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30/01/2008
Parodia callejera
Hay una imagen que nos es muy conocida: la de aquéllos que, en cada crucero y por toda la ciudad, en horda se abalanzan sobre los automóviles detenidos para limpiarles el cristal delantero: rocían agua con jabón de una botella de plástico y enseguida, con una especie de espátula, recogen el líquido que ha escurrido y la mugre adherida al parabrisas. No voy a abordar las mil y una características de este tipo de apoderamiento de las esquinas y de la práctica de una actividad que remunera muy bien a los llamados “limpiaparabrisas”.Lo que quiero tocar es lo siguiente: ayer, más o menos a la hora de la comida, sobre Terranova esquina Manuel Acuña, un tipo, con botella y espátula de plástico en mano, se acercaba a los automóviles para hacer su trabajo: el asunto es que no rociaba agua –ni siquiera traía líquido su botella–, y su espátula en realidad era un muñeco destripado; el limpiaparabrisas llevaba la cara pintada –un mimo de crucero– y en realidad no limpiaba nada, sólo hacía como que limpiaba y todo el tiempo silbaba: su manera de ganarse unas monedas se reducía a parodiar a todos esos que todos los días, con aprobación o no y a veces con viveza, limpian los cristales de cientos de automotores. Al final, entre los autos, se alejó cantando una melodía rancherona de ésas de “rompe y rasga”. “¿Qué le digo a la muerte / tantas veces llamada a mi lado / que al cabo se ha vuelto mi hermana?”Silvio Rodríguez, “¿Qué hago ahora?”(este post es el de hoy)Autopista del sur tapatía
Hace poco, sobre López Mateos, una mujer montada en una camioneta se pasó una luz roja y tuve que frenar bruscamente. La mujer se asustó más que yo, y se quedó paralizada por unos instantes. Al fin reaccionó por los claxones de los autos que estaban detrás de mí, y cruzó la avenida; a los pocos metros un agente de tránsito la detuvo. Esto me da pie para comentar que hace tiempo alguien me dijo que cuando un acontecimiento como éste parte nuestro día, las horas subsecuentes se pasan en la más completa desorientación y se generan tribulaciones inexistentes. Hay algo de fatalista en ello, pero también algo de titánico. De tan sólo imaginar que lo que venga después de, por ejemplo, un susto o un accidente, va a ser peor que el acto mismo, resulta desproporcionado y lunático. Sin embargo, aquí cabe otra disertación: si no se reflexiona en torno a lo ocurrido, se corre el riesgo de que vuelva a suceder, como aquello que se está condenado a repetir cuando se dejan de lado las lecciones de la historia.Una cuestión final: me pregunto si la muchacha del Dauphine, en La autopista del sur, detendría su carrera alocada rumbo a París tras pensar que algo le puede salir al paso y desviarla de su ruta –cuando ya le ha pasado de todo–; o, dicho de otro modo, ¿qué se tiene que tener en cuenta cuando la adrenalina pide a gritos un cauce, aunque se tiene la certeza de que éste habrá de llevar por derroteros inseguros y alucinantes? (este post retendía subirlo ayer, pero por fallas cibernéticas no me fue posible)25/01/2008
Al mal tiempo....
Las más de las veces quedo a deber…. y ya la deuda –no monetaria– va adquiriendo un considerable volumen. Habrá que ponerse a mano. A menudo creo que los días se desenvuelven como tal, y resulta que yo no he estado a tono; el asunto se complica si considero que me lo hacen saber, es decir, a la cuestión hay que agregarle el despiste….“Sabia virtud de conocer el tiempo” escribió Renato Leduc. Sabia virtud sería reconocer el momento, escribo hoy yo. 22/01/2008
¡Ya aprendí a escribir....!

Los letreros –ya sea publicitarios, de información, avisos, sólo conocimiento– saturan nuestra ciudad, en todos tamaños, colores, tipografía, formatos, etcétera. Y en su gran mayoría están inundados de descomunales faltas ortográficas, incongruencias, omisiones, que provocan que al fin el mensaje no sea del todo comprendido, cuando no mal asimilado, por los posibles lectores.
Ejemplos de esto sobran: “Descortesias de trancito” (en la parte trasera de una camioneta repartidora), “Tlapalería El balle seco” (anuncio en fachada), “El timbre esta a la buelta” (en cortina de negocio), “Ayuda de Tras Vale” (sobre una puerta de oficina pública), “Favor de guardar silencio” –en lugar de “Por favor, guarde silencio– (en numerosos lugares, privilegiando la forma inglesa por encima del castellano), “Senaduria doña Mari” (en el barrio), entre otros tantos.
Siempre he pensado que sería muy benéfico para la población en general que los rotulistas –especie en extinción–, publicistas y serigrafistas –especie en expansión–, se adentraran en los vericuetos de las normas del lenguaje, por aquello de que el buen decir se plasmara en el bien escribir. Y ya no pido, como lo hace Álex Grijelmo, que todos estos letreros aparezcan escritos con originalidad o talento, sino con la más sencilla limpieza.
“Y doblan las campanas / porque se muere el dragón / se muere por salvarla / sin que tenga salvación….”
Abel Velásquez, “El dragón”
12/01/2008
Cambio de piel
Alguien hablaba de que a veces resultaría mejor llevar una máscara, de que en ocasiones la sorpresa deviene en susto, cuando no en franca estupefacción o desgastado anonadamiento. Todo obedece a enfocar una imagen o a presenciar un acto inesperado. Lo que he visto hoy, sobre Mezquitán, entre Pedro Moreno y Morelos, corresponde más a una visión, en realidad fueron dos, y quizá llevan todos estos ingredientes de sorpresa, susto, estupefacción y anonadamiento, y no los presentan superpuestos, sino en una mezcolanza en la que se alcanza degustar uno por uno; esto fue lo que vi: tras los barrotes de una ventana de casa vieja, una anciana montada en una silla de ruedas miraba hacia la calle, la cubrían dos cobijas, una bufanda, un gorro de lana sobre los anteojos, llevaba guantes y los pies cubiertos con unos calcetines también bordados; en la siguiente ventana, de la casa contigua, había un maniquí: lo habían vestido sólo con un baby doll, y enfrentaba el frío con un gesto inexpresivo. Dos imágenes, dos visiones, dos mujeres, una viva y otra de plástico: la mudez embargaba a ambas, y las dos compartían un mismo horizonte. Al principio me sorprendí, poco después sentí temor y, al final, no podía salir de mi asombro. 11/01/2008
Hubo una noche

Heife weizen se llamaba la cerveza que tomé ayer en compañía de viejos amigos: es cierto que el líquido semejaba más agua de tamarindo que cerveza hecha de malta originaria de Alemania, pero su sabor empezaba en el envión y acababa más allá del paladar. Ellos tomaron desde un café hasta micheladas y cerveza oscura o con chocolate y café. A la luz del vidrio del tarro que chocábamos cada tanto, brindamos por los días idos y por el reencuentro, por las anécdotas y las ganas y promesas de no dejarnos de ver, aunque sea no tan a menudo. Siempre es reconfortante ver rostros queridos, quizá un tanto extraviados en el tiempo, pero siempre afectivos y receptivos, revividos y detenidos en el instante que dura la risa de un momento chusco o el recuerdo traído a media charla. No siempre es posible, por las ocupaciones y caminos que cada uno toma, coincidir, conjuntar ánimos, pero cuando las circunstancias y las disposiciones se conjugan puede devenir una reunión informal pero esperanzadora, agradable, no exenta de emoción y pretensiones siempre sinceras. Así pasó ayer. Así, en el fondo, deseamos que siga pasando.
De fondo, un grupo en vivo se desgañitó tocando rolas de Soda Stéreo, Pink Floyd, R.E.M., Nirvana, Caifanes, Beatles, y lo hacían bien, con un estilo definido; mientras tanto, mis ocho interlocutores (Dulce, Gaby, Irma, Claudia, Martín, Arnold, Johnny y Manuel) y yo dábamos largas brazadas por encima de las melodías para hacernos escuchar. Al final quedaron los tarros vacíos, el abrazo y la partida.
08/01/2008
Bicicleteros

