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Vengo del corazón a mis trabajos

Disparatancias

¿Enemigo=amigo?

¿Enemigo=amigo?  Hoy me decía la Chica Azul –propuesta de una compañera de trabajo– que tu peor enemigo es, en realidad, tu amigo; la cuestión es, me aseguraba ella, más semántica que pragmática. (Una distinción tan enigmática como aquella que hacía Platón de los filósofos y los filodoxos). Quise entenderlo en esos términos semánticos, pero aún así me resisto a creer que tu peor enemigo sea –qué más da– tu amigo. De ser así, las afinidades tendrían que salir del cuadro, las querencias no figurarían por ningún lado, las charlas compartidas vendrían siendo a final de cuentas un oscuro silencio, y la libertad de escoger a las amistades acabaría siendo como deambular en un tianguis con la intención de encontrar el mejor precio de las uvas o los aguacates. En fin, me parece una necedad, una disparatancia, un enunciado que da pie a una conversación y deviene en trifulca –a blanco y negro por supuesto– entre Los Tres Chiflados. “Nadie ha venido solo. Cada uno trae consigo un paisaje”Rosario Castellanos, “El escritor y su público”
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El último de los románticos

El último de los románticos



¿Aún el romanticismo es algo apreciado, practicado, modelado? O ¿es algo pasado de moda o que ha evolucionado sin perder su perfil original? ¿Qué es ser romántico en estos tiempos? ¿Quedará todavía algún romántico a la usanza de Acuña –que, según se dice, se suicidó por el amor que sentía por Rosario de la Peña– o Gutiérrez Nájera? ¿No basta con querer, amar, hacer crecer una querencia sin más motivos y juegos pirotécnicos de afecto?
Es un mal endémico que la mayoría de las mujeres se quejen de que los hombres no somos románticos, ¿en qué se basan para decir eso, en que no destilamos miel a ninguna hora del día o en las cantidades que las satisfagan? ¿Se han olvidado acaso de lo dicho por Héctor Manjarrez, respecto a que no todos los hombres son románticos?

A continuación planteo tres –de las tantas que hay– hipotéticas situaciones en que se retrata un romanticismo que obedece a distintos momentos y tienen su raíz en variopintos motivos –en contra de las cuales, quiero aclarar, no tengo nada–:
1. El auto se detiene en una esquina en espera del verde del semáforo. Un tipo se acerca y ofrece flores al hombre que está frente al volante, con dedicatoria para la mujer que va a su lado, «se las merece, ¿o no?», dice el vendedor. El conductor compra y las entrega a la chica, quien sonríe por «el detalle» romántico de su pareja. Esto podría llamarse «romanticismo de ocasión».
2. Una mujer y un hombre –que algún día se quieren, dice Sabines– entran en un restaurante. Ocupan una mesa y esperan a que el mesero les lleve la carta. Pasado un rato –todo a su tiempo– les llevan las entradas, bebidas, sopa, plato fuerte y postre. Al final, cuando degustan el aperitivo final el hombre saca del bolsillo de su saco un estuche, lo abre y aparece un anillo; la mujer no cabe en sí, sonríe, llora, lleva sus manos a la cara, y al fin recibe aquel aro brillantísimo. Aquí hablamos de un «romanticismo trabajado».
3. La ciudad se convierte en un manicomio, cuyos seres desquiciados, de un lado a otro, atropellándose, llevan por igual una flor roja, un globo en forma de corazón, una caja de chocolates, un arreglo más o menos elaborado de flores y globos, una tarjeta con mensajes de afecto, un oso o chango o perro o conejo de peluche, etcétera. Es el día de San Valentín, y la regla es ser romántico; si un extraño poder te ha dejado sin esa cualidad, en este día hay que serlo a fuerzas. «En San Valentín fui con bombones… chocolate con licor para olvidarme dulcemente de un amor ausente», canta Calamaro en «Prefiero dormir». Este otro es un «romanticismo de obligación».

En orden a estos tres escenarios, definitivamente estoy de acuerdo con Manjarrez, no todos los hombres somos románticos. Y si en algún rincón hay algo de eso en mí, quizás soy partidario de un «romanticismo inusual», muy poco vistoso y que, las más de las veces –no sé si afortunada o lamentablemente–, pasa desapercibido.

