Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2007.

08/12/2007

El «Elefante» que nos aplasta

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Elefante, la penúltima película de Gus Van Sant, en su momento puso en la palestra el tema de la violencia que se suscita en los adolescentes de los colegios secundarios y preparatorias de Estados Unidos –entre 1997 y 1999 tuvieron lugar ocho masacres de estudiantes en ese país–. Van Sant no aludía a ningún hecho en particular, sino al acto mismo de la violencia carente de artificios o sensacionalismo. Michael Moore ya había retratado este fenómeno en el documental –anterior a esta película– Browning for Columbine, que se basa, principalmente, en la matanza de 12 adolescentes en una secundaria de Colorado, a manos de dos jóvenes estudiantes. A diferencia de Van Sant, Moore actúa como una especie de fiscal al desmenuzar las posibles causas que desencadenan esta perturbadora forma de vida, pero aquél pone el acento en la violencia cultural que acusan las nuevas generaciones.

Se dijo que el filme de Van Sant se inspiraba en un documental del realizador Alan Clarke, que había transmitido la BBC de Londres, titulado curiosamente: Elephant, y que versaba sobre la violencia en Irlanda del Norte. En esa producción se mencionaba que el problema de la violencia es tan fácil de ignorar como se ignora a un elefante presente en medio de una sala. También se afirmó que esa cinta de Van Sant había tomado su nombre de la leyenda budista que habla sobre ocho ciegos que al palpar un elefante, cada quien por su lado, acaban dando a conocer cada uno sólo una parte del mismo: el que ha tocado las orejas alega que es un ventilador; aquél que examinó la trompa, afirma que se trata de una enorme culebra; el que abrazó una pata del animal, dice que es lo más parecido a un árbol, y así se suceden las confusiones una tras otra. Van Sant hace uso de una metáfora cinematográfica y escenifica la masacre no como un suceso extraordinario, tampoco como la irrupción de la cotidianidad estudiantil, sino como la más pura manifestación de querer causar dolor sin razón aparente.  

De nueva cuenta se ha avivado el debate sobre el fácil acceso y posesión de armas en Estados Unidos, tras la reciente masacre de ocho personas en un centro comercial de Nebraska a manos de un joven de 19 años, que acabó suicidándose. Una polémica ya añeja en ese país, y a la que, no obstante los hechos lamentables en los últimos años, no se le ve fin. 

Si mal no recuerdo, los adolescentes que llevaron a cabo la matanza en Columbine de 12 estudiantes y una maestra, el asiático que mató a 33 personas en la Universidad de Virginia, el hombre que le quitó la vida a cinco niñas en una escuela amish de Pennsylvania, y ahora el asesino de Nebraska –entre tantos otros–, todos, sin excepción, al final se suicidaron. Y la pregunta queda en el aire: ¿por qué? 

(Para la banda que ya no veré tan seguido como antes: El Chalán, Manuel, Claudia, Lupita, Horacio, David, Andrés, Víctor, Dulce, Gaby, Edith, Toño, Mario, Mariana, Ivonne, Luz y Lucecita, Norma, Rosalba, Paulo, Tribi, El Diablo, don Luis, vaya un hasta pronto y un abrazo).

    

08/12/2007 17:12 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Cámara al hombro No hay comentarios. Comentar.

10/12/2007

Ocaranza

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  En “Ocaranza”, Gardea habla de Ocaranza, un hombre que pesa cuatro veces más de lo que debería pesar. Este hombre vive en un pueblo del desierto de Chihuahua, perdido entre arenas y letargos bajo el sol como tantos otros. Ocaranza pasa la vida enclaustrado, pues debido a su gordura sólo puede deslizarse de su cama al baño –que está afuera de su casa, a unos cuantos pasos-, y de retorno. Para moverse, sus hijos lo ayudan: lo levantan, lo sientan en la cama, lo sostienen como pueden para conducirlo al baño, lo ayudan a sentarse en el excusado, y tras un grito de Ocaranza de nuevo lo levantan y lo llevan de regreso a su habitación. Todos los avatares de Ocaranza se resumen en eso, y para todo ello necesita ayuda, no puede hacerlo por sí solo. Sus hijos, huelga decirlo, tras años de hacer esta labor, este trabajo que cada vez les cuesta más, que cada vez los hace sudar más, comienzan a hartarse de lo que tienen que hacer, de sus obligaciones. Un buen día, como en tantas otras jornadas, llevan a Ocaranza al baño: lo sientan en el excusado. Pasado un rato, éste grita para que vayan por él, para que lo ayuden a ponerse en pie. Nadie acude. Conforme pasa el tiempo los gritos de Ocaranza se hacen más ensordecedores, más coléricos. Llega la noche y los vecinos no pueden dormir por los desgañitados pedidos de auxilio de Ocaranza. A la mañana siguiente, las peticiones de Ocaranza son ya lastimeras, apenas audibles, el ahogo ha comenzado a hacer mella en él. Transcurridos unos días Ocaranza muere, paradójicamente, de inanición. 