Ante tanto bólido que se arrastra por nuestras calles y avenidas y amenaza con atropellarnos, y a menudo bajo un cielo negruzco que se deja venir con todos sus vampiros: salir a caminar o a pedalear una bicicleta son más ilusiones que actos concretos, por la imposibilidad y el riesgo que implican. Sin embargo, andar en bicicleta no debiera ser un acto peligroso o la práctica de un deporte extremo, sino una alternativa para transportarnos o disfrutar de algún momento familiar o de ocio.
Por ello, el concepto de “personas en movimiento” –que pugnan por el uso alternativo de la bicicleta como medio de transporte– viene a levantar una nube de polvo en el límpido escenario de las urbes automovilísticas y a demostrar que las ciudades no fueron pensadas sólo para los vehículos: el hombre ya caminaba cuando fue inventada la rueda.
Es cierto que la relación entre automovilistas y peatones y ciclistas se ha vuelto ríspida, complicada, cuando no lastimosa. Pero no hay que ser presas de ese ya casi generalizado fatalismo que pregona que no hay nada que hacer, que cada quien se las arregle como pueda. Dejemos a un lado esos lastres y salgamos a pedalear, al fin que andar en bici también es una manera de volver a ser niños, porque lo que bien se aprende nunca se olvida.
(Una excelente noticia: hoy fue cortado el listón de la reinauguración de la sala de cine del Cabañas, ahora llamada sala Guillermo del Toro. A partir de la próxima semana iniciará la programación normal. ¡Un espacio recuperado del buen cine!)
04/01/2008
Brrrr, qué frío

En estos días hace frío, y corre como caballo desbocado un viento helado por las calles. Al despertar la primera intención es no levantarse, arremangar las cobijas y quedarse ahí debajo. Al abrir y cerrar los ojos la calidez de nuevo se recrea en la atmósfera y el asunto de querer quedarse se alarga, se empecina. El segundo pensamiento es “no voy a trabajar”, como el estribillo de esa canción tan mala. Enseguida se antoja un chocolate, un café, un champurrado, atole o avena, para calentar los adentros: el vapor que sale de la taza pinta en el aire un ánimo renovado, endulza la situación. En el trayecto al baño se apresura el paso para tratar de entibiar los huesos: bajo la regadera el agua caliente hace su tarea y al vestirse el cuerpo ya despide un poco de calor, que habrá que mantener para lidiar de tú a tú con el frío y el viento en la calle, porque no obstante el descenso en la temperatura hay que atreverse a salir, algunas cosas no pueden esperar. Afuera, casi todos caminan escondiendo la cara, frotándose las manos, que luego meten en la chamarra o en el pantalón. Algunos llevan guantes y bufanda, otros incluso, los más osados, sólo lucen una playera o camisa de manga corta. “Hay de todo en la viña del Señor”, dicen. Pero el frío se hace sentir, embadurna los cuerpos y aguijonea el ánimo. Y los que saben de esto dicen que esto del frío viento y del frío frío va para largo. Cuando uno les cree sobreviene el chasco; y cuando el descrédito los ronda le atinan a su pronóstico del tiempo.
Con todos estos avatares, sigo prefiriendo el frío al calor: este clima es más dado a lo íntimo, a la charla tras las ventanas, a tirarse a ver una película o leer un libro encobijado, a escuchar música y mirar las nubes flacas, a beber más café del ordinario, a tratar de no moverse para no dar un paso en falso ante el frío, porque el frío siempre será bienvenido, siempre se le abrirán las puertas aunque no avise sobre su visita, siempre será el mejor presagio de un abrazo tan largamente deseado.
(Contra todos los pronósticos de reseñas en medios y periódicos, Los sultanes del sur me pareció una buena película: su principal virtud, según mi parecer, es que el espectador nunca sabe para dónde va a tirar la historia, cosa que no cuadra con el género del filme.)
28/12/2007
Como si fuera el último

Es bastante común aquella frase, atávica a estas alturas, que se lanza para acentuar la vivencia de algún momento coyuntural o para tratar de realzar cualquier circunstancia, por más trivial que pueda parecer: «Vive este día como si fuera el último». El asunto viene a cuento por el final de año que se aproxima y, por consiguiente, el inicio de otro: no podemos escapar, la vida es extrañamente cíclica. Cuando Jorge Ibargüengoitia se situó, junto con su mujer Joy Laville (ahora su viuda) en su apartamento de París, para escribir, no pensó en eso de hacer cada cosa como si ya no fuera a pasar más, sin embargo cada vez que tecleaba en su máquina lo hacía de manera que cada renglón llevara signada una última promesa o un cercano destino. Y qué cercana estaba la hora de su partida.
Detenerse a mitad del camino, sopesar las posibles consecuencias o parabienes de las múltiples variables que se abren conforme se avanza, indagar a dónde irán a parar las certezas, los retrocesos, los (des)encuentros, los extravíos o los senderos atinados, constituyen formas de repensar lo que se ha de hacer, sin considerar si al final se habrá de ganar o perder; si todo lo que se emprende lleva la marca de que se ha realizado con el pensamiento de que puede ser lo último, quizá estaríamos pecando de fatalistas o asumiríamos una actitud de siempre mirar para adelante, aunque a veces ese ir hacia adelante en realidad sea marchar hacia atrás. Claro, según como se le quiera ver, porque –y aquí no se piensa negar– cada cabeza es un mundo.
Marcel Proust, enfermo de muerte, tenía la intuición de que cada día en que amanecía vivo sería el último de su existencia. Sin querer sonar fatalistas: si se hace una lista de propósitos, si se piensa en mejorar, si se decide ya no continuar con tal o cual hábito o mal hábito, o si se opta por seguir viviendo como la vida se presenta, todas son maneras de afrontar –aunque en el fondo no lo percibamos, mucho menos no nos lo propongamos y ni siquiera lo pensemos– el último día de nuestra existencia.
«¡Antes muerta! –me dijo. ¡Y lo único que yo quería era darle gusto!»Max Aub, Crímenes ejemplares
18/12/2007
Un abrazo de oso

