin de esta semana me pongan de patitas en la calle.
La fil empieza este próximo viernes. A diferencia de otros años, sólo pienso ir un día, quizá dos.)

 

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1 comentario

Pablo -

Ah para conversadas
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