“Al diablo las formas modernas de opresión del cuerpo: la anorexia y el gimnasio. La exuberancia adiposa representa la venganza de la imperfección humana contra lo perfecto cibernético o divino.”Agustín Cadena (elvinoylahiel.blogspot.com / abril 11 de 2007) 

(Hace un rato, sentado en una banca de la Plaza de Armas, vi esta escena: una pareja de novios se besaban acaloradamente; un oficial de policía en bicicleta se detuvo, les llamó la atención y se alejó; al poco rato, la pareja se enfrascó de nuevo en un largo beso: el oficial regresó y, otra vez, les dijo algo; entonces, se contuvieron mientras en su bicicleta el policía se perdía hacia el Teatro Degollado, y en cuanto desapareció caminaron hacia una esquina, bajo los portales, donde los esperaba un hombre que había grabado toda la escena. Juntos los tres, rieron, como comúnmente se dice, a pierna suelta).

 

 

10/12/2007 17:31 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Letras apenas No hay comentarios. Comentar.

11/12/2007

¡Uff!, leer

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 A la Rendidora Sabelotodo, a últimas fechas, le ha dado por leer. Los libros que, originariamente, eran de su hermano, ya se los agenció: le contó a la Chica Azul que por la noche, en lugar de encender la televisión se pone a leer. Está adentrada ahora en El profesor Zíper…, un libro de aventuras infantiles que escribió Juan Villoro. Es verdad que es difícil imaginar a la Rendidora, tendida en la cama, leyendo hasta altas horas de la noche; lo complicado viene por la mañana: su madre libra una dura batalla con ella para que se levante y se arregle para ir a la escuela. Aún con todo, no puedo evitar sonreír al saber que esa niña de 6 años se ha convertido en una devoradora de libros, y no precisamente como aquel personaje de los Muppets que todo se tragaba.

Mi abuelo leía, y leía mucho: todas las tardes, en aquel patio de soles verdes metía por largas horas sus narices en la Biblia. A menudo me llamaba para que me sentara a su lado: entonces leía en voz alta, y al poco rato se detenía para preguntarme si había entendido. Yo siempre decía que sí aunque, debo confesarlo, las más de las veces no lograba pescar nada. Sin embargo, aquella imagen de su figura encorvada sobre aquel grueso libro aún me persigue; y quizás de allí se gestó mi gastada inclinación por los libros.  

Dicen que el mejor libro que uno ha leído, cuestión paradójica y alucinante, es el que se está a punto de leer: acometer aquellas páginas nunca puede presumirse como un acto culturoso, sino como un enfrentamiento ante gigantescos molinos de viento que pueblan un mundo que no deja de sorprendernos, de asustarnos, de desorientarnos. 

“Leer, más que un ejercicio óptico, es un proceso en el que concurren simultáneamente el alma y los ojos”

Italo Calvino, “Mundo escrito y mundo no escrito” 

(Ya hay, ahora sí, más allá de rumores, algo concreto sobre el regreso de Los Leones Negros a la primera división de futbol nacional).

11/12/2007 11:58 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Letras apenas No hay comentarios. Comentar.

13/12/2007

Ahí viene… Ahí viene...

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 La “ciudad navideña por excelencia”, como han dado en llamar a Guanatos, luce más acelerada que de costumbre: los adornos navideños que penden sobre las calles y avenidas céntricas son testigos de este ajetreo: el tráfico vehicular se ha vuelto más nutrido no sólo en horas pico, sino casi a cualquier hora del día; hordas de transeúntes casi inanimados que andan de tienda en tienda buscando el “mejor” regalo y que, si uno se descuida, acaban atropellándolo; los aparadores de multitud de tiendas ofrecen sus mercancías con alusiones a la época, algunas a mayor precio que de costumbre y otras, las menos, a menor costo del usual; el acelere es notable, perceptible, visual, incluso sofocante. En fin, la ciudad está patas pa’rriba.Las connotaciones de la época son variadas y presenta muchos tintes, que van desde la más melosa simplicidad, pasando por la propiedad y mesura y yéndose hasta el otro extremo: la indiferencia y apatía por un festejo que, según dicen, no es más que un día como cualquier otro. La verdad es que hay algo de cierto, pero también algo de mentira en ello.En mi casa, siempre quisimos celebrar la nochebuena y la Navidad, pero por muchos años no nos fue posible por factores que no viene al caso citar. El asunto es que hoy sí nos reunimos, cenamos, abrimos regalos y vemos caras que por mucho tiempo han vivido escondidas. Hay algo de infantil y titánico en nuestra querencia: recuperar aquellos años y quizá lo no vivido. 

