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01/08/2007
Una década

Hoy, mi padre cumple diez años de haber muerto, tras un accidente automovilístico.
El hombre –Vicente– que describe Jesús Gardea en la novela «El sol que estás mirando», se parece en demasía a como era mi padre, sobre todo en su proceder para con su hijo David; es por ello que quise anotar este inicio de un capítulo de la novela. Vayan estas palabras como un recuerdo para él.
«Mi padre me llamó con un grito. No quise ir solo. Mi hermana y yo estábamos jugando y le pedí que me acompañara. En el camino me detuve para echarme unas piedritas a la boca. Los otros niños decían que eso daba buena suerte. Mi hermana me imitó.
—Tú no tienes necesidad, Fernanda –le dije.
—Sí. Así te ayudo.
Cuando llegamos donde se encontraba mi padre, Fernanda corrió luego a ponerse a su lado. Desde allí me lanzó una mirada triste, de compasión.
—Nada de lloriqueos –me advirtió mi padre.
Con él estaban los dos hombres que se habían pasado la mañana y parte de la tarde escarbando en el patio en busca de varias fugas de agua en la tubería. Uno de ellos fumaba sentado sobre un montón de tierra húmeda. El otro, cerca de mi padre, se examinaba, aparentemente desentendido, la palma de una mano. El que fumaba se parecía mucho a Leandro, el amigo de la casa.
Todavía estaba el sol alto en el cielo. La cabeza rubia de Fernanda ardía como un fuego manso. Miré hacia la bodega. Pensé en mi madre y deseé que entonces apareciera. El hueco que sentía en el estómago me iba creciendo. Mi padre tenía muy mala cara.
—¿Tú hiciste esto? –tronó por fin.
No supe qué contestar. Estaba solo, alejado de todos. Los poderes de mi padre me habían oscurecido.
—¡Responde!
Entonces vi lo que traía en la mano.
—Sí –dije, pero con una boca que no era la mía, sino la del miedo.
—¿Por qué? –volvió a tronar. Luego, se dirigió al hombre que tenía más cerca, el de la palma abierta, y le dijo.
—A ver, maestro Bastida, tráigame por favor el resto.
El hombre se dio media vuelta y fue y trajo un envoltorio de papel periódico no supe de dónde.
—Póngalos en el suelo –le dijo mi padre.
—Sí, don Vicente.
—¿Cómo cuántos serán, maestro?
—Quince, sin contar el que usted tiene.
—¡Quince!
—Dieciséis, don Vicente.
Yo ya no le veía la cara a mi padre, pero sí a mi hermana, que chupaba afanosamente las piedritas.
—¿Cuándo fue? –me preguntó mi padre.
—No me acuerdo.
Mi padre avanzó un poco hacia mí. Tenía unos pies grandes. Casi siempre traía arrastrando la valenciana de los pantalones y se la mordía al caminar. Esa tarde sus zapatos estaban manchados de lodo en la punta.
—Levanta la cara –me dijo– y óime bien.
Fernanda entonces regresó a mi lado. Se colocó entre mi padre y yo.
—Esos soldaditos a los que les arrancaste la cabeza y enterraste…»
Jesús Gardea, «El sol que estás mirando», fragmento
(Otro día ahondaré en la obra de Gardea).
03/08/2007
El escritor maldito de estos lares

