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Vengo del corazón a mis trabajos

Ces't fini

 

Este blog había estado cerrado por inventario. Hoy se abre, paradójicamente, para cerrarse definitivamente.

Si a alguno de los que pasaban por aquí le interesa, ésta es mi nueva dirección:

elrayomacoy.blogspot.com

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Nuestras tierras flacas

Nuestras tierras flacas

Aquellas tierras flacas que Yáñez dibujó con sus letras todavía persiguen un sueño arenoso, aún limitan aquellos cuadros tempranos de personajes que hablaban mucho y actuaban según sus creencias, y que en algún momento podían desenvolverse de un modo recalcitrante. Las tierras flacas, las de ahora, las nuestras, ésas que han rebasado los márgenes e índices; las tierras en las que aramos todos los días en la revoltosa urbanidad, en el pensamiento, en la imaginación, en las palabras dichas que se quedan aleteando un momento y luego se van, en todo aquello que creamos, que concebimos, que recibimos, que hacemos nuestro; esas tierras flacas no tienen ya más nada de arenosas, son más bien espacios que se vuelve necesario inundar para que dejen de ser –sin volver siquiera un solo paso– tierras dispersas, tierras ajenas, yermas, lejanas, de geografía accidentada; nuestras tierras flacas a menudo engordan, pero pasado un tiempo vuelven a ser nuestras otra vez, las únicas tierras que sabemos recorrer porque su itinerario ya lo aprendimos de memoria y, quizá, en eso estriba su condena a balancearse dentro de un reloj (de arena, por supuesto). 

¿Enemigo=amigo?

¿Enemigo=amigo?

 Hoy me decía la Chica Azul –propuesta de una compañera de trabajo– que tu peor enemigo es, en realidad, tu amigo; la cuestión es, me aseguraba ella, más semántica que pragmática. (Una distinción tan enigmática como aquella que hacía Platón de los filósofos y los filodoxos). Quise entenderlo en esos términos semánticos, pero aún así me resisto a creer que tu peor enemigo sea –qué más da– tu amigo. De ser así, las afinidades tendrían que salir del cuadro, las querencias no figurarían por ningún lado, las charlas compartidas vendrían siendo a final de cuentas un oscuro silencio, y la libertad de escoger a las amistades acabaría siendo como deambular en un tianguis con la intención de encontrar el mejor precio de las uvas o los aguacates. En fin, me parece una necedad, una disparatancia, un enunciado que da pie a una conversación y deviene en trifulca –a blanco y negro por supuesto– entre Los Tres Chiflados. “Nadie ha venido solo. Cada uno trae consigo un paisaje”Rosario Castellanos, “El escritor y su público”

Parodia callejera

Parodia callejera

Hay una imagen que nos es muy conocida: la de aquéllos que, en cada crucero y por toda la ciudad, en horda se abalanzan sobre los automóviles detenidos para limpiarles el cristal delantero: rocían agua con jabón de una botella de plástico y enseguida, con una especie de espátula, recogen el líquido que ha escurrido y la mugre adherida al parabrisas. No voy a abordar las mil y una características de este tipo de apoderamiento de las esquinas y de la práctica de una actividad que remunera muy bien a los llamados “limpiaparabrisas”.Lo que quiero tocar es lo siguiente: ayer, más o menos a la hora de la comida, sobre Terranova esquina Manuel Acuña, un tipo, con botella y espátula de plástico en mano, se acercaba a los automóviles para hacer su trabajo: el asunto es que no rociaba agua –ni siquiera traía líquido su botella–, y su espátula en realidad era un muñeco destripado; el limpiaparabrisas llevaba la cara pintada –un mimo de crucero– y en realidad no limpiaba nada, sólo hacía como que limpiaba y todo el tiempo silbaba: su manera de ganarse unas monedas se reducía a parodiar a todos esos que todos los días, con aprobación o no y a veces con viveza, limpian los cristales de cientos de automotores. Al final, entre los autos, se alejó cantando una melodía rancherona de ésas de “rompe y rasga”. “¿Qué le digo a la muerte / tantas veces llamada a mi lado / que al cabo se ha vuelto mi hermana?”Silvio Rodríguez, “¿Qué hago ahora?”(este post es el de hoy)

