Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2007.

02/07/2007

Desmemoria

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“Es todo lo que puedo recordar....”

(Alejandro Filio, “Es todo”)

 

En “Miss Amnesia”, cuento de Mario Benedetti, se habla de un tipo de amnesia inducida: la mujer protagonista se fuerza a olvidar aquello que de algún modo u otro le provoca dolor. Lo particular de esto es que lo logra: se trata de una falta de memoria a corto plazo, como si pusiera un velo ante aquello desagradable que le ocurre. Podría pensarse que esto es una capacidad fantástica, una manera de salirle a los problemas sin que éstos alcancen siquiera a tocarnos. Pero, Miss Amnesia profundiza tanto en esta acción, que llega a olvidar de un momento a otro incluso los rostros de las personas que le hacen daño, lo que, resulta obvio, la vuelve vulnerable ante los repetidos ataques de éstos. Su falta de memoria es cíclica, cada cierto tiempo, tras de que le sucede algo, vuelve al mismo punto en el que no recuerda nada, y por lo tanto carece de algún registro de donde pueda asirse en caso de ser de nueva cuenta atacada.

 

Al contrario de lo que sucede con esta mujer, de entre las pocas cosas que recuerdo sin verme impelido a llenar lagunas, es que yo tenía buena memoria hasta hace pocos años. Era capaz de retener por un largo tiempo una multiplicidad de nombres y datos descabellados. A estas alturas ya no es así: soy un cliente más de la desmemoria, las más de las veces ando tanteando en la vida, haciendo de la incertidumbre –¡vaya paradoja!– mi única certeza. Hurgo a brazo partido en mi memoria tratando de recordar el nombre de los personajes de alguna película o de una novela, tratando de ordenar hechos en días subsecuentes, rostros parecidos y eventos fortuitos; por una ráfaga de semejanzas en ocasiones atino a recordar, pero a menudo mi memoria es un manto lechoso, insondable. Lo lamentable es que he ido de olvidos vanos a olvidos imperdonables.
La desmemoria es un laberinto donde a veces se avanza con los ojos vendados, en otras se va hacia atrás creyendo lo contrario, en algunas más se sigue un derrotero en círculos, y esa circularidad, pasado el tiempo y recorrida la distancia, nos coloca de nueva cuenta en la línea de salida: ese es el principio del abismo.

 

Si Miss Amnesia se fuerza a olvidar y lo logra, yo, en cambio, me fuerzo a recordar y las más de las veces no logro recordar nada....

02/07/2007 07:51 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Letras apenas No hay comentarios. Comentar.

03/07/2007

Cuadros de costumbres

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En Morelia, El Nigromante es una calle espléndida: adoquinada, a sus costados casonas viejas y un templo barroco cuyo flanco izquierdo luce dos altos portones rústicos, y al final hace cerrada entre cafés y bares con mesas y sombrillas en las aceras, cuyo aire urbano sucumbe a su traza rural. Realmente es una calle de ésas que uno se da gusto recorrer. Pero, ¿quién es El Nigromante? Su nombre de pila es Ignacio Ramírez, y es uno de los escritores mexicanos más importantes del siglo XIX. A continuación, dos fragmentos de sus cuadros de costumbres: La estanquillera, la mujer que vendía tabaco en el estanquillo, lugares muy populares en el siglo diecinueve mexicano y hasta mediados del veinte, pero hoy totalmente erradicados. Quizá en algún pueblo perdido en la vastedad de la república subsista algún estanquillo, pero en los pocos que he visitado no he encontrado alguno.

LA ESTANQUILLERA

¡He aquí un tipo verdaderamente nacional! La vendedora por menor de puros, de cigarros y de los otros artículos que producen las rentas estancadas, es hija del monopolio; y la hemos visto agotarse y degenerar bajo la libertad del tabaco: su alimento le viene de Orizaba. La piedra de un litógrafo la ha cantado, y procurará retratarla nuestra pluma. A Flora se le consagraba el aroma de las flores, que ella misma cultivaba; hermosa estanquillera dame una cajilla de puros para que pueda yo presentarte al público en tu santuario, envuelta con el humo fragante de tus mismos pebeteros.