Bernardo Couto Castillo, el escritor maldito mexicano de la segunda mitad del siglo XIX, es un autor casi desconocido. Couto, ante el avasallamiento de escritores «de prestigio» –como marca comercial– por estos días aciagos, no aparece en el mapa de la narrativa mexicana. Es un desconocido excepcional, sus cuentos son cortos, pero dispuestos a dejar salir a la menor provocación un universo imposible de aprisionar al primer intento. Couto, que dejó un sinnúmero de estos textos, murió tan sólo a los 22 años de edad, por el abundante alcohol, drogas y noches de fiesta; antes, siendo adolescente, se había fugado del parvulario. No obstante su desafinada juventud, su narrativa cuentística fue prolífica, bien hecha, contundente.
A la manera de los poetas malditos franceses –Rimbaud, Baudelaire–, Couto llevó una vida turbulenta interior y exteriormente, pero le alcanzó el tiempo para dejar, letras de por medio, su genialidad, atisbos de su locura creacional, huellas que no obstante haber sido trazadas a la intemperie todavía pueden encontrarse si se pone un poco de atención.
Tan sólo por mencionar algo, en «Rojo y Blanco» este escritor mexicano inaugura, podría decirse, una nueva poética del crimen: da a luz la estética del asesino que cuida los detalles, del asesino que desnuda a una mujer, la acomoda sobre un lecho, la mira con paciencia y ojos tristes, para al fin atravesarle la garganta con un cuchillo: los trazos de esa pintura, como letras hechas con el cincel que prefigura el letrero que ha de colgarse sobre la puerta que da a la calle con el cometido de que pueda visualizarse apenas se ha dado vuelta a la esquina, sorprenden y llevan al ensimismamiento. En su pretensión de dar muerte está avientrada la intuición de lo plástico como belleza suprema, la conciencia de una nueva manera de creación.
Couto no escribió más que cuentos, que comenzó a publicar en revistas culturales de la época cuando tenía apenas 14 años; en aquel tiempo se le tachó de ser un escritor vulgar, malo, inconsciente, inconsistente, por tratar temas de esa manera descarnada y desenfadada. Aún así, siguió creyendo en su escritura, y murió escribiendo, muerto ha escrito. Los pocos que han leído parte de su obra coinciden en la genialidad modernista de Couto.
En Factoría Ediciones, colección «Serpiente emplumada», Ángel Muñoz Fernández ha publicado sus «Cuentos completos», libro que se puede adquirir por Internet.
06/08/2007
¡No hagas ruido...!

«Nadie está libre de decir necedades; el mal consiste en decirlas con pompa… Esto no va conmigo, que digo mis tonterías tan neciamente como las pienso»
Michel de Montaigne, Ensayos III
El ruido se ha convertido en una forma de agresión. Mucho se ha hablado de la contaminación auditiva, sobre todo lo referente a ruidos provenientes de automotores, fábricas, centros de diversión que cierran sus puertas a altas horas de la noche, etcétera; incluso, en tiempos recientes, a los ruidos que provocan las fiestas patronales de los templos: juegos mecánicos y pirotécnicos, principalmente los cohetes que lanzan al cielo en horas muy tempranas y cada cierto tiempo, como si de un bombardeo dosificado se tratase, cuyo objetivo es acabar con el sueño y el descanso.
Hay que reconocer que el ruido es un ingrediente más de la convivencia moderna, del trabajo y el trato entre nuestros semejantes. Es casi imposible pretender, a estas alturas, vivir sin ruido en una ciudad como la nuestra. El asunto se agudiza si consideramos, entonces, que el ruido nos es indispensable en algunas cuestiones más terrenales que de otra índole. ¿Se podría regular el ruido, así como se hace con el agua o la energía eléctrica? ¿Es el ruido una energía conducente? ¡Carajo! Me temo que no. Pero sí se podría asumir una actitud de respeto hacia las opciones de todos. Y en Europa, por ejemplo, ya se prepara una Ley del Silencio.
Mi confrontación con el ruido a últimas fechas se ha encarnizado por cuestiones vecinales: la calle es un espacio, sin dudarlo, en el que se puede transitar a cualquier hora que a uno le plazca, ¡pero que los niños y los adultos platiquen a voz en cuello pasada la medianoche y entre semana me parece una actitud poco menos que considerada! Más de una vez he pensado que esos chamacos son niños huérfanos, que han tramado impedir a toda costa que aquel que se acuesta pretendiendo descansar porque al siguiente día hay que ir con toda la disposición al trabajo, acabe revolviéndose entre las sábanas peleando contra los fantasmas de la duermevela y el insomnio. (Maldita sea, si hasta el zancudo más sigiloso se une a ese ejército de “nodejesdormiranadie”)
Y si a esto le sumamos que los vecinos de al lado –que recién se han mudado– son empedernidos fiesteros, amantes del borlote y la música a todo volumen, con tragos de alcohol empinados con embudo y fieles fanáticos del karaoke con berridos y vomitadas incluidas, la cuestión se ha vuelto francamente intolerable: sus fiestas acaban a las cinco de la madrugada casi cada semana. Y aquí, lo creo ferréamente, no se trata de discutir si uno vive amargado o no, sino de tener la mínima disposición para acabar la fiesta a una hora moderada, tipo una o dos de la mañana, y más si se considera que el argüende comienza pasadas las seis de la tarde anterior. ¡Carajo!
Ahora, la cuestión es discernir si se habla con ellos –toda la cuadra casi– o si de plano uno se limita a levantar el teléfono y pedir una patrulla que imponga el orden. ¿Hasta dónde se puede proponer una convivencia vecinal cuando nuestros semejantes se empeñan en levantar una barrera que impide cualquier atisbo de conversación o trato cordial? Lo dicho: el ruido, con estas características y otras más, se ha vuelto una forma de agresión.
07/08/2007
José, mi tío