Autopista del sur tapatía

Autopista del sur tapatía

Hace poco, sobre López Mateos, una mujer montada en una camioneta se pasó una luz roja y tuve que frenar bruscamente. La mujer se asustó más que yo, y se quedó paralizada por unos instantes. Al fin reaccionó por los claxones de los autos que estaban detrás de mí, y cruzó la avenida; a los pocos metros un agente de tránsito la detuvo. Esto me da pie para comentar que hace tiempo alguien me dijo que cuando un acontecimiento como éste parte nuestro día, las horas subsecuentes se pasan en la más completa desorientación y se generan tribulaciones inexistentes. Hay algo de fatalista en ello, pero también algo de titánico. De tan sólo imaginar que lo que venga después de, por ejemplo, un susto o un accidente, va a ser peor que el acto mismo, resulta desproporcionado y lunático. Sin embargo, aquí cabe otra disertación: si no se reflexiona en torno a lo ocurrido, se corre el riesgo de que vuelva a suceder, como aquello que se está condenado a repetir cuando se dejan de lado las lecciones de la historia.Una cuestión final: me pregunto si la muchacha del Dauphine, en La autopista del sur, detendría su carrera alocada rumbo a París tras pensar que algo le puede salir al paso y desviarla de su ruta –cuando ya le ha pasado de todo–; o, dicho de otro modo, ¿qué se tiene que tener en cuenta cuando la adrenalina pide a gritos un cauce, aunque se tiene la certeza de que éste habrá de llevar por derroteros inseguros y alucinantes? (este post retendía subirlo ayer, pero por fallas cibernéticas no me fue posible)

Al mal tiempo....

Al mal tiempo....

Las más de las veces quedo a deber…. y ya la deuda –no monetaria– va adquiriendo un considerable volumen. Habrá que ponerse a mano. A menudo creo que los días se desenvuelven como tal, y resulta que yo no he estado a tono; el asunto se complica si considero que me lo hacen saber, es decir, a la cuestión hay que agregarle el despiste….“Sabia virtud de conocer el tiempo” escribió Renato Leduc. Sabia virtud sería reconocer el momento, escribo hoy yo. 

¡Ya aprendí a escribir....!

¡Ya aprendí a escribir....!

Los letreros –ya sea publicitarios, de información, avisos, sólo conocimiento– saturan nuestra ciudad, en todos tamaños, colores, tipografía, formatos, etcétera. Y en su gran mayoría están inundados de descomunales faltas ortográficas, incongruencias, omisiones, que provocan que al fin el mensaje no sea del todo comprendido, cuando no mal asimilado, por los posibles lectores.

Ejemplos de esto sobran: “Descortesias de trancito” (en la parte trasera de una camioneta repartidora), “Tlapalería El balle seco” (anuncio en fachada), “El timbre esta a la buelta” (en cortina de negocio), “Ayuda de Tras Vale” (sobre una puerta de oficina pública), “Favor de guardar silencio” –en lugar de “Por favor, guarde silencio– (en numerosos lugares, privilegiando la forma inglesa por encima del castellano), “Senaduria doña Mari” (en el barrio), entre otros tantos.

Siempre he pensado que sería muy benéfico para la población en general que los rotulistas –especie en extinción–, publicistas y serigrafistas –especie en expansión–, se adentraran en los vericuetos de las normas del lenguaje, por aquello de que el buen decir se plasmara en el bien escribir. Y ya no pido, como lo hace Álex Grijelmo, que todos estos letreros aparezcan escritos con originalidad o talento, sino con la más sencilla limpieza. 

“Y doblan las campanas / porque se muere el dragón / se muere por salvarla / sin que tenga salvación….”
Abel Velásquez, “El dragón”

Una de cal....

Una de cal....

 

Los sultanes del sur, una película mexicana de acción que se encuentra en cartelera, y que la crítica cinéfila en general apabulló, viene a intentar rescatar –así lo creo– el cine de acción –con sus asegunes– en nuestro país, que se quedó moribundo en las últimas décadas del siglo pasado con aquellos filmes en que los protagonistas inmoribles eran los hermanos Almada, Miguel Ángel Rodríguez, Jorge Reynoso, Valentín Trujillo, Pedro Armendáriz, Eric del Castillo, Rosa Gloria Chagoyán –con su mítica “Lola la Trailera” –, Edgardo Gazcón, Roberto Ballesteros, entre otros de una larga lista.

Los sultanes del sur y antes, Matando cabos, sin pretender más de lo que pueden lograr –los críticos las han reprobado porque les exigen más de lo que pueden dar–, se inscriben, sobre todo la primera, en el género de road-movie, aunque por ahí andan muchos que se han rasgado las vestiduras por ese atrevimiento de un filme de manufactura nacional. Es cierto que Los sultanes del sur acusa deficiencias y discontinuidad en el guión y que también cojea en otras cosas menores, pero una de sus mejores virtudes es que el espectador nunca sabe para dónde va a tirar la historia. Y eso es un enorme mérito que, además, se sale del canon. 