En medio de nochebuena, la cena, el abrir regalos, los buenos deseos, el encendido de luces de bengala, la acostada del Niño, el brindis informal del ponche y los tequilas que se colaron, se aparece el asunto de los abrazos. Este último acto es considerado por la mayoría como la culminación de un rito de querencias y deseo de parabienes y esperanzas. Sin embargo, hay quienes consideran los abrazos como una cuestión de la que quisieran decir, “yo paso”.
En esto hay, como casi en todo, extremos, mesura, prodigalidad, y también priva aquello de dar a cada quien lo que merece. Los más representativos especimenes en lo que toca a este tema, quizá sean éstos:
Está, por ejemplo, aquel que da un abrazo al inicio de la reunión, cuando llegan las 12 de la noche y al momento de despedirse. El de los formalismos y puntuales anotaciones.
O el vivillo megameloso que abraza doble, en estos tres momentos, a mujeres solteras y guapas, haciendo fila incluso en la que se forma una y otra vez. De mujeres que hagan esto no he presenciado, pero es casi seguro que también las hay.
El formal que abraza sólo cuando es perentorio, como una manera de expresar el sentimiento que lo embarga –aunque con cautela- o como correspondencia a un acto de cortesía o amabilidad.
El que rehuye a los abrazos, que se esconde cuando todos en la sala se abrazan, y cuando aparece pretexta una emergencia en el celular o un desahogo de penas en el retrete; a éste, incluso, en ocasiones el tiro le sale por la culata, pues entre los invitados no falta aquél que con iniciativa inicia la serie de abrazos únicamente para él, formando una fila.
O ése que todo el tiempo anda colgado de quien aprecia, llega a veces a ser encimoso, aunque también se le puede considerar querendón y atento.
O el que piensa y distribuye sus abrazos conforme a quien tiene enfrente: éste no se lo merece, aquélla sí, el que tengo al lado no, a los que están ausentes se los guardo, etcétera. ¿Será selectivo o tímido?
Un abrazo, en última instancia, puede asimismo constituir un buen final para una disputa, un llamado de necesidad, una manera de despedirse sin que medie palabra alguna o la llana expresión de una querencia de amistad o de amores. Lo que sí es que a los abrazos, cuando vengan, no hay que sacarles la vuelta.
(La continuación del cartón con el Chipotes y la Moños: “Con mis ahorros voy a comprar una cajota de chocolates”, dijo el Chipotes, y agregó: “… Y se la voy a regalar a mis papás de Navidad”. “¿Por qué mejor no les regalas un abrazo, un beso y les dices que los quieres mucho? ¡Eso les va a gustar más!”, le replicó la Moños. “¡Pero no puedo hacer eso María! ¿Y dónde me hagan lo mismo y no me compren nada por andar de romántico regalando amor?”, concluye asustado el Chipotes.)
13/12/2007
Ahí viene… Ahí viene...

La “ciudad navideña por excelencia”, como han dado en llamar a Guanatos, luce más acelerada que de costumbre: los adornos navideños que penden sobre las calles y avenidas céntricas son testigos de este ajetreo: el tráfico vehicular se ha vuelto más nutrido no sólo en horas pico, sino casi a cualquier hora del día; hordas de transeúntes casi inanimados que andan de tienda en tienda buscando el “mejor” regalo y que, si uno se descuida, acaban atropellándolo; los aparadores de multitud de tiendas ofrecen sus mercancías con alusiones a la época, algunas a mayor precio que de costumbre y otras, las menos, a menor costo del usual; el acelere es notable, perceptible, visual, incluso sofocante. En fin, la ciudad está patas pa’rriba.Las connotaciones de la época son variadas y presenta muchos tintes, que van desde la más melosa simplicidad, pasando por la propiedad y mesura y yéndose hasta el otro extremo: la indiferencia y apatía por un festejo que, según dicen, no es más que un día como cualquier otro. La verdad es que hay algo de cierto, pero también algo de mentira en ello.En mi casa, siempre quisimos celebrar la nochebuena y la Navidad, pero por muchos años no nos fue posible por factores que no viene al caso citar. El asunto es que hoy sí nos reunimos, cenamos, abrimos regalos y vemos caras que por mucho tiempo han vivido escondidas. Hay algo de infantil y titánico en nuestra querencia: recuperar aquellos años y quizá lo no vivido.
(En el cartón de “Escuincles” de ayer en Público, tiene lugar este diálogo entre Moños y Chipotes. Inicia diciendo la niña: “Algo que no me gusta de la Navidad es que todos compran como locos”, y ella misma continúa: “Deberíamos reflexionar sobre ese consumismo y mejor regalar amor”. Y el Chipotes le contesta: “¡Qué difícil!”, y agrega: “¿En dónde le pones el moño al amor?”. Al final, Moños, con cara de angustia dice: “¿En dónde? ¿El moño?”.)
29/11/2007
Sobre café y cafés

El café es uno de los vicios que tengo más emperrado, es decir, que aún cuando llegaran a prohibirme que lo tomara por cuestiones de salud, lo más probable es que no haría caso a tal recomendación. Tomar café es algo que heredé de mi madre y de mi abuela, y también de mi abuelo: desde que tengo uso de razón, después de comer, ellas todos los días tomaban café, y yo me quedaba oyéndolas charlar en la sobremesa mientras bebían aquel brebaje negro –siguen haciéndolo–. Al paso de los años me sumé a su práctica cotidiana de compartir un café en la sobremesa.
Mi abuelo llegaba a casa, y tras subir las escaleras se sentaba en su silla de mecate en el patio, a donde mi abuela le llevaba siempre un vaso de agua. Colgaba su sombrero en una alcayata y un rato después entraba a la cocina: ahí le servían un café de olla que siempre que yo estaba allí me compartía. Él lo tomaba siempre acompañado con una pieza de pan: invariablemente una concha blanca.
Por otro lado, de un tiempo para acá tomar café se ha vuelto una moda o es sinónimo de distinción: los establecimientos donde ofrecen esta bebida se han multiplicado en los últimos años en la ciudad, y sus visitantes también se han incrementado. Ahora, no como antes, es bastante común –que no corriente– escuchar frases como «¿cuándo nos tomamos un café?»,«vamos a tomar un café», «te invito a tomar un café, ¿qué dices?», «nos vemos en tal café», etcétera.
Hay cafés antiguos, tradicionales donde se puede charlar sobre todos los temas posibles, a donde concurren los periodistas, escritores, historiadores, cronistas, poetas de esta ciudad, y arman –no todos con todos– una especie de tertulias, y donde se sirve un café distinguido, fuerte, así como especialidades de la casa. En otros, en cambio se puede uno encontrar con personas de perfiles variopintos y amigos entrañables. Hoy son un potente faro de concurrencia.
Pero también hay lugares donde –sobre todo cafés nuevos o de procedencia extranjera– ir a tomar un café puede significar muchas cosas, tales como: tomar parte en un acto del jet set tapatío –en este rubro al café le endilgan la cualidad impensable de ser un elemento de sofisticación–, coincidir en el sabor de tal o cual especialidad supone un alto conocimiento, extrañamente vedado para aquellos que no frecuentan ese tipo de cafés; incluso sus parroquianos transcurren las horas en su interior empotrados en su isla de novedoso e inalcanzable estatus –eso dicen, o cuando menos lo piensan.
En fin, el café es una bebida, un aliciente, un aliado, un pedazo de aquello que bien se puede considerar como un vicio sano –si es que esta categoría existe; la compañía, el abrazo y la querencia vienen en el mismo paquete.
(Se preguntaba Guillermo García Oropeza en un artículo publicado hace años, ¿por qué le llaman a la taza de café negro café americano, si ni nació en ese país y ni los estadounidenses lo frecuentan?)
27/11/2007
Lo de cada año

