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Vengo del corazón a mis trabajos

Acaponeta

Acaponeta



Hace muchos años, la primera vez que conocí el mar, viajamos a Acaponeta, un pueblo al norte de Tepic, la capital de Nayarit, a la casa de la tía Consuelo, prima hermana de mi padre.
Hasta entonces, nunca había viajado en familia –bueno, a media familia–, pues fuimos Cristóbal, el Pecas, mi papá y yo nada más. No recuerdo exactamente por qué mi madre, mis hermanas y mi hermano más grande se quedaron en casa.
Acaponeta es un pueblo grande, y está rodeado por una vía de ferrocarril; también fue la primera vez que vi correr un tren, pues hasta entonces sólo había presenciado eso en televisión. La tía Consuelo se desvivió en atenciones, y aunque jamás la habíamos visto hasta aquel momento –y jamás la hemos vuelto a ver–, ella se portó como si nos hubiésemos frecuentado casi cada fin de semana.
Su casa era grande, acogedora, con decenas de puertas; de ésas que tienen patio al centro, flanqueado por cuatro corredores que se prolongaban en un patio trasero. En el mero corazón había plantas, una larga hamaca y cuatro mecedoras, donde por las noches, mientras comíamos plátano macho cocido y un vaso de leche, aquella mujer que pasaba los 60 nos platicaba hasta que comenzábamos a cabecear de cansancio.
Todo aquello sucedió durante una semana santa de uno de los primeros años de la década de los noventa; de Acaponeta a la playa había que tomar un camión. Durante tres días consecutivos nos lanzamos al mar, pero durante los mismos tres días hubo mal tiempo, fue imposible meterse al agua, sólo lo vimos de lejos, esperanzados, como tantos que ahí estaban, en que amainaran los vientos y las olas volvieran a la quietud. Nunca sucedió.
Al final del tercer día, la tía Consuelo, sabedora de nuestra congoja, le hizo prometer a mi padre que nos llevaría de nuevo a Acaponeta en otro tiempo –nunca volvimos–, y enseguida sacó de las bolsas de su mandil unas monedas, se las dio al Pecas con la consigna de que nos comprara helados y nos pagara la entrada al cine del pueblo. En cartelera se anunciaba una película mexicana de la que no recuerdo el título, lo que sí tengo presente era que actuaban los hermanos Almada.
El mar, al final, como ése del que habla Delgadillo que se queda sin palabras, no cruzó ni palabras ni mirada alguna con mis hermanos y conmigo.

«Estas casas amuebladas / que sus dueños nunca habitan, / viejas casas misteriosas, / viejas casas que dormitan / (…) Casi nunca, nunca hay rosas / sobre el huerto displicente, / y es un sueño de hojas secas / el espejo de la fuente (…) Y quién sabe de qué cosas estén llenas / las garrafas de las cavas / y las grandes alacenas…»

Francisco González León, «Solariega»

 

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