(Sombreros -2)
«No es fácil explicar la relación de un hombre con su sombrero. Es un objeto que siempre va a estar ahí, muy cerca de la cabeza.»
Luis Humberto Crosthwaite, «Idos de la mente»
El brazo le colgaba como un vestido zarandeado por el aire en el tendedero. Un tractor se lo había destrozado veinte años atrás. No obstante, ese miembro tenía la suficiente fuerza para llevarse a la cabeza su sombrero ancho, café, con tres agujeros perfectos en cada costado. Las correas del sombrero le rodeaban el cuello, siempre de camisa a cuadros, con mancuernas cremas, brillantes; me recordaba a esas películas en que los vaqueros más envalentonados se batían a duelo no sin antes afianzar las correas por debajo de la barbilla y adquirir un rostro duro. José murió semanas después de que su esposa, una mujer que siempre vestía toda de negro, falleciera tras una larga enfermedad cancerígena; en el ventanal que daba al balcón, recostado en la mecedora que habían traído de Florencia, con el sombrero blanco sobrepuesto en la rodilla, José extravió sus ojos en el verdor del cielo allá al fondo de la tarde más quieta que recuerdo.
08/08/2007
Síndrome macondiano

La desmemoria es un laberinto donde a veces se avanza con los ojos vendados, en otras se va hacia atrás creyendo lo contrario, en algunas más se sigue un derrotero en círculos, y esa circularidad, pasado el tiempo y recorrida la distancia, nos coloca de nueva cuenta en la línea de salida: ese es el principio del abismo.
Esto le ocurre a mi tía Rafaela, tía de mi madre para ser exactos. 92 años cumplidos tiene esta mujer a quien yo confundía, siendo niño, con mi abuela, por su asolador parecido.
Quizás ella pertenece a ese encomiado grupo de los fundadores de Macondo, que en sus primeros días, encandilados por el sol, errantes en arenas densas que se extendían por los cuatro puntos cardinales, olvidaron en cierto momento cómo había que nombrar las cosas; se trataba de un proceso paulatino de olvidos, por lo que se vieron obligados a colgarles papelitos con su nombre a los objetos reconocibles, y a inventar otros para aquellos de los que ya habían echado al olvido.
La hermana de mi abuela ya ha dejado atrás todos los nombres, al menos aquéllos que comprenden ese reducido universo de sus «seres queridos».
09/08/2007
Sabores nocturnos