La verdadera estanquillera debe ser joven, hermosa y decente; con su juventud conquista el puesto que ocupa; con su hermosura aumenta el número de los marchantes; y la decencia de su cuna, es una garantía de que no se ocupará en ninguna faena doméstica, y de que enteramente se entregará al cumplimiento de su augusta misión, que es la venta del tabaco. Ave de paso se ha detenido en el estanquillo para emprender de nuevo su vuelo hacia una elevada esfera; por eso en su domicilio, ausente la dueña, nada revela que una mujer lo ha habitado; el hogar no conserva la huella del fuego; los utensilios de cocina jamás han adornado aquellos muros; ninguna aguja se esconde entre las hendiduras de los ladrillos; la estanquillera come del bodegón, y compra sus trajes en las tiendas de los empeños: la estanquillera no es mujer de su casa, sino del estanquillo.


(México, mayo de 1855)

03/07/2007 08:34 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Letras apenas No hay comentarios. Comentar.

04/07/2007

Luciérnagas

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Mientras bebíamos cerveza en una casa alejada de la ciudad el sábado por la noche, se soltó un aguacero. En un rato parecía que el cielo se precipitaba como un condenado hacia la tierra. Y sobrevino lo que nunca sucede en este país cuando llueve –o sin lluvia–, se fue la luz. A oscuras, con unas velas dispersas por toda la terraza, y algunas lámparas de mano, seguíamos en la guaguara: sin música, sin vernos los rostros, pero a sabiendas de aquí estábamos y nuestras figuras eran más sombras que cuerpos vivos, iba transcurriendo la velada. De pronto, dos luciérnagas rompieron el velo oscuro que nos cubría, dos luciérnagas que comenzaron a bailar por sobre nuestras cabezas, dos luciérnagas que no paraban de moverse, dos luciérnagas que yo hubiera querido atrapar con mis manos, pero ni lo intenté ni creo que ellas se dejarían. Eso me hizo recordar aquel parentesco entre las luciérnagas y los relámpagos: ambos aparecen y desaparecen de un momento a otro, ambos iluminan el espacio que ocupan, ambos siempre son la abertura de un nuevo horizonte ante nuestros ojos, ambos son más poesía que otra cosa. Las luciérnagas, por un tiempo, han querido ser relámpagos; éstos, en cambio, nunca han querido ser luciérnagas, pero bien pudieran parecerlo si se lo propusieran.

 


...Maga, en tiempos de aguas las luciérnagas no vienen a menudo; cuando se asoman, responden, eso sí, las preguntas que tengo para irla pasando
A veces acontece que los relámpagos combaten con las luciérnagas...

Cuando la lluvia irrumpe no hay posibilidad de ver más allá de las ventanas; a lo lejos, cuatro luciérnagas le dan alcance a igual número de relámpagos, se montan en sus lomos, los doman apenas

...las luciérnagas que luchan cuerpo a cuerpo con los relámpagos me son insuficientes, y no queda más que dormir al acecho, con los ojos puestos a ambos lados de la calle...


Los relámpagos, filosos, se arrastran por el suelo; no hay luciérnaga alguna que los distraiga más...
En un último momento, la danza de una luciérnaga ha corrido de mano en mano sobre las azoteas de la ciudad...

 

(Fragmentos, “Carta a la Maga”)

04/07/2007 14:24 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Día tras día No hay comentarios. Comentar.

05/07/2007

Miradas

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A menudo, cuando viajo en camión o en tren eléctrico, en el trayecto más de una mujer saca de su bolsa, mochila o morral un pequeño espejo para revisar si no se ha corrido el rimel, para aliñarse el pelo, para polvearse las mejillas, para corroborar que sus pestañas no han bajado su telón, para (re) pintarse los labios, para comprobar que sigue tal cual salió de su casa o lugar de trabajo.