Guadalajara se reviste hacia fines de año por la Feria del Libro que, según se anuncia por aquí y por allá, es la segunda más importante en el mundo de habla hispana.
El asunto con los grandes eventos, como la FIL, es que es tanta la parafernalia y los juegos pirotécnicos lanzados al aire por los medios, que poca atención se presta a sus objetivos primarios. En este caso, y salvo la mejor opinión de los posibles lectores, el de la FIL tendría que ser la promoción de la lectura –quizá en lo utópico, porque aquí el asunto es vender libros; aunque ¿para qué han de comprarse esos volúmenes si no es para leerse?
Sí, la lectura debería ser el eje de esta «fiesta de los libros», como la anuncian las mantas y espectaculares que hay por toda la ciudad. Pero, siendo realistas, la promoción de la lectura es un tópico que poco o nada atienden las grandes editoriales que se hacen presentes –cosa que se vuelve cuestionante, pues ¿si no van tras nuevos lectores cómo es que piensan vender libros?– y ni los organizadores –léase Universidad de Guadalajara– contemplan, salvo alguna actividad a la que dedican algunas baterías de las muchas que ponen en juego.
En otro orden de cosas, en los pasillos de la feria no pueden faltar esos especímenes culturosos –de los que abundan en esta ciudad, por cierto– que llevan bolsas y más bolsas de libros, con su aire de suficiencia y su postura de creerse la última chela del estadio; tratando de esquivar a los escolares que van, hay que decirlo, acarreados, edecanes que bien podrían conjuntar un ejército con uniforme variopinto pero sexy siempre, y todas esas huestes de amas de casa, empleados, y algún que otro despistado que es arrastrado o por la novia o por el novio, o por motivos qué vaya cada uno a imaginar –aunque, por otro lado, da gusto ver qué la gente se interesa por una feria como ésta.
Estos culturosos infectan la «fiesta de los libros», manchan sus páginas, afean sus portadas y saturan los stands como si asistieran al reparto de algún bien por todos codiciado, y van por la vida pregonando que compraron a tal o cual autor, la novela de moda, la que más se vende en Europa, la del premio que reparte unos cuantos miles de pesos, el libro de cabecera del maestro, el volumen de superación que ha superado al anterior gurú, aquél que presume los 10 pasos para ser un hombre de negocios exitoso o la amante perfecta o el hombre más deseado, entre otros tantos títulos dignos de marquesinas sesenteras y mantas arrastradas por la cola de un avión surcando los aires –de la que se desprende otra variante en cuanto al ejercicio de la lectura, pero que trataré otro día.
No digo que una feria del libro sea mala o del todo desechable, porque es importante decirle a todos que los libros ahí están, pero que sobre todo hay que leerlos –pues se sabe de algunos que los compran para llenar libreros que dan buena vista a la sala. El asunto es que creo que una feria como ésta –que de por sí arrastra a miles de visitantes y compradores cada año–, no debería ser tan desperdiciada, sino sacarle todavía más –mucho más que los millones que se embolsan los magnates del libro– jugo del que hoy destila.
(Otra cuestión paradójica es que en la FIL los libros, invariablemente, cuestan más caros que en las librerías de la ciudad durante todo el año: ¿no es esto desquiciante y tremebundo?)
20/11/2007
Un mayo ya ido

Del mediodía hacia la tarde de un domingo ardiente de mayo, saboreando camarones y pistaches y cervezas y playa y arena y viendo el cielo y el cuello largo del horizonte y celebrando la conversación y guardando en la memoria de los ojos a aquel señor que hacía nudos indescifrables a las bolsas de pistaches y al muchacho de cabello impeinable que hacía hamacas y que dijo que en el beisbol los mejores eran Los Saraperos (de Saltillo) y aquel niño que corría con estilo de mecánico y el faro más allá de las rocas y las risas y unos caballos que hicieron de la playa su potrero y el ronronear delicado de las olas y la arena adherida a la piel y un barco apareciendo y un mar lejano que se desdibujaba continuamente y nubes livianas en un desplazamiento en curva y una mujer de rojo que nos modeló su bikini más de una vez y Xóchitl recordando al Bicho y el Coyul dormido en la silla y un plátano tatemado y enmielado y unas piernas inmensas paseándose entre las mesas y un guitarrón siguiendo un corrido de matones y unos camarones endiablados y al mojo de ajo y más cervezas y una gringa con destellos de sangre y la hora de partir húmeda y con arena y el epílogo de aquella tarde que podía tocarse y el puerto quieto y San Blas con sus llamadas a misa y la gente en las puertas y la plaza caliente y el calor ya sintiéndose menos y la carretera a Tepic y ella hablando y dormitando y él al volante de su pura sangre y sus recuerdos corriendo veloces por el asfalto y Tepic pronto y un frenazo en las afueras de la ciudad ante la invasión de carril de unos pelavacas y Santa María del Oro y mejor la carretera de cuota y una foto de puesta de sol fallida y las ganas de una coca-cola y lo imposible del tráfico para entrar a Guanatos y un trailer casi boca abajo y la noche de domingo y la noticia de que las Chivas no habían calificado a la liguilla y Trespatines en el radio la hacía de abogado defensor y ella nunca lo había oído….
(«Alguien tiene que recoger las fresas», dijo el jefe de una patrulla fronteriza tras la detención de algunos indocumentados en su cruce por la frontera, y después de ser informado que tres habían logrado escapar; la escena pertenece a la película Los tres entierros de Melquiades Estrada. Y, en eso –y adelanto que no es conclusión mía–, podría resumirse la ideología yanqui respecto a la migración latina a ese país).
12/11/2007
Recuento

Este fin de semana nuevamente vi a la Rendidora Sabelotodo, vino de visita a casa de su abuela. La niña está creciendo, se ve flaca, alargada, cada vez más hermosa, cuyo perfil va adquiriendo una definición más marcada. Incluso su voz, antes chillante y desafiante, hoy parece que ha entrado en un lapso de reposo. Sigue platicando hasta por los codos.
Siempre es gratificante ver y abrazar a la Rendidora. Hoy comerá en casa de Marco, un antiguo amigo del Kinder.
La cascarita del viernes fue agotadora. Está visto que esto de jugar al futbol ha pasado a mejor vida. Me canso con suma facilidad y la habilidad ha venido a menos. Por lo menos, aunque perdimos, clavé un gol que me hizo recordar los buenos tiempos, ya idos por supuesto. Como anochece más temprano, hubo que jugar, por un rato, a la luz de farolas, y la visibilidad no era muy buena, así que también fui el artífice de un autogol.
Primero, Linda, después Jacob, fueron atacados por la viruela. Ese par de aretes han atravesado días tristes y dolorosos, pero, según supimos ayer, ya van de salida. La Linduris sabe bailar hawaiiano y Jacob, cuando hay que hacer fila para algo o pedir en comunidad, sabe decir sabiamente: «También Jacob quiere».
El sábado por la noche Bebé andaba a grito abierto por la calle, con emoción y risas, quizá desfogando con anticipación sus avatares de los próximos diez días en que estaría alejado de casa de su abuela y, por consiguiente, de nuestra cercanía.
Terminé de leer Dublineses de Joyce, un libro de cuentos, sobrio, que va de una contenida emoción a entretenerse en definiciones largas y quizá faltas de luminosidad, pero ricas visualmente; y ya me enfrasqué en La familia de Pascual Duarte, del que tengo que hacer un reporte para una clase de la universidad. La diferencia entre estos dos libros es que el primero lo leí por placer, y el segundo es por obligación, aunque esta obra de Camilo José Cela me está pareciendo, a pesar de su tono dramático, sencillo y divertido.
A la Chica Azul la han estado aquejando algunos malestares que, en un primer momento, consideré menores, pero dada su repetición y agudizamiento, habrá que planear una visita al médico en cuanto sea posible. Por lo pronto, ella hoy pisará la grama del Estadio 3 de Marzo para ver desgañitarse con sus rolas a la legendaria banda de Soda Stéreo.
Césaria Evora en estos momentos canta «Sodade» y yo, de su mano todavía sobrevuelo la selva chiapaneca rumbo al último reducto maya... y toda la cosa…
«Silencio, la tierra va a dar a luz un árbol…»
Vicente Huidobro, «Altazor»
01/11/2007
Apuntes sobre la fatalidad (2)