«…las noches de calor
pasarla con amigos
arriba de un balcón
cantando algo de Silvio
hasta el amanecer»
Yahir Durán
Hace algunos días vi por la calle a Rafa, a quien no había visto desde que se casó. Mis primeras lecciones de guitarra –soy cabeza dura para eso, o acuso falta de talento más bien– me las dio Rafa precisamente. Pero lo que más vino a la memoria al topármelo en la esquina del barrio fueron aquellos días ya lejanos:
En las noches, Rafa congregaba a los del barrio alrededor suyo. Rafa, con un cigarro en una mano y la guitarra en la otra, caminaba distraído, apaciguado como quien después de un largo día de trabajo se tira a descansar para ya no levantarse sino hasta el día siguiente. Todavía no se acodaba en las raíces del enorme hule afuera de la tienda de abarrotes de don Rosendo, cuando ya la gorra recorría la rueda para reunir la cooperacha de las caguas. Al tiempo que Rafa deshilaba «Sombras nada más» con un blues desgarrado y preciso, las palomas que emergían de su guitarra negra le tendían una emboscada a la medianoche. Los sabores nocturnos de Rafa en sus arpegios, y su voz alada de caguama, se elevaban a la noche envueltos en cristales oscuros, pululando como palabras que apenas se distinguen en la distancia. «Te recuerdo saltando los charcos…», era el escenario en el que «El Blues» se unía al grupo. Ceremoniosamente extraía de su camisa percudida su armónica y ensayaba algunas notas con ademanes delirantes. Interrumpía su ensayo y pedía la caguama para empinarle, desesperado y casi furibundo, un trago que se antojaba no terminaría. «Si naces en el Golfo, de golfo te la pasas…», las voces de Rafa y «El Blues» se confundían, se alejaban una de la mano de otra, cercando los muros, encharcándose en el filo de la acera, rasgando los cuerpos apretujados en torno a un mundo oloroso a cerveza que no tomaba en cuenta el vientre blanco del amanecer. Las voces iban perdiendo fuerza, la noche iba perdiendo sus oscuridades acompasadas, los sabores nocturnos se impregnaban en nuestros cuerpos con destellos de viento, de ése que solamente viene de noche, y se derramaban luego, al día siguiente. Con las primeras luces, Rafa se alejaba tal como había llegado: fumando, distraído, despacio con su ritmo de tortuga. Y «El Blues», dormido un buen rato antes, se aferraba al tronco madre del hule de don Rosendo.
Una noche Rafa dobló la esquina con aquella eterna lentitud en sus pasos, como siempre distraído, pero sin la guitarra colgándole de un hombro. Venía fumando. Una vez en el hule, dijo que esa tarde había vendido su guitarra negra.
A partir de ahí los sabores nocturnos ya no le pudieron seguir «robando luz al sol».
13/08/2007
El robo que lleva a otro robo

He tenido un sueño bastante extraño: me robaban el auto.
Sucedió de esta manera el sueño:
El auto ahí estaba frente a mí (es esto lo extraño), pero al mismo tiempo no estaba; me explico: me bajo del auto y a punto de cerrarlo me doy cuenta de que no es mi auto, es blanco, pero no es el mío, y entonces me percato con gran sorpresa que es muy diferente al que yo tenía, pero aún así lo había manejado ya. A partir de ese momento trato de recordar la última vez en que vi mi auto: lo había dejado en un estacionamiento para entrar al cine. Eso quiere decir que al salir de la función me subí a otro auto y manejé hasta el momento en que me bajé y me di cuenta de que no era el mío. Me habían robado el auto y al mismo tiempo yo robé otro.
Al fin que «ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón», o por lo menos, en mi caso, un auto nuevo.
17/08/2007
De nota roja