Sucede otro tanto cuando voy manejando: en los altos tengo la costumbre de mirar a ambos lados y constantemente descubro que alguna mujer se está mirando en el retrovisor o en el espejo que algunos autos no sé si para ese expreso fin han puesto por encima de las cabezas del conductor y del copiloto.


En los aparadores de esas tiendas que lucen enormes cristales también puede descubrirse a alguna mujer mirándose, arreglándose el cuello de la blusa, el plisado de la falda o la línea perfecta del planchado del pantalón, o comprobando simplemente con agrado su delgadez o descubriendo con alarma su ligero aumento de kilos.


En los lugares públicos como cafés, restaurantes, teatros, salones de conferencias, museos, bares, cines, estaciones de autobuses, aeropuertos o líneas de ferrocarril, es casi una acción infaltable que la mujer se excuse para dirigirse al baño: las más, lo han confesado así, acuden a mirarse al espejo, ya sea para dar un retoque al maquillaje o cuidar el acabado del peinado. Todos los casos anteriores también aplican para algunos hombres.


A propósito de todo esto, una compañera de la oficina va una y otra vez al baño durante el horario de trabajo. El otro día dijo que sólo entra a verse en el espejo, y agregó que no le basta el que lleva en su bolso ni los retrovisores de su auto porque le gusta verse de cuerpo entero.


Con todo, me pregunto que habrían hecho todas estas mujeres –incluida mi compañera y también los hombres que tienen la afición de mirarse varias veces al día en un espejo– en el siglo XVI, cuando el espejo era costoso, muy poco común, y para colmo tenía que importarse de Venecia. Es decir, se trataba de un objeto que bien podía hallarse en los cofres que traficaban los piratas. En esa época sólo las clases acomodades tenían uno –no dos o tres–, y no una luna, sino sólo un pequeño rectángulo, que se le situaba encima de una palangana para que los hombres pudieran afeitarse. El espejo para verse de cuerpo entero no comenzó a fabricarse sino hasta 1880, y lo podía adquirir sólo la burguesía.


Hoy es un objeto tan banal, tan fácil de encontrar y comprar que, incluso, algunos se dan el lujo de romperlo; aunque, dice la voz popular, quien lo hace se acarrea siete años de mala suerte. Pero esto, como solía decir Tiluy cuando se daba largueza para contar sus aventuras que acababa entremezclando, es harina de otro costal.

05/07/2007 12:50 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Día tras día No hay comentarios. Comentar.

08/07/2007

Vengo del corazón a mis trabajos

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Hoy sólo quiero justificiar el por qué del título de este espacio. “Vengo del corazón a mis trabajos” es un verso de un poema de Ricardo Yáñez, un poema sencillo y llegador, un breve poema que encierra un encanto abrumador por su carácter reflexivo o puramente visual (según se le quiera ver), surgido de la vena más coloquial del lenguaje, cercano a la canción popular, que parece escrito de primera intención y que, a la vez, muestra un riguroso oficio. Aquí el poema del que hablo:

 

Si no amor soy entonces qué carajos

qué nube de pesar qué estrella herida

bandera por qué vientos abatida

conversación resuelta en qué estropajos

 

vengo del corazón a mis trabajos

y voy de mis trabajos a la vida

vida que se te entrega inmerecida

pero que sabe dar sus golpes bajos

 

no sé ni qué decir pero me digo

que al fin y al cabo soy un buen testigo

y voy atestiguar que estoy amando

 

todo lo que perdí mejor ahora

que cuando lo tenía llora llora

no dejes de cantar te estoy mirando

 

(Ricardo Yáñez, en su antología personal Novedad en la sombra)

08/07/2007 01:31 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Letras apenas No hay comentarios. Comentar.

