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Vengo del corazón a mis trabajos

De homo sapiens a homo videns

De homo sapiens a homo videns




De homo sapiens, los hombres nos hemos convertido en homo videns –término acuñado por el teórico italiano Giovanni Sartori–. Hoy la imagen es lo que cuenta, es la punta del conocimiento, casi el todo a partir del cual ha de entenderse lo venidero, sea cual sea la situación. Si lo que se expone se acompaña de una imagen, llegará más hondo, calará en mayor número de personas. Incluso, esa frase «lo vi en la tele» –por valerme de un ejemplo entre cientos– utilizada para validar lo que se comenta ante un amigo o en franca charla con compañeros de trabajo o escuela, se ha vuelto un lugar común. Lo que se ve es lo que cuenta; la validez está dada por la imagen, ya no por la lectura, ya no por lo que se lee y deduce a partir de eso –y no se trata aquí de desacreditar la imagen que, por otro lado, tiene sus beneficios.


La lectura es hoy una afición devaluada, un hábito olvidado por la mayoría. Si se viaja en tren o en camión y se va leyendo, los demás pasajeros lo miran a uno con una especie de extrañeza, que se acaba pensando si los aficionados a los libros somos seres de otro planeta. Leer –recurriendo a un lugar común y devaluado– no está de moda. Nunca ha estado de moda. Y si, por descuido, algún día lo estuvo, pasó con más pena que gloria por esos anales de lo vigente. La lectura es un mal endémico, un virus que se busca erradicarlo por todos los medios. Algunos han vaticinado que los libros algún día serán objetos de culto, que serán sustituidos por aparatos electrónicos en los que ya no será necesario leer página tras página, renglón tras reglón, palabra por palabra; sino que el mensaje ha de ser descodificado por un circuito y transmitido en su totalidad al cerebro por medio de descargas. ¿Se trata esto de una visión Kubrickiana? En ese sentido yo preferiría una visión Kusturiquiana, de alegoría festiva sobre lo que cada quien cree.


La lectura es, sobre todo, un acto imaginativo. Mucho se ha dicho que en nuestro país somos minoría los que leemos, los que todavía acudimos a las librerías en busca de algún título que nos ayude a llenar las horas de los días. Se sabe que la mayoría prefiere y cultiva otras aficiones, y que sólo leen, entran a una biblioteca o a una librería por cumplir una tarea, por obligación, por disposición de sus padres. Se excusa, para no leer, lo rápido de los tiempos: no hay tiempo para pensar, para armar pieza por pieza lo que se recibe, sino que el mensaje o conocimiento ha de venir bajo una sola envoltura, todo tiene que venir ya dado, es decir, sin necesidad de interpretaciones ni de poner en juego otras habilidades. Es por ello que se prefiere la imagen, porque simplifica lo elucubrado, lo complicado. Pero se olvida que en ese proceso de saber, de desentrañar lo que se lee –incluso lo que se ve–, hay un placer oculto, una aventura imposible de definir.

«Lo que se sabe es porque se ha leído»
(No recuerdo exactamente las palabras de don Quijote, pero esta frase resume aquella idea).

 

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