Eloísa leyó: «Muere con cabezas deshechas pareja de ancianos». Ése era el título de la noticia. Eloísa rió un poco, casi forzando el gesto; pero continuó la lectura: «La mujer se arrojó del quinto piso del edificio donde se encuentran las oficinas donde trabajaba su marido porque éste había decidido marcharse de la casa e irse con otra, más joven. Discutieron un buen rato esta mañana (la de ayer) en la oficina de él, quien salió de allí dando un portazo. Sola ya en el quinto piso la mujer se arrojó a la calle. Justo en el momento en que iba a estrellarse en la acera, salió a toda su prisa su esposo de aquellas oficinas: ambos murieron al instante al chocar sus cabezas».
(La noticia de la muerte de estos ancianos se publicó en un periódico de La Habana, Cuba, hace poco más de 20 años. Lo que aquí está escrito es la noticia reconstruida, sintetizada y ficcionalizada).
20/08/2007
Una década (2)

Mi padre vivía en un estado permanente de zozobra, de amargura nunca trocada aunque fuera en un baile espontáneo en uno de los tres patios que teníamos en casa, donde mis hermanos y yo nos tendíamos por las noches para contar las estrellas. Las veces que se sentó con nosotros a ver un programa en la televisión, se divirtió enormidades, pero ni aún así daba su brazo a torcer en cuanto a lo que disponía se tendría que hacer y lo que, nosotros, a hurtadillas, acabábamos haciendo con la tibia complicidad de mi madre.
Como solía consolarse ella, mi padre tenía su modo, el asunto era hallárselo. «—¿Tú hiciste esto? –tronó por fin. No supe qué contestar. Estaba solo, alejado de todos. Los poderes de mi padre me habían oscurecido. —¡Responde!». A menudo, al igual que a David en «El sol que estás mirando» de Jesús Gardea, mi padre me ensombrecía con su autoridad: antes de cualquier reprimenda o interrogatorio, había que «echarse unas cuantas piedritas a la boca y chuparlas. Los otros niños decían que eso daba buena suerte». Aunque a mí, me funcionaba mejor esconderme y aparecer después de un rato, ya que el coraje lo hubiera abandonado.
21/08/2007
Un acto solitario que se vuelve público

El domingo por la noche recibí una llamada de mi hermana: «¿Te sorprende que te llame a esta hora? –preguntó. Sí, más o menos, –le dije. Me gustó lo que escribiste en el periódico de hoy –dijo con emoción». Y a partir de allí se desató otra emoción, en mí, interna, hacia mis orígenes, como si restallara una y otra vez contra mi cuerpo una vorágine que no menguaba. Ingenuamente pregunté entonces: «¿Lo leíste? Y ella dijo: Sí, aquí lo tengo en la mano, y estoy a punto de leérselo a Óscar –el hombre con el que vive». Hablamos un poco más y un rato después se despidió, antes de colgar me felicitó de nueva cuenta.
El texto que publiqué ese día –bueno, que me publicaron– hablaba sobre mi papá. En algunas partes de ese escrito asoman mis hermanos, incluida ella por supuesto. Quiero pensar que se identificó con la historia, con aquellas situaciones descritas, aquel mundo de paredes de ladrillo sin enjarrar y aire limpio a ráfagas, y le movió algo y decidió hablarme, cosa que agradezco enormemente. Supongo que las alegrías se aderezan aún más si se comparten.
Una maestra de la escuela –a quien algunos llamamos anciana decrépita por su manera de enseñar y la fortaleza física que atesora pese a su avanzada edad, aunque le reconocemos que tiene un conocimiento acumulado invaluable–, continuamente dice que la poesía que no te mueve algo por dentro no puede ser poesía. El texto del que hablo no es un poema, pero quizá quepa la misma aplicación de la que habla esta mujer, sobre todo para quienes de alguna manera se sienten protagonistas de lo que se cuenta.
Mucho se ha hablado –y se habla– de que el que escribe lo hace para los demás, no para sí mismo, por más que algunos se empeñen en asentar que lo hacen como un ejercicio catártico y sólo para satisfacer sus intereses. Estoy de acuerdo en que se escribe para los otros, al fin que la escritura ha de conducirnos al exorcismo de nuestros demonios y fijaciones, a la volcadura de las querencias y los anhelos –aquí está la catarsis–. Escribir –y publicar–, entonces, se convierte en una manera de darnos a los demás, escribimos para darnos a los demás, para compartirnos y desgajarnos y...
22/08/2007
De una tica