09/07/2007

Algunas princesas

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«Dicen que las princesas no tienen equilibrio, (que) son tan sensibles que notan la rotación de la tierra…»

 

¿Será la prostitución de veras el oficio más viejo del mundo? En realidad lo desconozco, pero lo que sí puedo decir es que se trata de un oficio despiadado: quien lo practica deja de ser, en cierto momento ya ni es la sombra de lo que fue, en algún lugar deja botados su nombre, identidad, querencias y sueños y de ahí en más se le conoce únicamente como puta, piruja, prostituta, sexoservidora, profesional del sexo, entre otros adjetivos. Ya no se tiene derecho a nada, no se puede aspirar a llevar una vida como la llevan los otros, ya no se es, y en esa existencia nebulosa tienen cabida las más variadas formas de sobrevivencia.

 

«Existimos porque alguien piensa en nosotros, no porque nosotros pensemos en otros…»: Una de ellas –Caye–, una prostituta irredenta y que no tiene más pretensión que el hombre que ama la espere a la salida del trabajo –sea cual sea éste–, le cede su derecho de existencia a la otra –Zulema–, que está condenada a morir prematuramente y a quien le es negada toda posibilidad de echarse a volar…

 

Dos mujeres, dos amigas, dos princesas…

 

«Dicen que (las princesas) son tan sensibles que enferman si están lejos de su reino, que hasta se pueden morir de tristeza…»

 

«Princesas» es el más reciente filme de Fernando León de Aranoa, el mismo director de «Los lunes al sol».

09/07/2007 14:36 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Cámara al hombro No hay comentarios. Comentar.

10/07/2007

Los riesgos de la ficción

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«Algunos de los acontecimientos que aquí se narran son reales. Todos los personajes son imaginarios», se lee a manera de prólogo en «Las muertas», de Jorge Ibargüengoitia.

A propósito, hace poco más de dos semanas, en «El País» apareció una nota con esta cabeza: «Un escritor ‘linchado’ por sus personajes».

El argumento de la nota es más o menos así: Algunos vecinos del escritor francés Pierre Jourde intentaron lincharlo por verse reflejados en una de sus novelas. El asunto fue grave: en el verano de 2005, a Jourde y a su familia lo aguardaban seis o siete vecinos a la entrada del pueblo en lo que parecía una emboscada bien organizada. Piedras sobre el coche, cristales rotos, heridas a un bebé de 15 meses –hijo de Jourde–, histeria de su esposa e insultos que llevaron al escritor a demandar a sus personajes por intento de asesinato. Y precisamente ese día de publicación de la noticia comenzaba el juicio.

La novela que suscitó la polémica en ese pueblo del centro de Francia aborda historias de sexo y adulterio, hombres y alcohol, soledad y relaciones sanguíneas no conocidas, que se habían contado de boca en boca y de forma confidencial durante décadas.

Al leer esto, cabe preguntarnos: más allá del tinte tragicómico que pueda resultar el hecho, ¿un autor logra ficcionalizar del todo a los personajes inspirados en un ente real?, ¿la ficción, al tener como raíz un hecho real, invade el territorio de la realidad? ¿Es posible que lo relatado en una novela pueda tomarse como verdadero, aún cuando sabemos que se han novelado infinidad de historias ciertas? ¿Se justifica entonces –nunca se podrá entender– el proceder de «los personajes» en contra del autor?

El mecanismo de la ficción funciona siempre para anteponer un velo a lo que se cuenta, no obstante que se haya orginado de una anécdota o historia verídica. Por más que se identifiquen hechos en lo narrado, posibles involucrados, desenlaces, consecuencias, nunca será real lo que se cuente, pues eso ya ha pasado por un proceso a través de la pluma del escritor, semejante a un proceso de destilamiento en el que se retira aquello que pudiera dar pie a conjeturas que pudieran conducir a la identificación de lo escrito.
Jourde ¿los retrataría tal cual son?, y ¿sería su intención inhibirlos y ridiculizarlos? Seguramente que no, pero no está de más decirle a todo aquél que se dedica a escribir historias que: «cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar», por aquello de que se esté organizando en los subterráneos una rebelión masiva de personajes.

10/07/2007 12:35 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Una de vaqueros No hay comentarios. Comentar.

11/07/2007

Romina

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Ante la mirada de los transeúntes ocultaba el rostro.