(En este mes de enero se cumplieron 21 años de la muerte de Rulfo. Por Chapultepec, entre Justo Sierra e Hidalgo, hay un enorme eucalipto que ostentaba una placa que decía: “Los lectores de Juan Rulfo dedicamos este árbol a su memoria. 16 de mayo 88”. El rótulo metálico desapareció. Pero no la evocación del autor del sur jalisciense). 

"La que se fue...."

"La que se fue...."

 

Ella, allí estaba, sentada a un lado del camino; no supe si volvía o apenas comenzaba su caminata; sus ojos, como la muerte cuando buscó a Zitarrosa en su departamento y él no estaba, se habían marchado hacía rato; había un sol de fuegos de artificiales sobre su espalda, que semejaban alas, que semejaban sus brazos estirados, apuntando al cielo.

Allí la dejé, a un lado del camino, no supe si me olvidó en cuanto dejó de verme o si se volvió hacia donde yo me alejaba sin mirar hacia atrás, así como lo hizo aquella mujer que partió hace mucho tiempo por una calle oscura….   

“Ella es delgada como un dios, un cisne blanco en la azotea…”
Armando Rosas, “Cisne blanco”

Conversancias camioneriles

Conversancias camioneriles

 

—Yo te aviso pa que sepas que esto no es juego. Como te digo, yo por las buenas soy a todísima madre, pero por las malas mejor ni me conozcas.

—¿Y yo qué puedo hacer, ni modo que lo saque a la calle?

—Es lo que te digo, no sé cuándo caiga, y no sé tampoco si voy en la mañana, o en la tarde, o no sé; puede ser en esta semana, o en la otra, o cualquier día…

—Te digo que yo no sé nada…

—Bueno, yo te aviso pa que estés enterada, ¿te imaginas la cara de tus patronas si armo un desmadre?

—Yo te he contado todo tal como ha pasado, todo te lo he dicho.

—Mira, si agarro a ese cabrón, a los dos les va a ir mal, le voy a partir su madre, me voy a desquitar con él lo que no pude con el otro de hace tiempo…

—“Pagan justos por pecadores”.

—Ora sí como dijo el otro, “yo no busco quién me la hizo, sino quién me la pague”.

—El sábado lo arreglo, voy a hablar con él…

—Entonces ¿si te ves con él?

—No, nada, ya te lo he dicho…

—Yo no sé, desde hace tiempo te dije que lo arreglaras, te di libertad, ¿te acuerdas que te lo dije?

—Sí, sí…

—¿Te lo dije o no?

—Sí…

—Si no lo has arreglado ya no es mi pedo…

—Le comenté, pero no deja de ir…

—Ya ves, entonces tienen algo…

—Con una chingada, que no… pero no deja de ir…

—Pos yo te lo retiro, vas a ver si no te lo retiro; si no entiende, si no te hace caso, vas a ver que a mí me hace caso, te lo voy a retirar a punta de madrazos…

—¿Y para qué?, nomás armando borlotes…

—Como te digo, te doy hasta el sábado, si sigue terco yo te lo retiro, vas a ver si no te lo retiro al muy idiota…

—Sí, el sábado voy a hablar con él, y lo arreglo todo…

—Bueno, véle tanteando, esto no es un juego, y ese cabrón que se cuide; con el otro no pude hacer nada, pero sí a éste se le ocurre atravesarse en mi camino, lo voy a madrear; y peor si ese día me hacen enojar en el periódico…

—Te digo que lo arreglo el sábado…

—Ya te dije, pues, no quiero encabronarme más, no quiero llegar a ponerle una mano encima al ojete ése.

—Lo único que vas a hacer es meterte en problemas y meterme a mí…

—A mí me vale madres, ya sabes; si va el ministerio público porque lo madree, lo más que puede pasar es que me entamben, pero a mí qué me pasa, pago una fianza de 5 ó 10 mil pesos, y salgo, pero tú, de dónde la pagas, no tienes nada…

—Ay, ándale…

—Como te digo, no sé qué día caiga, como ahora, ¿no me esperabas, verdad?

—No…

—Ya ves, es lo que te digo, no quiero agarrarlos, piénsatela bien, piénsatela, no es un juego…

—Sí, ya sé, pero…

—Y es así, te digo que con qué pagas tú una fianza en caso de que esto valga madres, ¿con qué?

