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Vengo del corazón a mis trabajos

Cambio de piel

Cambio de piel Alguien hablaba de que a veces resultaría mejor llevar una máscara, de que en ocasiones la sorpresa deviene en susto, cuando no en franca estupefacción o desgastado anonadamiento. Todo obedece a enfocar una imagen o a presenciar un acto inesperado. Lo que he visto hoy, sobre Mezquitán, entre Pedro Moreno y Morelos, corresponde más a una visión, en realidad fueron dos, y quizá llevan todos estos ingredientes de sorpresa, susto, estupefacción y anonadamiento, y no los presentan superpuestos, sino en una mezcolanza en la que se alcanza degustar uno por uno; esto fue lo que vi: tras los barrotes de una ventana de casa vieja, una anciana montada en una silla de ruedas miraba hacia la calle, la cubrían dos cobijas, una bufanda, un gorro de lana sobre los anteojos, llevaba guantes y los pies cubiertos con unos calcetines también bordados; en la siguiente ventana, de la casa contigua, había un maniquí: lo habían vestido sólo con un baby doll, y enfrentaba el frío con un gesto inexpresivo. Dos imágenes, dos visiones, dos mujeres, una viva y otra de plástico: la mudez embargaba a ambas, y las dos compartían un mismo horizonte. Al principio me sorprendí, poco después sentí temor y, al final, no podía salir de mi asombro.   
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