¿Alguien sabe por qué Tiluy extiende su mano para pedir algunas monedas? Nació aquí, en este país que lleva la marca inexpugnable de la tristeza y la fatalidad atravesando sus ojos. «Aquí nos tocó» anotó Carlos Fuentes en La región más transparente. Este lugar le impuso la fatalidad como única pertenencia y no ganada condena a Tiluy. ¿Alguien sabe dónde se hallan sus padres?, ¿quién conoce el motivo de su abandono? La fatalidad desconoce todo misterio y asume los destinos de quienes se arriman a su cobijo. Tiluy nació pobre, vive pobre y, probablemente, pobre morirá; pero la fatalidad de los niños como Tiluy no reside en su pobreza, sino en la costumbre de verlos rondando por allí, como si nada.
31/10/2007
Una probadita

No hablo portugués, ni le entiendo gran cosa; sin embargo las canciones de Cesaria Evora me seducen. ¿Puede ser esto posible? No podría argumentar alguna razón que convalide esa posibilidad, lo que sí puedo anotar es que sus canciones me atraen porque me sugieren, no porque entienda a cabalidad toda esa argamasa que las compone.
Incluso, esto puede dar lugar a una metonimia musical: la parte por el todo, es decir, la melodía en sí –sin letra de por medio– por todo ese universo que transcurre como un canto aterciopelado, lento en su fugacidad y relampagueante en sus atisbos. La voz de Cesaria es deliciosa, y tras todo ese telón de instrumentos siempre sale limpia, emerge como un géiser. Pero ¿a qué viene todo esto?
A que, en ocasiones, lo que me sugiere me dice más que aquello que se abre de par en par y no acaba por generar expectación, mucho menos instantes de satisfacción. Y de esto puedo dar más ejemplos.
En lo tocante a la literatura, por ejemplo, me refiero en particular a lo que no ha sido dicho en el cuerpo del texto, que en ocasiones resulta más impactante que lo escrito; aquello que se sugiere, que no está y sin embargo sí lo está. «El bosque era enorme. Unos pinos altísimos y grises. De lejos vi a la niña que perseguía a un lobo aterrado. Lo juro». En esta minificción titulada «Reversión» de Alejandro Rossi –que, por otro lado, no podría entenderse si no se tiene el referente cultural del cuento de la Caperucita roja– la irrupción que se deleita viene de lo que está ausente, de aquello que el lector comienza a imaginar tras acabar la lectura de estos dos renglones.
En la fotografía acontece otro tanto, similar casi cuando se contemplan imágenes que se consideran de marcado erotismo; a mí me resulta más agradable tratar de descubir lo que está oculto por un velo, un rincón oscuro, la tela que cae pero no acaba de hacerlo; que un cuerpo desnudo que se muestra incólume como el mar helado de los Balcanes –aunque es verdad que no siempre sucede de este modo.
Lo que sugiere, desde este lado del mundo, es casi tan impactante y disfrutable como lo que se expresa anunciado en marquesina y timbales incluidos.
25/10/2007
Hakuna matata….

Hace un rato, mi jefe inmediato me llamó a junta, ¡sólo a mí!; así que, de entrada, supuse que el asunto no iría bien.
Adquirió un rostro serio, aclaró una dos tres cuatro veces la garganta antes de hablar, y entonces soltó una cantaleta que, más allá de una preocupación inicial, me resulta, en el fondo, divertida, y es que a veces la vida se convierte en un tobogán divertido al que no se le ve fin. En fin, en fin (para ponerme cacofónico).
En pocas palabras dijo que mi trabajo dejaba que desear, que podía dar más, que está llevando a cabo una reestructuración y que si le preguntaran en este momento yo quedaría fuera de su esquema de trabajo, y para rematar sentenció que a partir de hoy estaré a prueba durante un mes. ¡Carajo! qué elocuencia y propiedad del señor. Señalarle algunos errores más que evidentes no es retroalimentación, sino un desafío llano y puro, pues ayer mismo su cara se petrificó cuando se percató que había cometido un yerro menor y yo, junto con otro, soltamos una carcajada mesurada, viéndole el lado cómico; el asunto es que lo tomó, como dicen, «muy a pecho».
Se me estaba olvidando que lo primero que dijo, y creo que de ahí partió la elaboración y estructura de su discurso fue esto: «En la primera junta que tuvimos creo que fui muy claro (esto lo repitió en tres ocasiones) respecto a que yo soy tu jefe inmediato, y te fuiste de vacaciones sin consultarme, sólo me avisaste el día que te ibas; lo trataste directamente con el director. Y si hay algo que no tolero es que pasen por encima de mí». (A esto, lo quiero aclarar –y se lo argumenté–, puedo decir que no fue mi intención ignorarlo o saltarme su autoridad, así lo hice porque así siempre ha sido –esto de los procedimientos a veces resulta contraproducente; en fin en fin –la cacofonía me persigue–, qué se le va a hacer).
La intención de escribir esto no es más que referir que de veras me parece una situación divertida –con sus asegunes, por supuesto. Y lo divertido no proviene en sí de mi posición en la cadena de trabajo –porque, sin pretensión ni arrogancia, creo que hago mi trabajo según los lineamientos estipulados–, sino en que, cosa extraña, su «disfrazada amenaza» la considero no más que una cosa que se dijo por no decir otra. Quizá todo esto pueda dar a entender que soy un irresponsable o que me tiro a la dejadez y soy conformista, pero creo que en ocasiones hay que salirse de la tangente para no topar en pared.
Ahora sí que hakuna matata….
23/10/2007
Diferencias capitales

Hay diferencias capitales entre Mérida y Guadalajara en cuanto a lo automovilístico se refiere (escojo estas dos ciudades por una razón: en la segunda vivo y en la primera estuve de visita durante toda la semana pasada).
Antes que nada, hay que apuntar que el parque vehicular de Guadalajara supera con mucho al de la ciudad capital yucateca, en razón de las dimensiones de la metrópoli y el número de habitantes y posibilidades de desarrollo comercial, industrial y habitacional. Pero esto no exime que se puedan instrumentar otras reglas de convivencia, o reformar las existentes para un buen entorno de circulación entre peatones y automotores.
El asunto que quiero abordar tiene que ver con lo siguiente: Cinco días enteros estuve en Mérida, me moví por la ciudad en combi y minibús, y en ese tiempo –que podría considerarse corto– no vi un solo accidente automovilístico. Nada, ni siquiera un percance menor, ni choque, ni volcadura, ni atropellamiento, nada de nada. Además, de esos cinco días, en tres compré ejemplares de la prensa yucateca y no encontré referencia a ningún accidente de este tipo. Y eso, por no faltar a la verdad, me ha dejado gratamente sorprendido.
En Guadalajara, en cambio, y lo sabemos de sobra quienes aquí vivimos, los accidentes viales son constantes en número y tiempo de aparición, a más de lamentables y aparatosos. Y esto se debe a numerosos factores: el ya citado y grueso parque vehicular, la poca educación de los automotores combinada con la escasa cautela y cuidado de los peatones, las prisas por ganarle a los semáforos, la habilitación de vías rápidas en zonas habitacionales y pasajes comerciales, viaductos y calzadas, falta de semáforos en lugares estratégicos con gran aforo peatonal, falta de señalamientos en zonas que presentan gran carga vehicular, etcétera (y este etcétera hace honor a su nombre).
Mucho se ha dicho en torno a esto que nuestra ciudad es una ciudad hecha y deshecha para automóviles y no para peatones, baste citar el tan cacareado viaducto en López Mateos. Y es de lamentarse aquello de que esta urbe es apta para ir sobre cuatro ruedas, pues no son pocos a quienes he escuchado que no hay otra manera de disfrutar la ciudad que recorrerla a pie. Pero ello se ha vuelto peligroso, no un deporte extremo, porque al fin éste se practica por placer; y caminar poniendo en riesgo la vida no comporta satisfacción alguna.
Es cierto que las soluciones para grandes problemas también tienen que ser grandes, y la de éste tendría que ser, forzosamente, de enormes dimensiones, y tendría que involucrar tanto a peatones como a automovilistas, pero mucho me temo que en ambos bandos hay quienes no están dipuestos a ceder ni un ápice.
Una especie de locura hay en nuestras calles, una locura cuya raíz ha de ser encontrada para, de un tajo, abrirla y sacarle lo que lleva dentro.
22/10/2007
Primer día de andanzas