—Has de tener mucho dinero, tú…

—Es más, desde mañana mismo te dejo libre, nomás pa ver qué haces, pa ver si corres con aquél cabrón…

—…

—Desde mañana mismo te dejo en libertad, ahí la dejamos, nomás pa ver que no la haces…

—No lo cumples, no pasa un día y ahí estás…

—Te digo que mañana mismo te dejo libre, yo lo estoy diciendo…

—Eso dijiste la otra vez, y en la mañana ahí estabas en mi casa…

—Yo lo estoy diciendo…

—No lo cumples, no aguantas…

—Mañana mismo te dejo libre, nomás pa ver qué haces, pa ver si corres con aquel pendejo…

 

(En ese momento de la conversación –que más parecía un monólogo repetitivo, cacofónico, aturdido, de parte del tipo– había llegado a la esquina en que tenía que bajarme del camión)

Cambio de piel

Cambio de piel

Alguien hablaba de que a veces resultaría mejor llevar una máscara, de que en ocasiones la sorpresa deviene en susto, cuando no en franca estupefacción o desgastado anonadamiento. Todo obedece a enfocar una imagen o a presenciar un acto inesperado. Lo que he visto hoy, sobre Mezquitán, entre Pedro Moreno y Morelos, corresponde más a una visión, en realidad fueron dos, y quizá llevan todos estos ingredientes de sorpresa, susto, estupefacción y anonadamiento, y no los presentan superpuestos, sino en una mezcolanza en la que se alcanza degustar uno por uno; esto fue lo que vi: tras los barrotes de una ventana de casa vieja, una anciana montada en una silla de ruedas miraba hacia la calle, la cubrían dos cobijas, una bufanda, un gorro de lana sobre los anteojos, llevaba guantes y los pies cubiertos con unos calcetines también bordados; en la siguiente ventana, de la casa contigua, había un maniquí: lo habían vestido sólo con un baby doll, y enfrentaba el frío con un gesto inexpresivo. Dos imágenes, dos visiones, dos mujeres, una viva y otra de plástico: la mudez embargaba a ambas, y las dos compartían un mismo horizonte. Al principio me sorprendí, poco después sentí temor y, al final, no podía salir de mi asombro.   

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Hubo una noche

Hubo una noche

 

Heife weizen se llamaba la cerveza que tomé ayer en compañía de viejos amigos: es cierto que el líquido semejaba más agua de tamarindo que cerveza hecha de malta originaria de Alemania, pero su sabor empezaba en el envión y acababa más allá del paladar. Ellos tomaron desde un café hasta micheladas y cerveza oscura o con chocolate y café. A la luz del vidrio del tarro que chocábamos cada tanto, brindamos por los días idos y por el reencuentro, por las anécdotas y las ganas y promesas de no dejarnos de ver, aunque sea no tan a menudo. Siempre es reconfortante ver rostros queridos, quizá un tanto extraviados en el tiempo, pero siempre afectivos y receptivos, revividos y detenidos en el instante que dura la risa de un momento chusco o el recuerdo traído a media charla. No siempre es posible, por las ocupaciones y caminos que cada uno toma, coincidir, conjuntar ánimos, pero cuando las circunstancias y las disposiciones se conjugan puede devenir una reunión informal pero esperanzadora, agradable, no exenta de emoción y pretensiones siempre sinceras. Así pasó ayer. Así, en el fondo, deseamos que siga pasando.

 

De fondo, un grupo en vivo se desgañitó tocando rolas de Soda Stéreo, Pink Floyd, R.E.M., Nirvana, Caifanes, Beatles, y lo hacían bien, con un estilo definido; mientras tanto, mis ocho interlocutores (Dulce, Gaby, Irma, Claudia, Martín, Arnold, Johnny y Manuel) y yo dábamos largas brazadas por encima de las melodías para hacernos escuchar. Al final quedaron los tarros vacíos, el abrazo y la partida.

 

 

Bicicleteros

Bicicleteros

Ante tanto bólido que se arrastra por nuestras calles y avenidas y amenaza con atropellarnos, y a menudo bajo un cielo negruzco que se deja venir con todos sus vampiros: salir a caminar o a pedalear una bicicleta son más ilusiones que actos concretos, por la imposibilidad y el riesgo que implican. Sin embargo, andar en bicicleta no debiera ser un acto peligroso o la práctica de un deporte extremo, sino una alternativa para transportarnos o disfrutar de algún momento familiar o de ocio.