Recargada sobre los muros iba calle a calle, rumiando las palabras últimas.

Lloraba, pero nadie la había visto llorar, nadie la vería.

Su dolor era un ejercicio cotidiano que de tanto practicarlo había llegado a dominarlo: sabía ser dolorosa, sabía amasar todo el dolor que le hacían llegar.

Prefería las aceras solas, prefería el dolor llano, prefería su soledad para martirizarse.

Romina era una mujer endeble, toda de dolor, incluso alguna vez pensó que sus padres habían cometido un craso error: debía llamarse Dolores.

No distinguía ya nada, ni la hora, ni el momento del día, ni los sueños frustrados: en el fondo ella no creía en los sueños que se frustan, sólo en que no había oportunidad para todo.

El dolor, en un principio, fue una máscara; pero ahora Romina era dolorosa.

Sabía que el dolor le pertenecía, y si veía a alguien sufriendo le arrebata su pena y se la llevaba.

Aquellas palabras últimas ya no las recordaba una por una: sólo sabía que habían sido palabras, quizá inentendibles, quizá sólo palabrería…

El dolor no correspondía a una situación, a una querencia, al temor de la muerte, a los recuerdos ya invisibles, a una amiga que le dio la espalda…

El dolor era Romina, ella misma sabía ser dolorosa, Romina era el dolor, Romina en la cotidianidad de un dolor que no tenía vuelta de hoja, era dolor llano, era ella, era dolor…

La perfección en ser dolorosa, dolorida, dolorosamente dolida era ser ella misma, Romina, la del dolor a cuestas, la de sólo dolor…

Alguien la vio, con la cabeza gacha, en la última calle, recargada en la última casa; a su vuelta, ese alguien ya no la vio más, sólo un rastro doloroso quedó en aquella pared…

 

«¿Por qué uno quiere lanzarse desde lo alto, y al bajar buscar olvido?».

(Caifanes, «Los dioses ocultos», El Diablito) 

11/07/2007 15:19 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Letras apenas No hay comentarios. Comentar.

12/07/2007

Maquilando cultura

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En estos tiempos en los que casi ya todo tiene un precio, no resulta sorprendente, aunque sí arriesgado, que también a la cultura se le convierta en un objeto vendible. Hace algunos años, la Organización Mundial del Comercio (OMC) recomendó a los países tercermundistas que poseen riqueza cultural y gran cantidad de recursos naturales, que «les pongan precio», a fin de que la generación de divisas producto de estos rubros, los puedan sacar, en un futuro, del subdesarrollo.


En México, es bien sabido, contamos con una amplia gama de recursos turísticos y culturales, tales como ciudades y pueblos enteros con tesoros arquitectónicos, expresiones y monumentos históricos; numerosas comunidades indígenas con lengua natural y expresiones particulares, peculiares modos de vivir y producir para la supervivencia; pueblos que son depositarios de leyendas, rituales propios y costumbres ancestrales; fiestas patronales y herencias gastronómicas muy antiguas. De tal modo que organizar tal cantidad de «objetos culturales» en un catálogo, para ponerlos al alcance del mejor postor, resultaría una tarea titánica y descabellada, porque es indudable que el patrimonio cultural puede generar una ganancia determinada, pero también habría que considerar que si se busca darle otra dimensión a la cultura y al turismo, se debe procurar que tales dividendos lleguen a las manos de quienes son poseedores de practicar, resguardar y transmitir esa herencia cultural que define nuestras raíces de pueblo mestizo.


La reciente elección de la ciudad imperial de Chichén Itzá como una de las «siete nuevas maravillas del mundo» se inscribe en esta lógica de comercializar la cultura, de prostituirla, si lo dijéramos descarnadamente. En el trasfondo de esta situación se perciben señales que pueden considerarse graves en cuanto a la defensa y conservación del patrimonio que es de todos los que habitamos este país: el asunto de la elección obedece a mezquinos intereses monetarios, de ávido reconocimiento internacional –hay que figurar en la larga fila de países, la globalización lo exige así–, de que se nos sitúe en el mapa del mundo, de que, como lo dijo El Chipotes hace días, incluyan nuestro nombre en algún libro de Historia Universal.