La estancia en Yucatán comenzó el lunes pasado, atravesando la ciudad desde el aeropuerto hasta el otro lado del periférico, donde me hospedé en una vieja casona rodeada de una vegetación tupida, aunque un tanto deteriorada por el paso del huracán Isidore hace algún tiempo.
Lo primero fue habituarme al clima: un sofocante calor, húmedo, que no deja de sentirse en todo el día. A menudo creía estar viviendo los días de más intenso calor en Guanatos, pero, viéndolo fríamente, no hay comparación: el calor yucateco es mucho mayor, más punzante y aletargado.
Ese mediodía comí frijoles puercos, un platillo que las familias yucatecas acostumbran comer los días lunes: está compuesto de frijoles negros con carne de puerco en caldillo; se le agrega cilantro, cebolla, rabanos, chile habanero, aguacate y se acompaña con tortillas pequeñas (la tortilla para taco de aquí), amarillentas.
Por la tarde di el primer recorrido al centro histórico: su catedral es blanca, donde se venera al Cristo de las Ampollas, un Cristo negro cuyo aposento se halla al costado derecho del altar mayor (aunque no es el principal); esa imagen es el estandarte de todos los gremios habidos y por haber: zapateros, comerciantes, taxistas, talabarteros, sastres, campesinos, choferes, agricultores, pescadores, electricistas, bomberos, panaderos, tortilleros, artesanos, joyeros, fontaneros, albañiles, etcétera. En un primer momento creí que por aquello de las ampollas se relacionaba con todos estos trabajos que requieren fuerza y empuje, pero el nombre le viene de una especie de “callos” que presentaba en las manos cuando fue descubierto.
Al costado izquierdo de catedral se encuentra el pasaje del arte, donde se ubica el Museo de Arte Contemporáneo yucateco; más allá la Casa Montejo, casona donde vivió Francisco de Montejo, el conquistador de la península; al frente se alza la plaza principal, donde a toda hora hay residentes y visitantes sentados en sus bancas verdes, resguardadas por palmeras y numerosos árboles y jardines; a la derecha, el Palacio Federal, un edificio antiguo, verde, de dos plantas. Por esa misma acera se ubican un sinfín de negocios: cafés, puestos de revistas y artesanías, tiendas comerciales y una nevería típica, donde me senté a degustar un sorbete: helado (pedí de elote) servido en copa, acompañado de un mantecado y un vaso con agua.
A dos cuadras, por ese mismo costado se erigen dos plazoletas, un templo que atienden franciscanos, dos teatros y el antiguo edificio de la Universidad Autónoma de Yucatán. Ahí se abre otro pasaje donde hay varios cafés al estilo europeo y la sede del Congreso yucateco. Otras dos cuadras más se topa uno con el barrio de Santa Lucía; pero de todo esto hablaré en otro post….
A propósito, en cuanto pisé tierra tapatía este fin de semana experimenté una especie de regocijo al respirar este clima al que me he acostumbrado. Pequeñas obstinaciones, diría alguien.
19/10/2007
Desde el último reducto maya
Este blog ha estado de vacaciones desde el viernes pasado por muchos motivos, el principal es que me encuentro en Mérida, Yucatán, y que regresaré a Guanatos hasta mañana sábado. Mi intención primera era estar subiendo post y comentarios sobre lo que viera, conociera y comiera acá en la península yucateca, pero hasta hoy encontré un ciber en que las máquinas me han dejado hacerlo. Así que en cuanto llegue a mi Perla Tapatía me pondré a mano y escribiré sobre todo lo acontecido en esta última semana en esta ciudad en que hace un calor infernal, bueno, infernal es poco....
Por lo pronto les dejo esta bomba que escuché decirle a un descendiente maya yucateco en la playa de Puerto Progreso, ya con unos tragos encima:
Si el mundo se acabara, me voy para Mérida....
11/10/2007
Apuntes sobre la fatalidad (1)

¿Quién está exento de la fatalidad, de la tragedia? La vida es un prolongado acto que se inserta en una obra al más puro estilo de los griegos, cuyo espíritu desolador quedaba de manifiesto en aquellas historias en que el ser humano acababa siendo un títere ante los avatares del destino.
La tragedia pudiera ser el núcleo de nuestro acontecer, pues la fatalidad aparece una y otra vez, se presenta de mil maneras y perservera no importándole el tiempo. En ocasiones intenta ocultarse tras la máscara de lo festivo, en ese reducto de tratar de parecer otra cosa; pero no son sino distintos modos que la fatalidad asume para adjudicarse la vida de alguien. El asunto es que nos hemos acostumbrado al transcurrir trágico, los hechos fatales han tomado la cotidiniadad como recipiente para instalarse entre nosotros. Además, no hay otro modo de entender nuestra historia si no es a través de la fatalidad.
Doña Panchita
Todas las mañanas –en ocasiones a mediodía–, en el barrio donde crecí, doña Panchita sacaba su mesita casi destartalada de madera, extendía un mantel tejido por ella misma y ponía los dulces para que nosotros los compráramos. Cabizbaja por la joroba que se alzaba en su espalda, doña Panchita, a sus casi cien años, no pudo evitar compartir el destino despiadado de un país que no conoce a sus habitantes: la fatalidad también puede llegar a convertirse en un modus vivendi. Un día, doña Panchita ya no salió a vender más; entonces, las amigas de mi madre vinieron a avisarle que había muerto, sola; sus ojos habían quedado abiertos. A menudo, hoy todavía, cuando paso por la acera donde ella solía estar a pesar del incómodo calor o del frío duro, puedo mirar su risa arrugada mientras la saludo.
01/10/2007
Peatones intrépidos