Por ello, el concepto de “personas en movimiento” –que pugnan por el uso alternativo de la bicicleta como medio de transporte– viene a levantar una nube de polvo en el límpido escenario de las urbes automovilísticas y a demostrar que las ciudades no fueron pensadas sólo para los vehículos: el hombre ya caminaba cuando fue inventada la rueda.

Es cierto que la relación entre automovilistas y peatones y ciclistas se ha vuelto ríspida, complicada, cuando no lastimosa. Pero no hay que ser presas de ese ya casi generalizado fatalismo que pregona que no hay nada que hacer, que cada quien se las arregle como pueda. Dejemos a un lado esos lastres y salgamos a pedalear, al fin que andar en bici también es una manera de volver a ser niños, porque lo que bien se aprende nunca se olvida. 

(Una excelente noticia: hoy fue cortado el listón de la reinauguración de la sala de cine del Cabañas, ahora llamada sala Guillermo del Toro. A partir de la próxima semana iniciará la programación normal. ¡Un espacio recuperado del buen cine!)

Brrrr, qué frío

Brrrr, qué frío

 

En estos días hace frío, y corre como caballo desbocado un viento helado por las calles. Al despertar la primera intención es no levantarse, arremangar las cobijas y quedarse ahí debajo. Al abrir y cerrar los ojos la calidez de nuevo se recrea en la atmósfera y el asunto de querer quedarse se alarga, se empecina. El segundo pensamiento es “no voy a trabajar”, como el estribillo de esa canción tan mala. Enseguida se antoja un chocolate, un café, un champurrado, atole o avena, para calentar los adentros: el vapor que sale de la taza pinta en el aire un ánimo renovado, endulza la situación. En el trayecto al baño se apresura el paso para tratar de entibiar los huesos: bajo la regadera el agua caliente hace su tarea y al vestirse el cuerpo ya despide un poco de calor, que habrá que mantener para lidiar de tú a tú con el frío y el viento en la calle, porque no obstante el descenso en la temperatura hay que atreverse a salir, algunas cosas no pueden esperar. Afuera, casi todos caminan escondiendo la cara, frotándose las manos, que luego meten en la chamarra o en el pantalón. Algunos llevan guantes y bufanda, otros incluso, los más osados, sólo lucen una playera o camisa de manga corta. “Hay de todo en la viña del Señor”, dicen. Pero el frío se hace sentir, embadurna los cuerpos y aguijonea el ánimo. Y los que saben de esto dicen que esto del frío viento y del frío frío va para largo. Cuando uno les cree sobreviene el chasco; y cuando el descrédito los ronda le atinan a su pronóstico del tiempo.

Con todos estos avatares, sigo prefiriendo el frío al calor: este clima es más dado a lo íntimo, a la charla tras las ventanas, a tirarse a ver una película o leer un libro encobijado, a escuchar música y mirar las nubes flacas, a beber más café del ordinario, a tratar de no moverse para no dar un paso en falso ante el frío, porque el frío siempre será bienvenido, siempre se le abrirán las puertas aunque no avise sobre su visita, siempre será el mejor presagio de un abrazo tan largamente deseado.  

(Contra todos los pronósticos de reseñas en medios y periódicos, Los sultanes del sur me pareció una buena película: su principal virtud, según mi parecer, es que el espectador nunca sabe para dónde va a tirar la historia, cosa que no cuadra con el género del filme.)   

Como si fuera el último

Como si fuera el último

 Es bastante común aquella frase, atávica a estas alturas, que se lanza para acentuar la vivencia de algún momento coyuntural o para tratar de realzar cualquier circunstancia, por más trivial que pueda parecer: «Vive este día como si fuera el último». El asunto viene a cuento por el final de año que se aproxima y, por consiguiente, el inicio de otro: no podemos escapar, la vida es extrañamente cíclica. Cuando Jorge Ibargüengoitia se situó, junto con su mujer Joy Laville (ahora su viuda) en su apartamento de París, para escribir, no pensó en eso de hacer cada cosa como si ya no fuera a pasar más, sin embargo cada vez que tecleaba en su máquina lo hacía de manera que cada renglón llevara signada una última promesa o un cercano destino. Y qué cercana estaba la hora de su partida.

