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Vengo del corazón a mis trabajos

Ni mechones ni peluqueros

Ni mechones ni peluqueros

 

Es verdad, me estoy quedando calvo. Un calvo prematuro. Quién lo dijera. Y me niego a llegar a verme como esas personas mayores –porque no lo soy– a las que les brilla el centro de la cabeza todo el tiempo, y no precisamente por sus ideas. Hace algunos años me di el lujo de llevar el cabello largo, un poco más abajo de los hombros. Hoy, sólo unos cuantos cabellos sobreviven al paso del tiempo. Es herencia familiar esto de la calvicie, aunque mi padre no llegó a serlo así totalmente. Con todo, creo que en mí se agudizó el asunto, porque a mis tres hermanos mayores no se les cae el cabello como a mí. A mis entradas, ya les dicen salidas, y aquella frase chistosa que Delgadillo pronunciara en el concierto de Febrero 13, también me acomoda: «…para alguien que tenga tres dedos de frente… Yo tengo más».

De mis hermanos, el más grande siempre se ha peinado, desde que recuerdo, del mismo modo; el que le sigue, lleva una gorra todo el tiempo, para cubrir sus marcadas entradas, y del que yo sigo sí se puede hablar de entradas bastante pronunciadas, pero su cabello es tupido y ensortijado, parece una madeja enredada con desgana.

A propósito de peinados, recuerdo que Daniel, siendo más chico, decía: «Mi papá se peina de puentito», y todos nos carcajeábamos. No sé si algún día llegue a olvidar aquella imagen que todavía hoy me causa extrañeza: mi padre tenía un modo muy peculiar para peinarse. Los cuates del barrio, lo recuerdo bien, decían que ése era «un peinado de tres picos». En realidad, nunca pude seguir la trayectoria de su pelo: la raíz aparecía por un lado pero nunca su final. Era como una enredadera. Al levantarse, siempre temprano, antes que el sol, lo primero que hacía era peinarse: frente al espejo del baño exprimía sobre su cabeza un limón y luego lo arrojaba al piso. Sacaba su peine de su bolsa trasera y comenza ese proceso que se me sigue antojando difícil: de un extremo a otro de su cabeza delineaba su cabello, y entre estas líneas se elevaban tres picos, uno al centro, más elevado, y otros dos en los costados, mucho más pequeños.

¿Dónde aprendió a peinarse así? No he visto jamás algo parecido en esos catálogos que pueden hojearse en las estéticas o peluquerías mientras espera uno su turno. ¿Habrá visto ese peinado en algún otro lugar, en alguna otra cabeza? O ¿fue una invención suya? De ser así, podría hablarse de un innovador real, que, huelga decirlo, hoy no hay quien siga esa moda, no hay discípulos que prolonguen su concepto de comodidad. Quizá esa estética suya era producto solamente de la cantidad de pelo que tenía. Él no usó jamás sombrero ni gorra, todos los días su peinado estaba ahí, intacto, desafiante ante vientos y lluvias.

Al final del día, algunos cabellos rebeldes se desprendían del yugo limonesco y semejaban resortes recién disparados de un colchón viejo: adquiría un aire de científico loco, pues no trataba nunca de alisarlos, y alguna vez le escuché decir que uno debía peinarse una sola vez al día. En el fondo, en aquel peinado suyo había algo de inventiva, de rebeldía ante lo común, de trabajo bien hecho.

Si me llega el momento de una calvicie casi total –unos cuantos cabellos dispersos nada más–, he dedicido que nada de sombreros, gorras, pañuelos y mucho menos peluquines, optaré por raparme o rasurarme el cráneo.

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