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Vengo del corazón a mis trabajos

En la carpa callejera

En la carpa callejera

 


Rabanote dijo que se llamaba el payaso que se subió al camión, ayer mismo por la tarde, justo cuando el calor hacía que todos los viajantes estuviéramos en nuestro jugo (por aquello de la carne en su jugo).


Recuerdo que alguien dijo alguna vez que un payaso es, en el fondo, un hombre alegre, que es feliz cuando los demás ríen, y que por ello hacía malabares y contaba historias y chistes. En otra ocasión, un amigo comentaba en una reunión, que un payaso no es más que un tipo que dice chistes de memoria y tan simples y malos que, en el fondo, ni siquiera a él le causan gracia, mucho menos a los oyentes. Y también, alguna vez leí que un payaso no es más que un niño adulto frustrado que por haber tenido una niñez para el olvido había decidido dedicarse a divertir a los demás.


En fin, Rabanote –al menos por su actuación de ayer– se ajusta a la segunda definición, puesto que por más que se esforzaba en divertir a los que íbamos en el camión en esa hora infernal de las cuatro de la tarde, no logró ni una sola risa, ni siquiera pudo conmover a nadie con aquella letanía de todo actor y cantante callejero: «Damas y caballeros, como pueden ver yo no soy un gran artista…». Ni una sola moneda recibió a cambio de su actuación, más desafortunada que plausible.


Verlo allí, parado en el pasillo, entre empujones y el bamboleo característico cuando se viaja en transporte urbano, era la más completa estampa de la desesperanza, el desaliento de aquel que tiene que ser otro para sobrevivir, al más puro estilo de la canción de Mercedes Sosa.


Rabanote, si se pudiera definir de alguna manera, me pareció un payaso de cara triste, y no por atender las lágrimas pintadas sobre sus mejillas blancuzcas enmarcadas por unos labios gruesos y rojos y sombrero de bombín. Su gesto no atinaba a transformarse ni aún cuando remataba con un chiste o le hacía alguna broma al pasajero que tenía más cerca. La tristeza de un payaso es, quizás, una tristeza doble, una tristeza palpable, una tristeza que bien pudiera merecer algo más que una moneda; a él, ahora lo supongo, le hubiera bastado con algún aplauso desganado o un movimiento afirmativo con la cabeza de más de uno.


Para su fortuna sólo un pequeño, que durante mucho rato había estado cabeceando en el regazo de su madre, le sonrió en algún momento a Rabanote. La ganancia en monedas fue nula para el payaso, pero al menos pudo llevarse el mejor rostro de ese niño –que, quizá, eso era lo que iba buscando.



 
 

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