Porque la distancia no es más que una eterna trampa...
II
No es cierto que estás lejos
porque te estoy mirando aquí, alrededor del viento,
dando pasos iguales al movimiento de las flores;
tersa tu casa;
y tersos en tu nombre grandes árboles;…
No es verdad que estás lejos.
Todos estamos sucediendo siempre en el mismo lugar donde posamos;…
Todos estamos sucediendo siempre.
No es verdad que estás lejos.
Te veo aquí, a mi izquierda,
relatando la ascensión del océano…
Eunice Odio, Últimos poemas (1967-1972)
«En la vida y en la muerte de Rosamel del Valle»
23/08/2007
Ayer, en un café

Por encima del periódico, su mirada invariablemente se perdía en un rincón. Unos cuantos pasos más allá, de una esquina descendía aquel jazz melancólico a ratos y relampagueante en otros movimientos.
Sus largas piernas, que terminaban en sandalias con adornos de colores pardos, se cruzaban y descruzaban cada cierto tiempo; y la mirada se sumergía y emergía mientras tanto.
La lluvia parecía un espectáculo sordo más allá de los gruesos cristales de la cafetería en aquel momento atestada de conversaciones y pies diligentes en busca de mesa.
La mujer, no rubia a fuerzas ni tampoco morena quedito, desde su atalaya, llevaba su pelo de un lado a otro, y su rostro por momentos, con la luz directa de las lámparas y matizada por aquel oleaje gris que se colaba de la calle, adquiría un semblante taciturno, apagado.
En un descuido el periódico se le fue de las manos y éstas tropezaron con el café; apurada, antes dio un rápido vistazo alrededor, recogió el pliego y enderezó el vaso térmico que no derramó el líquido.
Una vez más clavó sus ojos en aquel rincón; parecía seguir la música y extraviar la lectura, aunque también parecía esperar algo. Toda ella se dirigía a una concentrada erupción.
Al poco rato, mientras ella fingía leer, del rincón donde dejaba sus ojos salió un tipo que ni la miró ni se detuvo en su mesa, iba del brazo de una morena que sí le dedicó un desdén monumental, pero aquél ni pareció notarlo.
Segundos después la mujer largó el periódico y apuró su café; abandonó el lugar cuando el último solo de jazz se dispersaba por encima de las cabezas y salía a la lluvia cuando ella abrió la puerta.
La miré irse por la misma dirección que había tomado la pareja. Volví a mi lectura y le pedí a una de las dependientas que retrocediera la última pieza del disco que recién terminaba…
24/08/2007
Reynaldo

(sombreros 3)
En la tibia oscuridad únicamente alcanzaba a distinguir la silueta de su sombrero, de lado, detenido al fondo de las curvas que la barranca iba engullendo. El viento frío crispaba su rostro enjuto, de bigote ancho, entrecano, alargado contra los peñascos que nos iba dejando la sierra; pero el sombrero parecía no pertenecer a ese hombre que se enrollaba, encobijado, en una esquina de la camioneta. En la profundidad del barranco, colgando luces a lo lejos, pendiendo el cielo negruzco de la nada, el hombre por fin se retiró el sombrero y sus ojos, de tigre que mide todo movimiento, se encontraron con los míos: se recostó de lado, recogió sus piernas, y se perdió en su silencio. El sombrero quedó bajo la cobija, y ya, cuando atajábamos las últimas curvas del trayecto, el primer sol, atravesando la manta, lo iluminó del todo.
27/08/2007
«Quiero 500»