Detenerse a mitad del camino, sopesar las posibles consecuencias o parabienes de las múltiples variables que se abren conforme se avanza, indagar a dónde irán a parar las certezas, los retrocesos, los (des)encuentros, los extravíos o los senderos atinados, constituyen formas de repensar lo que se ha de hacer, sin considerar si al final se habrá de ganar o perder; si todo lo que se emprende lleva la marca de que se ha realizado con el pensamiento de que puede ser lo último, quizá estaríamos pecando de fatalistas o asumiríamos una actitud de siempre mirar para adelante, aunque a veces ese ir hacia adelante en realidad sea marchar hacia atrás. Claro, según como se le quiera ver, porque –y aquí no se piensa negar– cada cabeza es un mundo.

Marcel Proust, enfermo de muerte, tenía la intuición de que cada día en que amanecía vivo sería el último de su existencia. Sin querer sonar fatalistas: si se hace una lista de propósitos, si se piensa en mejorar, si se decide ya no continuar con tal o cual hábito o mal hábito, o si se opta por seguir viviendo como la vida se presenta, todas son maneras de afrontar –aunque en el fondo no lo percibamos, mucho menos no nos lo propongamos y ni siquiera lo pensemos– el último día de nuestra existencia. 

«¡Antes muerta! –me dijo. ¡Y lo único que yo quería era darle gusto!»Max Aub, Crímenes ejemplares

Un accidente

Un accidente

Era temprano, pasadas las ocho. Esperaba a que el semáforo cambiara la luz. Los automóviles pasaban raudos en la avenida que pretendía cruzar, y los camiones hacían un ruido mortal para los oídos en aquella hora temprana. Llevaba un café en la mano, y la otra metida en los bolsillos del pantalón. Iba trajeado, pulcramente peinado, con los zapatos relucientes, y un maletín café le colgaba del hombro. Sus anteojos –de ésos de fondo de botella– lo hacían parecer aún más viejo de lo que era, sin embargo su pelo entrecano iba siendo cada vez menos. La luz cambió. Caminaba con parsimonia, como cuando el albatros planea y parece que flota y se detiene allá arriba. Cuando estaba a punto de alcanzar la otra acera, se le emparejó un tipo, se saludaron y siguieron por el mismo rumbo. Apenas se habían detenido en los portales cuando el tipo que le había dado alcance se separó, volvió sobre sus pasos casi corriendo, como cuando alguien recuerda haber olvidado algo en la tienda donde estuvo momentos antes. El otro se quedó allí, bajo un arco, pensativo, mirando nada más. Y sucedió lo que le habría de pasar en aquel primer día de su nuevo trabajo: a la altura de la solapa izquierda le cayó excremento de paloma. Miró con desagrado aquella verduzca masita caliente, sacó un papel, pero no hizo más que extender la mancha hacia donde el pañuelo asomaba de la bolsa superior. Dejó el maletín en el suelo, también el vaso de café, se arremangó el saco, se desanudó la corbata, se quitó los zapatos y comenzó a trepar la pilastra: quería alcanzar a la ave malhechora que, oronda, caminaba por la pestaña del arco; a él le parecía que se burlaba. Los transeúntes, a un tiempo divertidos e interesados, se detuvieron a mirar la escena. Mediaba poco más de un metro entre el animal y el hombre, cuando aquél alzó el vuelo. Un policía se había acercado. El hombre chasqueó los dientes, bajó, se calzó los zapatos, extendió las mangas, se anudó la corbata, levantó su maletín, tomó su café, y estiró el pañuelo que llevaba a la altura del pecho para cubrir la mancha, todavía tibia. Sin hacer caso al policía reanudó su camino, pero el oficial le cerró el paso. Hablaron; al poco rato cada uno tomó un rumbo distinto.  

«No lo hice adrede.Yo tampoco. Es todo lo que se le ocurrió decir a aquella imbécil, frente al jarro, hecho añicos. ¡Y era el de mi santa madre, que en gloria esté! La hice pedazos. Les juro que no pensé, un momento siquiera, en la ley del Talión. Fue más fuerte que yo»Max Aub, Crímenes ejemplares

Un abrazo de oso

Un abrazo de oso

 

 En medio de nochebuena, la cena, el abrir regalos, los buenos deseos, el encendido de luces de bengala, la acostada del Niño, el brindis informal del ponche y los tequilas que se colaron, se aparece el asunto de los abrazos. Este último acto es considerado por la mayoría como la culminación de un rito de querencias y deseo de parabienes y esperanzas. Sin embargo, hay quienes consideran los abrazos como una cuestión de la que quisieran decir, “yo paso”.