La cultura se vende, se comercializa, se vuelve espectáculo decadente cuando, hay que decirlo, debiera ser al revés: que no se concibiera como la cultura del espectáculo, sino como el espectáculo de la cultura, que también atraería miles de miradas hacia lo que debemos considerar un tesoro que no se puede exponer a una invasión bárbara de turistas ansiosos de pisar la mágica tierra de Chichént Itzá, como de tantas otras joyas de que disponemos en este país, a riesgo de que se le maltrate o se banalice su real significación.


Quizá, como bien lo apunta Carlos Emiliano Vidales en un texto que subió a la red mi buen amigo Pablo, lo más aberrante de este asunto sea la participación de la sociedad –tú, yo, nosotros, ustedes, ellos–, millones de incautos mexicanos que lo único que hicieron al responder al llamado fue contribuir al ya de por sí enorme caudal de un magnate suizo, quien tuvo la genial idea de lanzar la propuesta de la que la UNESCO (el organismo regulador de este tipo de patrimonio, con reconocimiento internacional) se deslindó totalmente.


No hay que pretender ser la ventana del mundo, sólo basta con correr las cortinas y, con toda parsimonia, asomar a la calle.

12/07/2007 12:44 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Día tras día No hay comentarios. Comentar.

13/07/2007

Ni mechones ni peluqueros

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Es verdad, me estoy quedando calvo. Un calvo prematuro. Quién lo dijera. Y me niego a llegar a verme como esas personas mayores –porque no lo soy– a las que les brilla el centro de la cabeza todo el tiempo, y no precisamente por sus ideas. Hace algunos años me di el lujo de llevar el cabello largo, un poco más abajo de los hombros. Hoy, sólo unos cuantos cabellos sobreviven al paso del tiempo. Es herencia familiar esto de la calvicie, aunque mi padre no llegó a serlo así totalmente. Con todo, creo que en mí se agudizó el asunto, porque a mis tres hermanos mayores no se les cae el cabello como a mí. A mis entradas, ya les dicen salidas, y aquella frase chistosa que Delgadillo pronunciara en el concierto de Febrero 13, también me acomoda: «…para alguien que tenga tres dedos de frente… Yo tengo más».

De mis hermanos, el más grande siempre se ha peinado, desde que recuerdo, del mismo modo; el que le sigue, lleva una gorra todo el tiempo, para cubrir sus marcadas entradas, y del que yo sigo sí se puede hablar de entradas bastante pronunciadas, pero su cabello es tupido y ensortijado, parece una madeja enredada con desgana.

A propósito de peinados, recuerdo que Daniel, siendo más chico, decía: «Mi papá se peina de puentito», y todos nos carcajeábamos. No sé si algún día llegue a olvidar aquella imagen que todavía hoy me causa extrañeza: mi padre tenía un modo muy peculiar para peinarse. Los cuates del barrio, lo recuerdo bien, decían que ése era «un peinado de tres picos». En realidad, nunca pude seguir la trayectoria de su pelo: la raíz aparecía por un lado pero nunca su final. Era como una enredadera. Al levantarse, siempre temprano, antes que el sol, lo primero que hacía era peinarse: frente al espejo del baño exprimía sobre su cabeza un limón y luego lo arrojaba al piso. Sacaba su peine de su bolsa trasera y comenza ese proceso que se me sigue antojando difícil: de un extremo a otro de su cabeza delineaba su cabello, y entre estas líneas se elevaban tres picos, uno al centro, más elevado, y otros dos en los costados, mucho más pequeños.

¿Dónde aprendió a peinarse así? No he visto jamás algo parecido en esos catálogos que pueden hojearse en las estéticas o peluquerías mientras espera uno su turno. ¿Habrá visto ese peinado en algún otro lugar, en alguna otra cabeza? O ¿fue una invención suya? De ser así, podría hablarse de un innovador real, que, huelga decirlo, hoy no hay quien siga esa moda, no hay discípulos que prolonguen su concepto de comodidad. Quizá esa estética suya era producto solamente de la cantidad de pelo que tenía. Él no usó jamás sombrero ni gorra, todos los días su peinado estaba ahí, intacto, desafiante ante vientos y lluvias.