Se escucharon unos fuertes toquidos. La sobremesa se vio, por un instante, interrumpida. Don David la reanudó diciendo que para curársela había una receta infalible: «Antes de las once no hay que tomar nada; a las doce, hay que tomar una, y la una empinarse doce». Los toquidos de nuevo irrumpieron en el pasillo y se montaron sobre las carcajadas producto del chascarrillo de don David. Alguien entraba arrastrando los pies. Apareció una mujer de edad avanzada, sólo dos dientes le sobrevivían pendiendo apenas en su boca, llevaba un vestido azul de una pieza, floreado, viejo; la tela era ligera. Llevaba una pañoleta negra y un botecito en la mano; la mujer decía: «500», «quiero 500», «con 500 nada más».
Don David le ordenó a Israel que la atendiera y a la mujer que se retirara, que en un momento su hijo le llevaría lo que quería. La mujer no se movía. Seguía allí, a escaso metro y medio de la mesa donde habíamos estado charlando hacía más de dos horas en aquella cálida casa de Amatitán. Su voz era cascada, dura, que seguía tintineando instantes después de que guardaba silencio. «Quiero 500», «sólo de a 500», volvió a decir antes de hacerle caso a don David de retirarse a la puerta.
Al verla irse, de espaldas, me recordó a doña Panchita, aquella centenaria mujer que vendía dulces en la acera de enfrente de mi casa; ella hacía unos virotitos de canela sabrosísimos, dulces que siempre llegaba yo buscando en cuanto volvía de la escuela. Aunque la mujer no siempre los elaboraba, todos los días los buscábamos con desesperación. Doña Panchita murió hace algunos años, y aquella acera a partir de ahí lució terriblemente sola, abandonada, aparecía ante nuestros ojos como una parte extraña de la cuadra.
Israel salió donde la mujer y le entregó cuatro de «a 500», cuatro monedas amarillosas de 50 centavos, que la mujer echó en su bote y siguió su camino. «Todos los días viene», dijo don David, y se va contenta siempre.
Sí, así como los niños que atesoran como un gran tesoro dos o tres monedas de ínfimo valor. O como Quique, sobrino de la Chica Azul, que dice que tiene 3 pesos (3 por el ser el número de monedas) aunque tenga 5 (dos de a 2 y una de a peso) o 1.50 (3 de a 50 centavos); él tiene 3 pesos y no hay quien lo saque de ahí.
28/08/2007
El domingo pasado, en el Sacamecate

En las primeras horas del día, el agave, con el rocío, semeja una criatura salida de las mismas entrañas de Mayahuel, la mujer endiosada de la región tequilera, símbolo de la fecundidad de la tierra, que al convertirse en maguey brindó a los mexicas los dones necesarios para sobrevivir porque también es madre de los cuatrocientos conejos, los cuatrocientos dioses de la embriaguez. Mayahuel deriva del mayahual –centro del maguey cercado por las pencas entrelazadas y se refiere a los brazos que florecen–.
Antes, entre las tres y las cuatro de la mañana se sucede una cadena de sonidos en las plantaciones de agave; se trata de un ruido semejante al de las palomitas cuando revientan en el horno de microondas: son las plantas de agave, de las que brotan nuevas pencas, que luego han de formar sus «hijuelos». Una sinfonía natural de arpegios al aire.
Del agave, por si cae por aquí algún lector ajeno a estas tierras, sale el «vino mezcal de tequila», como lo llamaron los primeros que lo produjeron en los primeros años del s. xix; el tequila, esa agua de miel destinada a los dioses que salpica de rocío y enciende las entrañas.
29/08/2007
Miércoles… eternos miércoles

V
El miércoles viene y se instala con su cara de indolencia
Ando tambaleante, me recargo en sus paredes
Ando queriéndole tocar su indolencia; pero
el miércoles, lo descubrí, es intocable
En él todos los pasos pierden su hondura
Es invencible. Es invencible. Es invencible…
El miércoles no se duele a sí mismo. Me duele a mí... Nos duele
Si el miércoles no viniera arrastrando su indolencia ni tampoco
restallando sus pasos de tajo en tajo,
ya no andaría yo recargándome en sus paredes
–Cuando, agotado, le beso los labios al miércoles, estás allí–.
(Estos días de media semana no han perdido su aspecto de largos ratos e impersonales. Este poema pertenece a una serie titulada precisamente «Los miércoles», capítulo de un poemario en proceso de edición e impresión cuyo nombre será «En un día de éstos»)
30/08/2007
Una batalla acuosa

