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Vengo del corazón a mis trabajos

Parodia callejera

Parodia callejera Hay una imagen que nos es muy conocida: la de aquéllos que, en cada crucero y por toda la ciudad, en horda se abalanzan sobre los automóviles detenidos para limpiarles el cristal delantero: rocían agua con jabón de una botella de plástico y enseguida, con una especie de espátula, recogen el líquido que ha escurrido y la mugre adherida al parabrisas. No voy a abordar las mil y una características de este tipo de apoderamiento de las esquinas y de la práctica de una actividad que remunera muy bien a los llamados “limpiaparabrisas”.Lo que quiero tocar es lo siguiente: ayer, más o menos a la hora de la comida, sobre Terranova esquina Manuel Acuña, un tipo, con botella y espátula de plástico en mano, se acercaba a los automóviles para hacer su trabajo: el asunto es que no rociaba agua –ni siquiera traía líquido su botella–, y su espátula en realidad era un muñeco destripado; el limpiaparabrisas llevaba la cara pintada –un mimo de crucero– y en realidad no limpiaba nada, sólo hacía como que limpiaba y todo el tiempo silbaba: su manera de ganarse unas monedas se reducía a parodiar a todos esos que todos los días, con aprobación o no y a veces con viveza, limpian los cristales de cientos de automotores. Al final, entre los autos, se alejó cantando una melodía rancherona de ésas de “rompe y rasga”. “¿Qué le digo a la muerte / tantas veces llamada a mi lado / que al cabo se ha vuelto mi hermana?”Silvio Rodríguez, “¿Qué hago ahora?”(este post es el de hoy)
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