(En el cartón de “Escuincles” de ayer en Público, tiene lugar este diálogo entre Moños y Chipotes. Inicia diciendo la niña: “Algo que no me gusta de la Navidad es que todos compran como locos”, y ella misma continúa: “Deberíamos reflexionar sobre ese consumismo y mejor regalar amor”. Y el Chipotes le contesta: “¡Qué difícil!”, y agrega: “¿En dónde le pones el moño al amor?”. Al final, Moños, con cara de angustia dice: “¿En dónde? ¿El moño?”.)  

 

 

13/12/2007 17:43 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Día tras día No hay comentarios. Comentar.

18/12/2007

Un abrazo de oso

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 En medio de nochebuena, la cena, el abrir regalos, los buenos deseos, el encendido de luces de bengala, la acostada del Niño, el brindis informal del ponche y los tequilas que se colaron, se aparece el asunto de los abrazos. Este último acto es considerado por la mayoría como la culminación de un rito de querencias y deseo de parabienes y esperanzas. Sin embargo, hay quienes consideran los abrazos como una cuestión de la que quisieran decir, “yo paso”.

En esto hay, como casi en todo, extremos, mesura, prodigalidad, y también priva aquello de dar a cada quien lo que merece. Los más representativos especimenes en lo que toca a este tema, quizá sean éstos:

Está, por ejemplo, aquel que da un abrazo al inicio de la reunión, cuando llegan las 12 de la noche y al momento de despedirse. El de los formalismos y puntuales anotaciones.

O el vivillo megameloso que abraza doble, en estos tres momentos, a mujeres solteras y guapas, haciendo fila incluso en la que se forma una y otra vez. De mujeres que hagan esto no he presenciado, pero es casi seguro que también las hay.

El formal que abraza sólo cuando es perentorio, como una manera de expresar el sentimiento que lo embarga –aunque con cautela- o como correspondencia a un acto de cortesía o amabilidad.

El que rehuye a los abrazos, que se esconde cuando todos en la sala se abrazan, y cuando aparece pretexta una emergencia en el celular o un desahogo de penas en el retrete; a éste, incluso, en ocasiones el tiro le sale por la culata, pues entre los invitados no falta aquél que con iniciativa inicia la serie de abrazos únicamente para él, formando una fila.

O ése que todo el tiempo anda colgado de quien aprecia, llega a veces a ser encimoso, aunque también se le puede considerar querendón y atento.

O el que piensa y distribuye sus abrazos conforme a quien tiene enfrente: éste no se lo merece, aquélla sí, el que tengo al lado no, a los que están ausentes se los guardo, etcétera. ¿Será selectivo o tímido?

Un abrazo, en última instancia, puede asimismo constituir un buen final para una disputa, un llamado de necesidad, una manera de despedirse sin que medie palabra alguna o la llana expresión de una querencia de amistad o de amores. Lo que sí es que a los abrazos, cuando vengan, no hay que sacarles la vuelta. 

(La continuación del cartón con el Chipotes y la Moños: “Con mis ahorros voy a comprar una cajota de chocolates”, dijo el Chipotes, y agregó: “… Y se la voy a regalar a mis papás de Navidad”. “¿Por qué mejor no les regalas un abrazo, un beso y les dices que los quieres mucho? ¡Eso les va a gustar más!”, le replicó la Moños. “¡Pero no puedo hacer eso María! ¿Y dónde me hagan lo mismo y no me compren nada por andar de romántico regalando amor?”, concluye asustado el Chipotes.)

18/12/2007 14:48 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Día tras día No hay comentarios. Comentar.