Aquel día en que Cirilo se fue las nubes amanecieron pegadas a las ventanas del departamento del cuarto piso. La noche anterior oímos que corrían por las azoteas del edificio en el que vivíamos, y en el de al lado; cuchicheaban, y de pronto detenían su carrera, mas al poco rato emprendían de nuevo una zancada endiablada. Aunque ya se sabe que una nube es ligera si no está cargada de agua, éstas lucían más o menos grises.
Esa mañana, nos hallábamos cercados. Incluso una, regordeta, había logrado escabullirse a la sala: lo hizo por el patio, dividiéndose en pequeños cuadros para atravesar la pared cuadriculada; era pequeña y sus ojos colgaban junto al foco apagado; después, se paseó por la cocina y fue a acostarse sobre el comedor. Polita se asomó por la ventana del estudio y me dijo que otras nubes andaban rondando las paredes; me asomé y las vi como plantas que se adhieren y van apoderándose de todo lo que tocan. Allá abajo, por calles y aceras iban y venían, dejando rastros húmedos, hilitos de agua que se abrían paso entre restos de periódicos y el empedrado, como si cada una trajera su propia lluvia dentro y la pariera sin ningún cuidado en todo lugar.
Polita cerró de pronto la claraboya del baño, dos pequeñas nubes forcejeaban, gritaban; querían entrar al departamento. Al fin, ella, con los ojos desesperanzados, soltó la claraboya y cerró tras de sí la puerta del baño; las nubes hicieron suyo ese cuarto. La que se hallaba tendida encima del cristal del comedor se deshacía patas abajo, en un reguero lento. Polita buscó en los cajones y alacenas algún trapo que sirviera de pronto para tapar la boca de esa nube y que no siguiera vomitando agua; al fin, de entre algunos cubiertos sacó un pedazo de tela –extraabsorbente decía la bolsa– y se abalanzó sobre la nube que no tuvo tiempo de hacerse a un lado. Las vi forcejear por un momento, en tanto ya se escuchaban golpes del otro lado de la puerta de madera del baño. Polita, concentrada, había logrado vencer a la nube; se alejó del comedor rumbo al lavadero del patio, a exprimir aquellos restos de nube.
El sol, sigiloso, se introducía poco a poco por las ventanas; las persianas corridas le deban paso seguro. Como sombras que caen de pronto, cuatro nubes descendieron de la azotea por las ventanas y se montaron sobre los fragmentos de sol que había en la sala del departamento. Todo se volvió oscuro de un momento a otro. Tuvo lugar una batalla descabellada, de la que salieron victoriosas las nubes, y el sol emprendió la retirada. Para cuando nos dimos cuenta, las nubes se habían desperdigado por todo el departamento. Caminábamos en agua. Las veíamos treparse a todos los muebles, brincar sobre una sola pata, rebotar en el techo. Momentos después ya se habían vuelto manchas oscuras con la ayuda de la noche.
Agotados, temerosos, las dejamos ahí y decidimos ir a descansar. Nos vimos obligados a sacar de la recámara unas cuantas, que se solazaban cuán largas eran sobre el colchón. Del otro lado de la puerta se oía que discutían, unas más jugaban cartas, otras se amaban, y también algunas pedían un espacio seco para tirarse panza arriba. Fue difícil, pero al fin pudimos dormir. Cuando desperté, Polita miraba por la ventana de la sala: las nubes se arrastraban en el edificio de enfrente queriendo entrar en una casa vecina. Pudimos ver que una mujer se movía desesperada tratando de impedirles el paso. Indiferente, corrí la persiana y salimos para ver a Cirilo que había regresado.
