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Vengo del corazón a mis trabajos

Hubo una noche

Hubo una noche

 

Heife weizen se llamaba la cerveza que tomé ayer en compañía de viejos amigos: es cierto que el líquido semejaba más agua de tamarindo que cerveza hecha de malta originaria de Alemania, pero su sabor empezaba en el envión y acababa más allá del paladar. Ellos tomaron desde un café hasta micheladas y cerveza oscura o con chocolate y café. A la luz del vidrio del tarro que chocábamos cada tanto, brindamos por los días idos y por el reencuentro, por las anécdotas y las ganas y promesas de no dejarnos de ver, aunque sea no tan a menudo. Siempre es reconfortante ver rostros queridos, quizá un tanto extraviados en el tiempo, pero siempre afectivos y receptivos, revividos y detenidos en el instante que dura la risa de un momento chusco o el recuerdo traído a media charla. No siempre es posible, por las ocupaciones y caminos que cada uno toma, coincidir, conjuntar ánimos, pero cuando las circunstancias y las disposiciones se conjugan puede devenir una reunión informal pero esperanzadora, agradable, no exenta de emoción y pretensiones siempre sinceras. Así pasó ayer. Así, en el fondo, deseamos que siga pasando.

 

De fondo, un grupo en vivo se desgañitó tocando rolas de Soda Stéreo, Pink Floyd, R.E.M., Nirvana, Caifanes, Beatles, y lo hacían bien, con un estilo definido; mientras tanto, mis ocho interlocutores (Dulce, Gaby, Irma, Claudia, Martín, Arnold, Johnny y Manuel) y yo dábamos largas brazadas por encima de las melodías para hacernos escuchar. Al final quedaron los tarros vacíos, el abrazo y la partida.

 

 

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