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Vengo del corazón a mis trabajos

Malos olores

Malos olores




El tema de los malos olores es algo que no se acaba nunca, pues de estas aromáticas manifestaciones podemos encontrar en numerosos lugares. A saber: en el transporte urbano –el sitio más común–, lugares públicos como restaurantes, cines, pasillos comerciales, terminales de cualquier tipo de transporte, mercados, tianguis, y un sinnúmero de lugares imaginables e inimaginables.


Ahora, estos malos olores pueden ser producto de otras tantas variantes: agua estancada, desechos propios del ser humano vertidos en lugares impropios, comida echada a perder o contaminada, animales muertos dejados a su suerte, flores o plantas pisoteadas, etcétera.
A propósito de esto, ¿a quién no le ha pasado, al viajar en camión, que un olor no muy agradable –algunos de dudosa procedencia– flota en el ambiente?


Éstos, a su vez, también pueden tener su origen en amplias posibilidades: que la unidad de transporte no haya sido aseada en mucho tiempo –algo muy común–, algún viento que se cuela por la ventanilla abierta al pasar por un canal o fábricas que despiden fétidos aires, o en los mismos usuarios que, a su vez, también pueden ser producto de otras tantas variantes: falta de baño, falta de higiene bucal o nada de ungüentos bajo las axilas, la presencia de algún borracho o vagabundo, pies con profundo aroma nauseabundo, o que –perdonéseme lo siguiente– alguien se haya aventado un flato, un pedo, un pum, una pluma, o como se dice vulgarmente, un eructo por el trasero. Cosa, por otro lado, también bastante común.


A este respecto, recuerdo la anécdota de un amigo común del Chato y un servidor, que sabía leer las cartas pero temía morir víctima de sus propios vaticinios, de quien ni siquiera ya recuerdo el nombre. El asunto sucedió así: Él viaja en un minibús, junto a la puerta trasera; el camión iba atascado –como decimos acá en Guanatos– y como llovía, ventanillas y puertas iban cerradas herméticamente. En eso, alguien se echó un pedo tan oloroso, «tan putrefactamente oloroso» –así lo dijo nuestro chompa–, que él, a quien todavía le faltaban algunas 20 ó 30 cuadras para llegar a su destino, tuvo que echar mano del ingenio para sacar aquel aroma de la unidad: se dedicó por algunos minutos a aspirar fuertemente el pedo y abría la ventanilla para echarlo fuera. Es decir, él se lo «tragó» todo.

«Veamos. Un pedo es una emanación de gases, generalmente malolientes y cuyo sonido o voz, por hábito discorda en toda formal situación; como opinión no pedida podría también caracterizarse al susodicho cuesco»

«Sobre el pedo. Vicisitudes e implicaciones»
Ignacio Betancourt, Ajuste de cuentos



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