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Vengo del corazón a mis trabajos

Del borracho y su mujer

Del borracho y su mujer

 


En el trayecto de una sola cuadra el hombre se golpeó la cabeza en dos ocasiones en el tubo que está en la parte superior de los asientos. El sonido hueco corrió por el pasillo. Con apuro, la mujer que iba a su lado trataba de protegerlo, interponiendo su mano entre el metal y la cabeza del tipo. El hombre aparentaba 50 años, la mujer poco menos.


De cuando en cuando el hombre abría los ojos, con mucha dificultad, y la miraba y le decía que lo dejara solo, que no necesitaba ayuda; su voz era apenas un aullido perceptible.


La mujer, renegando a los cuatro vientos y hablando con nadie al mismo tiempo –o con todos los que viajábamos en la unidad en aquel momento–, decía que eso se sacaba por andar cuidando al marido en sus borracheras, que lo iba a dejar en cuanto llegaran a su casa, que se iría con su hermana que vivía en Nogales.

El tipo, somnoliento y con la boca entreabierta de donde le escurría un hilillo de saliva, no la escuchaba. En un frenón brusco del camión el hombre se precipitó con toda su humanidad contra el tubo, y de la frente le brotó un poco de sangre; la mujer, ensimismada en su soliloquio sobre aquello de que ya no le aguantaría ni una más, no pudo impedir aquel crack seco de la cabeza con el metal.


El tipo, mecánicamente, se llevó la mano a la frente y se limpió aquella mancha roja como si se tratara de simple sudor; hizo una ligera mueca de dolor y chasqueó los dientes. Su camisa blanca, de mangas largas que remataban en mancuernillas, era ya un pedazo de tela de dos colores y le daba un aspecto de carnicero a mediodía.


La mujer explotó “Dios mío, mira nada más cómo te pusiste”, y el tipo, con marcada sonoridad le recordó malamente a su suegra, pero la mujer le espetó casi en la cara: “Respeta a los difuntos”.


Cuando iban a llegar a la esquina en que bajarían la mujer jaló del brazo al tipo, pero ni un centímetro lo pudo arrancar del asiento. El hombre se balanceaba conforme el camión se iba de un lado a otro. Con desesperación, ella le decía una y otra vez que ya iban a llegar, que por favor despertara un poco para bajarse. El tipo se negaba a abrir los ojos, y al poco rato de tanto estirón le replicó a la mujer que él se quedaría ahí, que si ella quería bajarse que lo hiciera, al fin que le había escuchado decir que se iría con su hermana a Nogales, entonces para qué se tendrían que bajar juntos…


A la mujer se le arrugó la frente, empezó a llorar, se levantó, timbró y bajó de la unidad…

(El sábado pasado, en la ruta 13, del Centro Histórico de Zapopan a la Consti-rock en la frontera con La Palmita).




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