Es bien sabido –porque se ha repetido hasta el cansancio– que nuestra ciudad está hecha para automovilistas, no para peatones. Es verdad, las ciudades del futuro ya se han instalado. Y esto de la ciudad sobre ruedas lo demuestran innumerables cruceros viales en los que el peatón tiene que poner «pies en polvareda» –«más vale aquí corrió que aquí quedó»– para evitar ser atropellado, para no dejarse ver –desde el punto de vista del automovilista– como un transeúnte inconsciente, atrabancado, cuando no como un perfecto imbécil. Nosotros diríamos, más bien, teniendo consideración esa sincronía entre las luces de los semáforos, el reducido tiempo de duración y esa tensión contenida por querer meter el acelerador hasta el fondo del que espera la luz en verde, que se trata de peatones intrépidos, héroes cotidianos de una urbe asfaltada que adelanta sus tiempos y avanza en una carrera lunática. Para ello baste citar los cruceros de Isla Raza y Conchitas, Lázaro Cárdenas y Guadalupe, Périferico en su intersección con avenida Tabachines, calzada Independencia, avenida Colón –etcétera–, el embrollo en que se ha convertido lo que antes eran Los Cubos por todas las vertientes que se desprenden, y ahora últimamente la desquiciada, extrámbotica decisión de reducir el tiempo para que los transeúntes atraviesen la avenida López Mateos, –«una medida hasta cierto punto estúpida» diría un amigo–.
¿A qué nos podemos atener, al caminar por las calles, si Guanatos se ha transformado en una «Autopista del sur» latinoamericana? Al momento de encontrarse, ¿quién lleva realmente la preferencia, el peatón o el automotor? Siempre se ha pregonado que hay que ceder el paso al peatón, pero en la práctica esto no existe, y lo que es peor, la mayoría lo desconoce. De modo que si acontece algún accidente, la disputa puede dar para mucho, pues tanto hay automovilistas poco hábiles al volante o del todo brutos, como peatones –hay que decirlo en descarga del más elemental derecho a réplica– que van por la vida como caballos percherones o de calandria, mirando sólo hacia adelante sin tomar en cuenta los extremos y mucho menos los riesgos.
Si como lo vaticinó Vicente Huidobro en su multicelebrado –y a veces inentendible– poema de «Altazor», que la vida sería sólo adelantos tecnológicos y el lenguaje estaría poblado sólo de tecnicismos para dar forma a una vida autómata y mecanizada, ¿qué grado hemos alcanzado en esa escala altazoriana demente y de fierros y ruidos al por mayor?
Por otra parte, si la ciudad está hecha para disfrutarse como bien lo anotara Pessoa en su «Lisboa revisitada», hay que darnos a la tarea de rescatarla de aquellos –leáse automotores– que la han secuestrado –esto, no lo digo yo, sino que lo dicen y repiten muchos con constancia y vigor–. Aquella ciudad portuguesa que Pessoa describe da paso no sólo a la añoranza de lo que fue la urbe, sino que la proyecta como un regazo al que se vuelve para recobrar la cotidiniadad de un líquido amniótico que devuelve sólo momentos apacibles, prolongados en su exacta languidez amorosa, inmersos en su mirada de horizontes de edificios que dan paso a la luz y la buena vida, aún cuando se interactúe en un ambiente saturado de estas moles y miles de especímenes que se empeñan en torcer la convivencia citadina.
¿Podría esta ciudad dejar de lado esa careta cortazariana adecuada a estos tiempos, y convertirse en una mediana Lisboa pessoana?
28/09/2007
Horario meticuloso

Ayer tenía trabajo que hacer en casa. Así que llegué temprano, más o menos temprano, después de una junta insufrible, infumable, inservible –tres horas tiradas al caño.
De modo que nada más llegué me senté en el sillón a descansar y estirar los pies –acuso cansancio atrasado por una continua investigación de fines de semana.
Ahí me quedé por casi una hora.
Por fin me levanté, me metí a bañar –el agua fría fue lo mejor; salí, encendí el televisor, destapé una cerveza, luego otra.… comí pistaches, papas al jalapeño, vi un juego entre River y Botafogo –que me emocionó por su inesperado desenlace; después puse una película en el DVD que acabó adormilándome.
La tarde se fue sin sentirla, la noche vino casi en seguida; la nítida luna que entraba por el ventanal del estudio se adelantó a octubre.
Y no trabajé…
Me fui a domir.
21/09/2007
Aulaguna

Antier cayó un chubasco en la ciudad.
A esas horas estaba en la escuela, en una clase de literatura hispanoamericana.
La voz siempre chillante del maestro contrastaba con la lluvia de afuera.
Por momentos me concentré más en el agua que en el tema de las vanguardias de las que hablaba este personaje –de esos infumables, como los llama José–.
Hubo un instante en que quise estar bajo esa lluvia, a mitad del jardín de los filósofos fumadores de hierba: mirar de cara al cielo y abrir la boca.
Vi a través de las ventanillas a algunos que corrían por los pasillos; tras de eso se escuchó un golpe seco y en seguida carcajadas: alguien resbaló y fue a dar al suelo.
En esas estaba cuando recordé una canción cuyo ritmo imité con mis pies: en el primer contacto salpiqué ¡agua!: se había filtrado por un resquicio y el salón era ya una laguna donde las bancas y el escritorio flotaban sin más remos que nuestros brazos.
La lluvia, al fin, y a su modo, me alcanzó, y eso bastó para dejar por un momento aquella clase de literatura.
¡Uff!, el agua que viene a salvarnos también, como el amor según Aute –él dice que «hay algunos que dicen»–, es producto de un milagro.
(Este comentario pretendía subirlo ayer, pero por cuestiones cibernéticas no me fue posible. Más tarde agrego el que ya había ideado para hoy)
18/09/2007
De homo sapiens a homo videns

De homo sapiens, los hombres nos hemos convertido en homo videns –término acuñado por el teórico italiano Giovanni Sartori–. Hoy la imagen es lo que cuenta, es la punta del conocimiento, casi el todo a partir del cual ha de entenderse lo venidero, sea cual sea la situación. Si lo que se expone se acompaña de una imagen, llegará más hondo, calará en mayor número de personas. Incluso, esa frase «lo vi en la tele» –por valerme de un ejemplo entre cientos– utilizada para validar lo que se comenta ante un amigo o en franca charla con compañeros de trabajo o escuela, se ha vuelto un lugar común. Lo que se ve es lo que cuenta; la validez está dada por la imagen, ya no por la lectura, ya no por lo que se lee y deduce a partir de eso –y no se trata aquí de desacreditar la imagen que, por otro lado, tiene sus beneficios.
La lectura es hoy una afición devaluada, un hábito olvidado por la mayoría. Si se viaja en tren o en camión y se va leyendo, los demás pasajeros lo miran a uno con una especie de extrañeza, que se acaba pensando si los aficionados a los libros somos seres de otro planeta. Leer –recurriendo a un lugar común y devaluado– no está de moda. Nunca ha estado de moda. Y si, por descuido, algún día lo estuvo, pasó con más pena que gloria por esos anales de lo vigente. La lectura es un mal endémico, un virus que se busca erradicarlo por todos los medios. Algunos han vaticinado que los libros algún día serán objetos de culto, que serán sustituidos por aparatos electrónicos en los que ya no será necesario leer página tras página, renglón tras reglón, palabra por palabra; sino que el mensaje ha de ser descodificado por un circuito y transmitido en su totalidad al cerebro por medio de descargas. ¿Se trata esto de una visión Kubrickiana? En ese sentido yo preferiría una visión Kusturiquiana, de alegoría festiva sobre lo que cada quien cree.
La lectura es, sobre todo, un acto imaginativo. Mucho se ha dicho que en nuestro país somos minoría los que leemos, los que todavía acudimos a las librerías en busca de algún título que nos ayude a llenar las horas de los días. Se sabe que la mayoría prefiere y cultiva otras aficiones, y que sólo leen, entran a una biblioteca o a una librería por cumplir una tarea, por obligación, por disposición de sus padres. Se excusa, para no leer, lo rápido de los tiempos: no hay tiempo para pensar, para armar pieza por pieza lo que se recibe, sino que el mensaje o conocimiento ha de venir bajo una sola envoltura, todo tiene que venir ya dado, es decir, sin necesidad de interpretaciones ni de poner en juego otras habilidades. Es por ello que se prefiere la imagen, porque simplifica lo elucubrado, lo complicado. Pero se olvida que en ese proceso de saber, de desentrañar lo que se lee –incluso lo que se ve–, hay un placer oculto, una aventura imposible de definir.
«Lo que se sabe es porque se ha leído»
(No recuerdo exactamente las palabras de don Quijote, pero esta frase resume aquella idea).
11/09/2007
Una disputa de palabras

