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Vengo del corazón a mis trabajos

El domingo pasado, en el Sacamecate

El domingo pasado, en el Sacamecate




En las primeras horas del día, el agave, con el rocío, semeja una criatura salida de las mismas entrañas de Mayahuel, la mujer endiosada de la región tequilera, símbolo de la fecundidad de la tierra, que al convertirse en maguey brindó a los mexicas los dones necesarios para sobrevivir porque también es madre de los cuatrocientos conejos, los cuatrocientos dioses de la embriaguez. Mayahuel deriva del mayahual –centro del maguey cercado por las pencas entrelazadas y se refiere a los brazos que florecen–.


Antes, entre las tres y las cuatro de la mañana se sucede una cadena de sonidos en las plantaciones de agave; se trata de un ruido semejante al de las palomitas cuando revientan en el horno de microondas: son las plantas de agave, de las que brotan nuevas pencas, que luego han de formar sus «hijuelos». Una sinfonía natural de arpegios al aire.


Del agave, por si cae por aquí algún lector ajeno a estas tierras, sale el «vino mezcal de tequila», como lo llamaron los primeros que lo produjeron en los primeros años del s. xix; el tequila, esa agua de miel destinada a los dioses que salpica de rocío y enciende las entrañas.

 

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