En esto hay, como casi en todo, extremos, mesura, prodigalidad, y también priva aquello de dar a cada quien lo que merece. Los más representativos especimenes en lo que toca a este tema, quizá sean éstos:

Está, por ejemplo, aquel que da un abrazo al inicio de la reunión, cuando llegan las 12 de la noche y al momento de despedirse. El de los formalismos y puntuales anotaciones.

O el vivillo megameloso que abraza doble, en estos tres momentos, a mujeres solteras y guapas, haciendo fila incluso en la que se forma una y otra vez. De mujeres que hagan esto no he presenciado, pero es casi seguro que también las hay.

El formal que abraza sólo cuando es perentorio, como una manera de expresar el sentimiento que lo embarga –aunque con cautela- o como correspondencia a un acto de cortesía o amabilidad.

El que rehuye a los abrazos, que se esconde cuando todos en la sala se abrazan, y cuando aparece pretexta una emergencia en el celular o un desahogo de penas en el retrete; a éste, incluso, en ocasiones el tiro le sale por la culata, pues entre los invitados no falta aquél que con iniciativa inicia la serie de abrazos únicamente para él, formando una fila.

O ése que todo el tiempo anda colgado de quien aprecia, llega a veces a ser encimoso, aunque también se le puede considerar querendón y atento.

O el que piensa y distribuye sus abrazos conforme a quien tiene enfrente: éste no se lo merece, aquélla sí, el que tengo al lado no, a los que están ausentes se los guardo, etcétera. ¿Será selectivo o tímido?

Un abrazo, en última instancia, puede asimismo constituir un buen final para una disputa, un llamado de necesidad, una manera de despedirse sin que medie palabra alguna o la llana expresión de una querencia de amistad o de amores. Lo que sí es que a los abrazos, cuando vengan, no hay que sacarles la vuelta. 

(La continuación del cartón con el Chipotes y la Moños: “Con mis ahorros voy a comprar una cajota de chocolates”, dijo el Chipotes, y agregó: “… Y se la voy a regalar a mis papás de Navidad”. “¿Por qué mejor no les regalas un abrazo, un beso y les dices que los quieres mucho? ¡Eso les va a gustar más!”, le replicó la Moños. “¡Pero no puedo hacer eso María! ¿Y dónde me hagan lo mismo y no me compren nada por andar de romántico regalando amor?”, concluye asustado el Chipotes.)

Ahí viene… Ahí viene...

Ahí viene… Ahí viene...

 

 La “ciudad navideña por excelencia”, como han dado en llamar a Guanatos, luce más acelerada que de costumbre: los adornos navideños que penden sobre las calles y avenidas céntricas son testigos de este ajetreo: el tráfico vehicular se ha vuelto más nutrido no sólo en horas pico, sino casi a cualquier hora del día; hordas de transeúntes casi inanimados que andan de tienda en tienda buscando el “mejor” regalo y que, si uno se descuida, acaban atropellándolo; los aparadores de multitud de tiendas ofrecen sus mercancías con alusiones a la época, algunas a mayor precio que de costumbre y otras, las menos, a menor costo del usual; el acelere es notable, perceptible, visual, incluso sofocante. En fin, la ciudad está patas pa’rriba.Las connotaciones de la época son variadas y presenta muchos tintes, que van desde la más melosa simplicidad, pasando por la propiedad y mesura y yéndose hasta el otro extremo: la indiferencia y apatía por un festejo que, según dicen, no es más que un día como cualquier otro. La verdad es que hay algo de cierto, pero también algo de mentira en ello.En mi casa, siempre quisimos celebrar la nochebuena y la Navidad, pero por muchos años no nos fue posible por factores que no viene al caso citar. El asunto es que hoy sí nos reunimos, cenamos, abrimos regalos y vemos caras que por mucho tiempo han vivido escondidas. Hay algo de infantil y titánico en nuestra querencia: recuperar aquellos años y quizá lo no vivido. 

(En el cartón de “Escuincles” de ayer en Público, tiene lugar este diálogo entre Moños y Chipotes. Inicia diciendo la niña: “Algo que no me gusta de la Navidad es que todos compran como locos”, y ella misma continúa: “Deberíamos reflexionar sobre ese consumismo y mejor regalar amor”. Y el Chipotes le contesta: “¡Qué difícil!”, y agrega: “¿En dónde le pones el moño al amor?”. Al final, Moños, con cara de angustia dice: “¿En dónde? ¿El moño?”.)  