21/12/2007

Un accidente

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Era temprano, pasadas las ocho. Esperaba a que el semáforo cambiara la luz. Los automóviles pasaban raudos en la avenida que pretendía cruzar, y los camiones hacían un ruido mortal para los oídos en aquella hora temprana. Llevaba un café en la mano, y la otra metida en los bolsillos del pantalón. Iba trajeado, pulcramente peinado, con los zapatos relucientes, y un maletín café le colgaba del hombro. Sus anteojos –de ésos de fondo de botella– lo hacían parecer aún más viejo de lo que era, sin embargo su pelo entrecano iba siendo cada vez menos. La luz cambió. Caminaba con parsimonia, como cuando el albatros planea y parece que flota y se detiene allá arriba. Cuando estaba a punto de alcanzar la otra acera, se le emparejó un tipo, se saludaron y siguieron por el mismo rumbo. Apenas se habían detenido en los portales cuando el tipo que le había dado alcance se separó, volvió sobre sus pasos casi corriendo, como cuando alguien recuerda haber olvidado algo en la tienda donde estuvo momentos antes. El otro se quedó allí, bajo un arco, pensativo, mirando nada más. Y sucedió lo que le habría de pasar en aquel primer día de su nuevo trabajo: a la altura de la solapa izquierda le cayó excremento de paloma. Miró con desagrado aquella verduzca masita caliente, sacó un papel, pero no hizo más que extender la mancha hacia donde el pañuelo asomaba de la bolsa superior. Dejó el maletín en el suelo, también el vaso de café, se arremangó el saco, se desanudó la corbata, se quitó los zapatos y comenzó a trepar la pilastra: quería alcanzar a la ave malhechora que, oronda, caminaba por la pestaña del arco; a él le parecía que se burlaba. Los transeúntes, a un tiempo divertidos e interesados, se detuvieron a mirar la escena. Mediaba poco más de un metro entre el animal y el hombre, cuando aquél alzó el vuelo. Un policía se había acercado. El hombre chasqueó los dientes, bajó, se calzó los zapatos, extendió las mangas, se anudó la corbata, levantó su maletín, tomó su café, y estiró el pañuelo que llevaba a la altura del pecho para cubrir la mancha, todavía tibia. Sin hacer caso al policía reanudó su camino, pero el oficial le cerró el paso. Hablaron; al poco rato cada uno tomó un rumbo distinto.  

«No lo hice adrede.Yo tampoco. Es todo lo que se le ocurrió decir a aquella imbécil, frente al jarro, hecho añicos. ¡Y era el de mi santa madre, que en gloria esté! La hice pedazos. Les juro que no pensé, un momento siquiera, en la ley del Talión. Fue más fuerte que yo»Max Aub, Crímenes ejemplares

21/12/2007 22:11 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Urbanohistorias No hay comentarios. Comentar.

28/12/2007

Como si fuera el último

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 Es bastante común aquella frase, atávica a estas alturas, que se lanza para acentuar la vivencia de algún momento coyuntural o para tratar de realzar cualquier circunstancia, por más trivial que pueda parecer: «Vive este día como si fuera el último». El asunto viene a cuento por el final de año que se aproxima y, por consiguiente, el inicio de otro: no podemos escapar, la vida es extrañamente cíclica. Cuando Jorge Ibargüengoitia se situó, junto con su mujer Joy Laville (ahora su viuda) en su apartamento de París, para escribir, no pensó en eso de hacer cada cosa como si ya no fuera a pasar más, sin embargo cada vez que tecleaba en su máquina lo hacía de manera que cada renglón llevara signada una última promesa o un cercano destino. Y qué cercana estaba la hora de su partida.

Detenerse a mitad del camino, sopesar las posibles consecuencias o parabienes de las múltiples variables que se abren conforme se avanza, indagar a dónde irán a parar las certezas, los retrocesos, los (des)encuentros, los extravíos o los senderos atinados, constituyen formas de repensar lo que se ha de hacer, sin considerar si al final se habrá de ganar o perder; si todo lo que se emprende lleva la marca de que se ha realizado con el pensamiento de que puede ser lo último, quizá estaríamos pecando de fatalistas o asumiríamos una actitud de siempre mirar para adelante, aunque a veces ese ir hacia adelante en realidad sea marchar hacia atrás. Claro, según como se le quiera ver, porque –y aquí no se piensa negar– cada cabeza es un mundo.

Marcel Proust, enfermo de muerte, tenía la intuición de que cada día en que amanecía vivo sería el último de su existencia. Sin querer sonar fatalistas: si se hace una lista de propósitos, si se piensa en mejorar, si se decide ya no continuar con tal o cual hábito o mal hábito, o si se opta por seguir viviendo como la vida se presenta, todas son maneras de afrontar –aunque en el fondo no lo percibamos, mucho menos no nos lo propongamos y ni siquiera lo pensemos– el último día de nuestra existencia. 

«¡Antes muerta! –me dijo. ¡Y lo único que yo quería era darle gusto!»Max Aub, Crímenes ejemplares

28/12/2007 14:55 Autor: elrayomacoy. Enlace permanente. Tema: Día tras día No hay comentarios. Comentar.


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