«Voy a perder la cabeza por tu amor, como no despierte, de una vez por siempre, de este falso sueño…»
Andrés Calamaro, «Voy a perder la cabeza por tu amor» en el disco El cantante

(Hoy –así como el martes– es viernes de cinito en casa y de ir a cenar al monumento amarillo. Además, por la tarde, después de mucho tiempo, jugaré una cascarita con algunos amigos)

 

Asunto de percepción

Asunto de percepción

 

Conforme pasa el tiempo, las cosas me van pareciendo cada vez más pequeñas. Me refiero a objetos, a espacios, a viejos conocidos no vistos recientemente, a cuestiones espaciales que nos conciernen o nos son (o fueron) familiares por la cotidianidad. Hay aquí contenida una especie de antítesis a la visión Gulliver respecto a lo que le rodea.
Por ejemplo, cada que camino por el barrio donde crecí, las proporciones de las casas, las aceras, aquellos árboles de hule y moras, las tres privadas –ahora son cuatro– que desembocan en la que consideramos siempre nuestra calle, la distancia que mediaba entre mi casa y la esquina de Obreros, el ancho de la calle misma, el terreno baldío hoy bardeado, la casa de cantera que fuera de mi tía hoy deteriorada y afeada, entre otras cosas, las veo reducidas, empequeñecidas –y eso que tengo una estatura más bien baja– al punto de que tengo la sensación de que estoy caminando por un escenario de cartón montado ex profeso y según las dimensiones acordes con el objetivo buscado.
Otro tanto ocurre con aquellos personajes amigos de mi padre, o los que frecuentaban a mis abuelos y las vecinas amigas de mi madre, ya no se diga los chompas de mis hermanos más grandes. Dicen que cuando una persona envejece también empequeñece. No sé cuánto tenga de cierto esta máxima popular, de lo que sí tengo certeza es de que, a menudo, al encontrarme a algunos de estos personajes, se me aparecen no tan imponentes y enormes como hasta hace poco los había considerado, se han achicado en una carrera frenética contra el suelo.
Más allá de la posible tomadura de pelo que esto pueda tener –que el posible lector de estas líneas pueda llegar a considerar–, quiero aventurar que las cosas grandes tienden a venirse a menos conforme el tiempo transcurre, y las pequeñas, lamentablemente para mí, se quedan tal cual son.

«Nadie está libre de decir necedades; el mal consiste en decirlas con pompa… Esto no va conmigo, que digo mis tonterías tan neciamente como las pienso»
Michel de Montaigne, «Ensayos III»

(Hoy es martes de cinito en casa)

 

Agarrar al vuelo

Agarrar al vuelo



Mucho se habla de que hay que saber ver las oportunidades en la vida para no dejarlas ir, para construir un futuro más o menos prominente. Pero, ¿las oportunidades vienen o uno las busca? Algunos dicen que hay muchos que nunca han tenido oportunidad de esto o aquello y que por consecuencia llevan una vida miserable, y que otros tuvieron muchas oportunidades y por ello han logrado trascender –o que tuvieron pocas pero supieron agarrarlas al vuelo–. ¿Es equitativa la distribución de oportunidades para todos? ¿Es igual el perfil del futuro de alguien que nace en un hogar pobre a otro que viene al mundo en cuna de oro? Las oportunidades, de algún modo y dejando de lado el tesón y el carácter de cada persona, vienen dadas por una especie de sorteo del que no todos tienen boleto.
En un cuento de Dublineses, James Joyce relata la vida de un hombre mayor y soltero que conoce a una mujer casada –el esposo viaja constantemente por cuestiones de trabajo–, comienzan a frecuentarse y se dan cuenta de que congenian en algunas cosas; la mujer atraviesa la raya de la amistad y se enamora del tipo, pero éste por sus convicciones y modo de vida, y por la condición de ella la rechaza y deciden ya no volverse a ver.
Algunos años después, el hombre lee en el periódico la muerte de la mujer –fue arrollada por un tren– y comienza a preguntarse si hizo o bien o no en rechazar a la mujer, y se da cuenta de que su vida es una total rutina, sin emociones, vacía, cronometrada de pies a cabeza, aunque estructurada en una sólida base moral. Pero no se sabe feliz ni satisfecho.
Es claro que este tipo tuvo su oportunidad, pero ésta estaba condicionada: la mujer era casada, él era ya mayor y no quería ver alterada su cotidianidad por nada del mundo. Estaban además sus convicciones. Los viejos tienen sus ideas y no hay quién los saque de ahí, se dice a menudo.
En el filme Las tortugas no pueden volar podría decirse que sucede lo contrario: los protagonistas –tres niños: una niña que lleva sobre los hombros la responsabilidad de cuidar a su hermanito, otro hermano de ella, un poco más grande pero sin brazos, y un niño que se enamora de ella y es una especie de líder de los niños de la comunidad en la que viven–, a sus escasos años es posible vislumbrar que tendrán pocas –o nulas– oportunidades. Este escenario nebuloso conduce a la niña a tomar la determinación terrible –que podría llegar a entenderse mas en ningún plano justificarse– de ahogar a su hermanito y suicidarse después. El niño no era en sí su hermanito, sino su hijo, producto de una violación masiva de militares. Su hermano –el niño sin brazos– le decía que no debían abandonar al pequeño, como ella insistía un día tras otro. La situación de guerra, desamparo –sus padres fueron acribillados antes de ser violada–, abandono, desesperanza, soledad, sin un aliciente de dónde asirse, orillaron a la pequeña a decidir su fatal rumbo. ¿Ellos tuvieron oportunidad alguna? Y si la tuvieron, ¿dónde estaba?, ¿acaso en ese futuro nada halagador y ominoso? Que cada quien lo determine. Ella tomó esa oportunidad y el niño sin brazos se quedó más solo todavía.

