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Vengo del corazón a mis trabajos

En familia

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Al niño le habían dado algunas monedas. El sol calaba. Eran las 3:30 de la tarde, poco más. Se alejó del automóvil y fue al encuentro de su madre que, con bebé en brazos, venía de recorrer la fila de autos en espera del semáforo en verde. El pequeño, también la mujer de no más de 30 años, llevaban huaraches, los pies sucios, la ropa gastada y percudida; se les veía agotados, inútilmente vivos. La mujer –lo supuse– le preguntó cuánto le habían dado. El niño estiró el brazo y abrió la mano: vi brillar algunas monedas. En ese momento la mujer se percató que yo los estaba mirando; con insistencia. Pareció turbarse. El niño también le mostró a su mamá unos dulces que le habían dado junto con el dinero. Quitó la envoltura a uno y le ofreció a su hermano más pequeño. Éste lo rechazó. La mujer extendió su rebozo y cubrió la cabeza del pequeño, de donde manaba un vapor casi visible. La tela negra del chal los ocultó por un momento, como si se enconcharan en su capullo: habían bajado el telón, trazado con un gis imaginario la distancia entre ellos y nosotros, los demás, los transeúntes, los automovilistas, los que los vemos en todos los cruceros como si se tratara de otro tipo de señales viales. Esperaban, en familia, el cambio de luz en el semáforo. El niño corrió a otro auto, y luego al que estaba detrás, al siguiente, y… La mujer lo miraba deslizarse entre aquellas bestias metálicas y luego interpuso su brazo entre su cara y el sol, como si quisiera con eso apaciguarlo. El pequeño, pasado un momento, volvió y, de nuevo, estiró el brazo y abrió la mano: una vez más algo brillaba en su palma. La cerró y guardó aquello en una de las bolsas del suéter que la mujer llevaba debajo del rebozo. La mujer, con disimulo, trató de buscarme, quiso saber si yo seguía mirándolos –me había ocultado ya tras un letrero enorme de publicidad. Como si siguieran una rutina ya trazada, un guión aprendido, la mujer abrió su rebozo y guareció a los dos pequeños: parecía por momentos una mariposa negra cuyas alas contrastaban con el brillo metálico de aquel sol agobiante. El niño le dijo algo a su madre; ésta respondió y cuando le acariciaba la cabeza la luz del semáforo cambió. El pequeño, presuroso, se acercó a una ventanilla, enseguida a otra, siguió con el auto que le seguía y luego…

(Ayer mismo. 3:35 de la tarde. Crucero de las avenidas Cruz del Sur e Isla Raza, al sur de la ciudad).

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