 

 

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¡Uff!, leer

¡Uff!, leer

 

 A la Rendidora Sabelotodo, a últimas fechas, le ha dado por leer. Los libros que, originariamente, eran de su hermano, ya se los agenció: le contó a la Chica Azul que por la noche, en lugar de encender la televisión se pone a leer. Está adentrada ahora en El profesor Zíper…, un libro de aventuras infantiles que escribió Juan Villoro. Es verdad que es difícil imaginar a la Rendidora, tendida en la cama, leyendo hasta altas horas de la noche; lo complicado viene por la mañana: su madre libra una dura batalla con ella para que se levante y se arregle para ir a la escuela. Aún con todo, no puedo evitar sonreír al saber que esa niña de 6 años se ha convertido en una devoradora de libros, y no precisamente como aquel personaje de los Muppets que todo se tragaba.

Mi abuelo leía, y leía mucho: todas las tardes, en aquel patio de soles verdes metía por largas horas sus narices en la Biblia. A menudo me llamaba para que me sentara a su lado: entonces leía en voz alta, y al poco rato se detenía para preguntarme si había entendido. Yo siempre decía que sí aunque, debo confesarlo, las más de las veces no lograba pescar nada. Sin embargo, aquella imagen de su figura encorvada sobre aquel grueso libro aún me persigue; y quizás de allí se gestó mi gastada inclinación por los libros.  

Dicen que el mejor libro que uno ha leído, cuestión paradójica y alucinante, es el que se está a punto de leer: acometer aquellas páginas nunca puede presumirse como un acto culturoso, sino como un enfrentamiento ante gigantescos molinos de viento que pueblan un mundo que no deja de sorprendernos, de asustarnos, de desorientarnos. 

“Leer, más que un ejercicio óptico, es un proceso en el que concurren simultáneamente el alma y los ojos”

Italo Calvino, “Mundo escrito y mundo no escrito” 

(Ya hay, ahora sí, más allá de rumores, algo concreto sobre el regreso de Los Leones Negros a la primera división de futbol nacional).

Ocaranza

Ocaranza

  En “Ocaranza”, Gardea habla de Ocaranza, un hombre que pesa cuatro veces más de lo que debería pesar. Este hombre vive en un pueblo del desierto de Chihuahua, perdido entre arenas y letargos bajo el sol como tantos otros. Ocaranza pasa la vida enclaustrado, pues debido a su gordura sólo puede deslizarse de su cama al baño –que está afuera de su casa, a unos cuantos pasos-, y de retorno. Para moverse, sus hijos lo ayudan: lo levantan, lo sientan en la cama, lo sostienen como pueden para conducirlo al baño, lo ayudan a sentarse en el excusado, y tras un grito de Ocaranza de nuevo lo levantan y lo llevan de regreso a su habitación. Todos los avatares de Ocaranza se resumen en eso, y para todo ello necesita ayuda, no puede hacerlo por sí solo. Sus hijos, huelga decirlo, tras años de hacer esta labor, este trabajo que cada vez les cuesta más, que cada vez los hace sudar más, comienzan a hartarse de lo que tienen que hacer, de sus obligaciones. Un buen día, como en tantas otras jornadas, llevan a Ocaranza al baño: lo sientan en el excusado. Pasado un rato, éste grita para que vayan por él, para que lo ayuden a ponerse en pie. Nadie acude. Conforme pasa el tiempo los gritos de Ocaranza se hacen más ensordecedores, más coléricos. Llega la noche y los vecinos no pueden dormir por los desgañitados pedidos de auxilio de Ocaranza. A la mañana siguiente, las peticiones de Ocaranza son ya lastimeras, apenas audibles, el ahogo ha comenzado a hacer mella en él. Transcurridos unos días Ocaranza muere, paradójicamente, de inanición. 

“Al diablo las formas modernas de opresión del cuerpo: la anorexia y el gimnasio. La exuberancia adiposa representa la venganza de la imperfección humana contra lo perfecto cibernético o divino.”Agustín Cadena (elvinoylahiel.blogspot.com / abril 11 de 2007) 

(Hace un rato, sentado en una banca de la Plaza de Armas, vi esta escena: una pareja de novios se besaban acaloradamente; un oficial de policía en bicicleta se detuvo, les llamó la atención y se alejó; al poco rato, la pareja se enfrascó de nuevo en un largo beso: el oficial regresó y, otra vez, les dijo algo; entonces, se contuvieron mientras en su bicicleta el policía se perdía hacia el Teatro Degollado, y en cuanto desapareció caminaron hacia una esquina, bajo los portales, donde los esperaba un hombre que había grabado toda la escena. Juntos los tres, rieron, como comúnmente se dice, a pierna suelta).

 

 

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