Al final del día, algunos cabellos rebeldes se desprendían del yugo limonesco y semejaban resortes recién disparados de un colchón viejo: adquiría un aire de científico loco, pues no trataba nunca de alisarlos, y alguna vez le escuché decir que uno debía peinarse una sola vez al día. En el fondo, en aquel peinado suyo había algo de inventiva, de rebeldía ante lo común, de trabajo bien hecho.

Si me llega el momento de una calvicie casi total –unos cuantos cabellos dispersos nada más–, he dedicido que nada de sombreros, gorras, pañuelos y mucho menos peluquines, optaré por raparme o rasurarme el cráneo.

13/07/2007 09:59 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Día tras día No hay comentarios. Comentar.

17/07/2007

Se ha ido una

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El domingo, que transcurrió bajo un sol extendido como un ancho mar, tras una agonía en que me vi impedido a actuar, murió una de las nenas. Por exceso de agua, dijo la Chica Azul. Y yo agrego que, paradójicamente respecto a ese día, le hizo falta luz.

Lo que ahonda en tristeza esta situación es que esa nena había sido un regalo de unos amigos muy queridos: ¿con qué cara habré de decirles, simple y llanamente, que murió?

Por otra parte, inevitablemente traje a la memoria aquella pata de elefante que se secó en el departamento de la Consti-rock, y la planta extraña de la que nunca supimos su nombre.

Con todo, sobreviven todavía cinco nenas más, radiantes y abiertas como la mariposa que se detiene un instante y se prolonga en el espacio.

 

 

17/07/2007 12:09 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Día tras día No hay comentarios. Comentar.

23/07/2007

Susana San Juan

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Durante la semana pasada, tras releer algunos párrafos de «Pedro Páramo», sobre todo lo referente a Susana San Juan, recordé que cuando leí esta novela de Rulfo por primera vez acabé enamorado de esta mujer.

 

Susana San Juan, la última esposa de Pedro Páramo, la de la sepultura grande, la que algunos decían que estaba loca y otros no, la Susana niña, la Susana que se casó con Florencio, la Susana que vivió con Bartolomé San Juan –su padre–, y la última Susana, la esposa que vivió en La Media Luna con el cacique Pedro Páramo, que él no se atrevió a tocar, a la que consideraba intocable, pura, la que estaba por encima de todos los hombres.

 