Las oportunidades deben entenderse, por otro lado, según el contexto y los protagonistas, pero es evidente que no hay un patrón a seguir para «acarrear agua a nuestro molino», es decir, si no hay, hay que buscarlas, y si no se encuentran, hay que hacerlas. No obstante, hay que también considerar la irreversibilidad de las decisiones.

«Hoy debiera contar hasta cien y luego soñar. / Hoy debiera volver del océano, y ser bienvenido…»
Silvio Rodríguez, «Mariko-San»

 

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Despuntes

Despuntes

 

Un hombre atraviesa su aldea creyéndose un avión: corre con los brazos extendidos, de los que cuelgan dos botellas enormes sostenidas por lazos; va planeando, imitando el vuelo y balanceo, entre casas de adobe, calles de tierra y comercios callejeros. Se detiene porque el combustible se le ha acabado.


Ese mismo hombre, al poco rato, de nuevo recorre la aldea, sólo que ahora simula ser un automóvil y en esta ocasión lleva un pasajero: la coordinación de ambos –el hombre y su hermana menor– cuando hay que doblar hacia un lado, frenar, acelerar, mirar por el retrovisor, les da un aire de máquina con dos motores, cuatro faros delanteros y dos volantes, aunque sólo uno lleve la dirección que se sigue. El hombre sigue siendo un motor de proporciones humanas y alcances sobrehumanos.

(Estas dos imágenes pertenecen a la película Luna papa, del soviético Bakhtiar Khudojnazarov)  


Un hombre más, que se dice el loco de su pueblo porque ya había rabino, zapatero, sastre, talabartero, cartero, maestro, electricista, campesino, panadero; a él, así lo afirma, no le quedaba otra más que ser el loco del pueblo. Sin embargo, en su más profunda contradicción neuronal siempre es el que tiene las mejores ideas: cuando se presenta un problema que involucra a todo el pueblo, todos se empecinan en determinada solución que, al fin, no conduce a ningún lado; el loco, en cambio, sigue otra ruta y su respuesta siempre es atinada.

(Esta imagen es la de Schlomo, el personaje principal de El tren de la vida, filme de Radu Mihaileanu) 


Otro hombre, al entrar en una fonda, dijo que había olvidado su guitarra, pero que sabía cantar, que sólo bastaba con que le invitaran un taco para que se arrancara con una del poeta de Guanajuato, don José Alfredo Jiménez. Al final, tras discutir con la propietaria del negocio, no cantó ni nadie le invitó un taco, y se alejó diciendo que el mundo estaba lleno de locos que no saben que el canto es un alimento más nutritivo que cualquier plato de menudo u orden de quesadillas.

(Esta imagen aconteció el sábado pasado en el mercado municipal de Amatitán).

Entonces, ¿qué es la idea de un loco? Parafraseando el título de un cuento de Óscar de la Bórbolla contenido en Las vocales malditas, ¿qué es la locura sino otro cosmos?

 

De lo infumable y otras ociosidades

De lo infumable y otras ociosidades

 



A veces ocurre que preferimos lo que sugiere a aquello que acaba por abrirse de par en par y no provoca mayor expectación, y mucho menos satisfacción; casi podría decirse que se vuelve repugnante….

También ocurre que durante todo el día andamos tarareando una canción que nos mueve algo, pero cuya letra no logramos aprender, ni siquiera el título podemos recordar y, sin embargo, no hay mejor manera de entender el mundo si no es a través de esa melodía….

En ocasiones, del mismo modo, ocurre que tras la lectura de un libro, si nos gustó, andamos recomendándolo a todo aquél con el que nos cruzamos; caso contrario, si por alguna razón no fue de nuestro agrado, también lo recomendamos, con la salvedad de que antes lo hacemos pedazos….

Y ocurre en otros momentos que pensamos que ya todo está dicho, o sobreentendido, o señalado, pero de un instante a otro nos damos en la cara porque resultó que ni nada estaba dicho ni sobreentendido ni señalado, y mucho menos concertado….

Lo que asimismo ocurre continuamente es que por días, meses o tiempo no contado, andamos a la búsqueda y caza de algo que consideramos importante, mas al cabo de conseguirlo le restamos importancia y lo dejamos de lado casi con violencia.…

A veces ocurre que nuestros mayores temores acaban convirtiéndose en nuestros mejores aliados: recuérdese aquello de “antes yo le tenía miedo a las arañas, ahora llevo una tarántula sobre mi hombro a todo lugar al que voy”….

Invariablemente ocurre que gritamos y manoteamos cuando algo se sale de lo pensado, cuando algún plan se viene abajo; pasado un rato, tras pensarlo mejor, concluimos que eso fue lo mejor que pudo haber ocurrido; la perspectiva del mundo sufre un inmenso giro si los huevos estrellados no lo son tanto porque la yema se rompe….

 

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