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Vengo del corazón a mis trabajos

El retorno del grillo verde

El retorno del grillo verde

 


Después de mucho tiempo he vuelto a ver a la Rendidora Sabelotodo, ya no tan escuálida como antes pero sí flaquísima y más larga, el suelo le queda cada vez más lejos.
Entró a casa de su abuela casi sin ruido –extraño en ella– dando abrazos y besos a todos: cuando me abrazó me dijo mi nombre en una pronunciación musical, y la apretujé contra mí con temor de triturarle su cuerpecillo de grillo alargado y verde.
Me consolé un poco de su ausencia cuando vi que su sonrisa sigue siendo la misma, ésa que aún se mantiene luminosa en el álbum en que guardo todos sus rostros, y que hace pensar que la vida no es tan corta como algunos se empeñan en pregonar, y que la niñez seguirá siendo ese paraíso al que todos de algún modo estamos regresando continuamente. Yamira ya ha dejado atrás su creencia de que las lámparas del alumbrado público son muchas lunas, que se apagan y encienden con un interruptor desde el cielo, pero sigue aferrada en su papel de madre de sus primos: cuidados, cariños y regaños componen ese catálogo signado de memoria.
Le pregunté sobre la escuela, sobre su vida en el lugar donde ahora vive, sobre sus nuevos amigos; todas esas cuestiones y otras más las contestó con su voz inconfundible, casi chillante, pero no exenta de un matiz dulzón y alegórico.
Yamira, sin dejar de ser el huracán que siempre ha sido, estuvo ahí, corrió, rió, habló, jugó, nos miró, coqueteó, se acomodó innumerables veces su cabello corto ahora alargado por una trenza verdosa que le cruza la cara cuando la agita de un lado a otro.
Lo que sigue conservando –a contracorriente de algunas cosas que ya se han ido– es aquella manía de hablar a borbotones, sin pausas, en momentos pareciera que va a asfixiarse de tanta palabra que desenvaina para un lado y para otro; la Rendidora, para satisfacción mía y de quienes la extrañamos a montones, no ha dejado de ser ella, no ha cambiado un ápice, ni siquiera su silueta ha abandonado esa pose de garza que se sostiene impávida con un solo pie por horas.


Y una vez más y como casi siempre, antes de partir me dejó una lección, que resumo con esta frase de una canción de Silvio: «Un diminuto inmenso instante en el vivir… y nada más».

 

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