«-Yo. Yo vi morir a doña Susanita.- ¿Qué dices, Dorotea?- Lo que te acabo de decir.Al alba la gente fue despertada por el repique de la campanas. Era la mañana del 8 de diciembre. Una mañana gris. No fría; pero gris. El repique comenzó con la campana mayor. La siguieron las demás. Algunos creyeron que llamaban para la misa grande y empezaron a abrirse las puertas; las menos, sólo aquellas donde vivía gente desmañanada, que esperaba despierta a que el toque del alba les avisara que ya había terminado la noche. Pero el repique duró más de lo debido. Ya no sonaban sólo las campanas de la iglesia mayor, sino también las de la Sangre de Cristo, las de la Cruz Verde y tal vez las del Santuario. Llegó el mediodía y no cesaba el repique. Llegó la noche. Y de día y de noche las campanas siguieron tocando, todas por igual, cada vez con más fuerza, hasta que aquello se convirtió en un lamento rumoroso de sonidos. Los hombres gritaban para oír lo que querían decir. “ ¿Qué habrá pasado?”, se preguntaban.A los tres días todos estaban sordos. Se hacía imposible hablar con aquel zumbido de que estaba lleno el aire. Pero las campanas seguían, seguían, algunas ya cascadas, con un sonar hueco como de cántaro.- Se ha muerto doña Susana.- ¿Muerto? ¿Quién?- La señora.- ¿La tuya?- La de Pedro Páramo.Comenzó a llegar gente de otros rumbos, atraída por el constante repique. De Contla venían como en peregrinación. Y aun de más lejos. Quién sabe de dónde, pero llegó un circo, con volantines y sillas voladoras. Músicos. Se acercaban primero como si fueran mirones, y al rato ya se habían avecindado, de manera que hasta hubo serenatas. Y así poco a poco la cosa se convirtió en fiesta. Comala hormigueó de gente, de jolgorios y de ruidos, igual que en los días de la función en que costaba trabajo dar un paso por el pueblo.Las campanas dejaron de tocar; pero la fiesta siguió. No hubo modo de hacerles comprender que se trataba de un duelo, de días de duelo. No hubo modo de hacer que se fueran; antes, por el contrario, siguieron llegando más. La Media Luna estaba sola, en silencio. Se caminaba con los pies descalzos; se hablaba en voz baja. Enterraron a Susana San Juan y pocos en Comala se enteraron. Allá había feria. Se jugaba a los gallos, se oía la música; los gritos de los borrachos y de las loterías. Hasta acá llegaba la luz del pueblo, que parecía una aureola sobre el cielo gris. Porque fueron días grises, tristes para la Media Luna. Don Pedro no hablaba. No salía de su cuarto. Juró vengarse de Comala:- Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre.Y así lo hizo».

 

Juan Rulfo, fragmento de «Pedro Páramo».

23/07/2007 12:32 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Letras apenas No hay comentarios. Comentar.

31/07/2007

Nadie va a Durango....

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No conozco todavía a nadie que haya ido de vacaciones a Durango... No, ni siquiera a alguien que haya ido en viaje de trabajo. ¿Durango? ¿Dónde está? ¿Es parte de México? ¿Acaso es un páramo de fantasmas? En Durango nunca pasa nada; al menos no se sabe que pase algo. Las malas lenguas pregonan que allí hace mucho calor; que es una tierra caliente, donde se dan los alacranes por montones. Hace mucho tiempo Durango fue un oasis, durante la fiebre del oro; incluso en ese lugar se filmaron algunas películas, westerns hollywodenses. Ese suelo caliente fue pisado por el mítico Doroteo Arango, lo recorrió montado en su caballo, con carrillera, sombrero y un enconado odio por los yanquis. Pero ya no hay diligencias, ni pistoleros, ni mujeres con vestidos amplios con olanes, ni saloons, ni buscadores de oro llegados todos los días, ni fervor, ni mucha gente siquiera. «Ya el horizonte no es un potro bronco, pepitas de oro no hay tan a la mano». Lo que sí hay es «un sol que todo lo quema, que todo lo calcina». No obstante, quiero conocer Durango, porque Durango para mí es a la vez un misterio y un escenario de cartón, como la Barataria de Sancho Panza, o el Comala del sur jalisciense, o la Piura del desierto peruano, o La Yesca metida en el fondo de un barranco y en los recuerdos vivos de mi madre.


Durango. La palabra misma pareciera ser una combinación de durazno y mango, dur-ango. Es una palabra que puede comerse, un vocablo que no existe en los noticieros nacionales, un lugar que para llegar hay que auxiliarse de un mapa que todavía no es encontrado, ni siquiera trazado. «¿Será por eso que nadie va a Durango?». Nadie va a Durango.... Jaime López la cantó una mañana de diciembre en un minibús por la López Mateos. Y hasta entonces nadie había ido a Durango. Hoy, por lo menos, yo quiero ir a Durango.... Nadie más. Iré. Y de vuelta, sobre la carretera quizás, sabré «porque están tan solos en Durango».

 

«Aquí la mano de Dios está re lejos, ¿será por ser tan ateos?, dice un vato. Se fue John Wayne y el pueblo es un fantasma, ¿será por eso que nadie va a Durango?».

(Jaime López, «Nadie va a Durango»)

31/07/2007 15:28 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Roleando Hay 1 comentario.


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