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Vengo del corazón a mis trabajos

Un mayo ya ido

Un mayo ya ido

 

Del mediodía hacia la tarde de un domingo ardiente de mayo, saboreando camarones y pistaches y cervezas y playa y arena y viendo el cielo y el cuello largo del horizonte y celebrando la conversación y guardando en la memoria de los ojos a aquel señor que hacía nudos indescifrables a las bolsas de pistaches y al muchacho de cabello impeinable que hacía hamacas y que dijo que en el beisbol los mejores eran Los Saraperos (de Saltillo) y aquel niño que corría con estilo de mecánico y el faro más allá de las rocas y las risas y unos caballos que hicieron de la playa su potrero y el ronronear delicado de las olas y la arena adherida a la piel y un barco apareciendo y un mar lejano que se desdibujaba continuamente y nubes livianas en un desplazamiento en curva y una mujer de rojo que nos modeló su bikini más de una vez y Xóchitl recordando al Bicho y el Coyul dormido en la silla y un plátano tatemado y enmielado y unas piernas inmensas paseándose entre las mesas y un guitarrón siguiendo un corrido de matones y unos camarones endiablados y al mojo de ajo y más cervezas y una gringa con destellos de sangre y la hora de partir húmeda y con arena y el epílogo de aquella tarde que podía tocarse y el puerto quieto y San Blas con sus llamadas a misa y la gente en las puertas y la plaza caliente y el calor ya sintiéndose menos y la carretera a Tepic y ella hablando y dormitando y él al volante de su pura sangre y sus recuerdos corriendo veloces por el asfalto y Tepic pronto y un frenazo en las afueras de la ciudad ante la invasión de carril de unos pelavacas y Santa María del Oro y mejor la carretera de cuota y una foto de puesta de sol fallida y las ganas de una coca-cola y lo imposible del tráfico para entrar a Guanatos y un trailer casi boca abajo y la noche de domingo y la noticia de que las Chivas no habían calificado a la liguilla y Trespatines en el radio la hacía de abogado defensor y ella nunca lo había oído….

(«Alguien tiene que recoger las fresas», dijo el jefe de una patrulla fronteriza tras la detención de algunos indocumentados en su cruce por la frontera, y después de ser informado que tres habían logrado escapar; la escena pertenece a la película Los tres entierros de Melquiades Estrada. Y, en eso –y adelanto que no es conclusión mía–, podría resumirse la ideología yanqui respecto a la migración latina a ese país).

 

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