Las noticias de que mi hermana menor está embarazada y la novia del hermano de la Chica Azul y una estimada amiga que radica en Estados Unidos, casi llegaron al mismo tiempo. Y entonces, como en todos lados, sobrevino el debate sobre si sería niña o niño, en las que hay verdaderas querencias o sólo deseos como si más. Ya se sabe que en este país, la mayoría de los hombres optan por tener un hombrecito, un macho, para verse calcados en ellos. Incluso hubo un tiempo en que los papás renegaban cuando nacía una mujer, dando al traste con sus planes.
Volviendo a los tres embarazos, contra toda opinión y «señales» que las mujeres saben interpretar respecto a cuál será el sexo del pequeño, yo afirmé, desde tiempo antes de que a través de un eco se determinara qué serían, que los tres iban a ser niños. Y no fue por esa vanagloria de que yo sea hombre. La cuestión fue que, sin saberlo, había emprendido una lucha de todos contra uno, casi.
Las familias involucradas, los padres mismos involucrados, se solazaban diciendo que serían niñas. Incluso, la hermana mayor de la Chica Azul compró ropa para niña antes de saber si realmente sería mujer. El asunto es que las pruebas de eco han venido a medio confirmar mi aventurada opinión: dos bebés serán niños (los de aquí) y una niña, la de la amiga que vive en el extranjero.
Aún finiquitada la cuestión por las pruebas médicas, las mujeres, mostrando una actitud de empecinamiento, han dicho que ha habido pruebas que fallan; es decir, determinan el tipo de sexo, pero el nacimiento devela que era el contrario. En fin, he pensado yo, aferradas y malas perdedoras.
Al fin, y estas palabras sabias dieron cerrojazo final a esta polémica, alguien dijo que lo mejor es que el bebé nazca bien, con buena salud, fuerte. En esto he estado de acuerdo.
Esto lo comento porque hoy, en El País, se publicó una noticia que me dejó impresionado: a una mujer china le han detectado 30 agujas adentro de su cuerpo. Ella y su madre desconocían esto. Ha trascendido que sus abuelos, que querían un nieto varón y no una mujercita, intentaron asesinarla cuando apenas era una niña. La mujer ha vivido con las agujas dentro por casi 30 años. Incluso, uno de estos alfileres está incrustado en una región del cerebro donde sólo pudo ser introducido cuando los huesos estaban todavía blandos. ¡Qué abominable!
Las disputas sobre poder concebir un niño o niña, como toda disputa cuyo resultado está lejos de solucionarse por vía humana, deberían ser sólo eso, una discusión de palabras y nada más.
07/09/2007
Una de dos

Aquella mujer, la del súper –ayer mismo–, no era ni la sombra de lo que fue aquella en los pasillos y salones de la facultad hace algún tiempo.
La de ayer era una mujer endeble –más allá de su físico–, devastada, de cuyo semblante se han adueñado los desvelos y la fatiga que deja el cariño que se ha ido.
La de la escuela era una mujer que despedía vitalidad, que en cada clase nos daba más que una lección literaria: transmitía con llaneza su apego a la literatura, su más ferviente arraigo a la vida a través de lo escrito.
La del súper era una mujer que ha pasado, de puntillas y descalza, por sobre los alfileres del desconcierto, de la angustia que la ha acompañado en los últimos tiempos.
La de la facultad era una mujer cuya voz atemperada nos conducía por los vericuetos dulcísimos de la poesía y la narrativa de autores europeos, sobre todo, y siempre con pasión, con una querencia desmedida.
La que andaba ayer de compras era una mujer que, desorientada, no ha sabido hallar la única salida del laberinto de la tristeza: da una y otra vez con pasillos cerrados, con muros que apenas la ven se le echan encima.
La del salón de clases era una mujer que apuraba las palabras de sus alumnos en una sola dirección: la única forma de disfrutar la literatura es dejar que ésta hable, no que quien lea se dedique sólo a eso, a leer.
La de ayer era una mujer quebrada: sus adentros son ahora su capa, lo lamentable es que esos adentros están deshechos.
La de la facultad era una mujer siempre sincera y siempre sonrisa, y ella será la que prevalezca aún por encima de aquella que hoy camina como un fantasma revestido de nostalgia…
«Yo no le canto a la luna, porque alumbra nada más, le canto porque ella sabe, de mi largo caminar…»
Mercedes Sosa, «Luca tucumana»
06/09/2007
La vuelta atrás

A menudo me pasa que no quiero decir algo, y acabo diciéndolo. Pero no culmina ahí la cosa. Resulta que eso que dije implica consecuencias que algunas veces se me escapan de las manos –así como la palabra que no quería decir.
Si el asunto tuviera ahí su conclusión, no habría, no por decir lo menos, mayor problema que resolver. Pero tras lo dicho es difícil la vuelta atrás, retornar sobre los mismos pasos o simplemente sacarle la vuelta, no siempre es sencillo –y más teniendo en consideración que me cuesta trabajo pedir disculpas.
Aquí cabría otra consideración: ¿hasta qué punto uno puede volver a atrapar todas las palabras que dice?, ¿es posible desdecirse y que la cosa no pase a mayores? Me temo que la respuesta para estas dos preguntas se resume en una sola: lo que se dice cumple su cometido y éste no puede deshacerse.
Hace días le dije a la Chica Azul una frase que, en primera instancia, la pronuncié seguro de que estaba haciendo una broma. La reacción de ella me hizo comprender que ese tipo de cosas no pueden ser bromas, sino sólo actitudes o pronunciamientos de mal gusto.
La vuelta atrás me fue muy difícil, sobre todo porque en ese proceso me percaté de que me había equivocado –por esa común creencia de que todos piensan como uno–, y eso acabó por enojarme.
Las palabras son como espadas, lo dijo alguna vez alguien; pero lo importante quizás no es eso, sino que, como toda espada, está destinada a rasgar cualquier objeto, incluso cuerpos humanos. La vuelta atrás, de algún modo, remienda esa rasgadura.
04/09/2007
Aguas turbias y quietas
La tarde-noche de ayer transcurrió en soliloquios: sobresalió el de la lluvia pertinaz y las miradas que de vez en cuando yo echaba por la ventana.
«Cuando mueres por alguien, y su pecho deja de latir, no se olvida por un instante los momentos que pasaron juntos…»
En la computadora me saltaba de las manos Mayahuel, una mujer dolorosamente dolida que acabó hecha pedazos por el ataque de una horda de astros enfurecidos.
Dos Leones acabaron vacías, no obstante el ambiente frío que se desplazó sin miramientos durante toda la tarde y más allá del territorio de la noche.
El Macho profundo acabó bocabajeado en la mesa del comedor, quedando a deber la descripción de la escena en tantas páginas cacareada.
«Go west» de Pet Shop Boys. Y aquellos días en que Depeche Mode nos abría paso a todo lugar al que íbamos.
El primer bonzo mexicano de la poesía me atrapó cuando iba en el 50-B, que jugaba carreritas con otro sobre Federalismo queriendo ambos ganarle el paso al tren eléctrico.
El profe hablaba sobre la primera vez que se utilizó el término sociolinguística mientras en el pasillo de la facultad un niño era perseguido por su papá; nunca lo alcanzó.
«¿Qué hace Yuri ahí?», fue la pregunta. «Ésa me gusta», fue la respuesta. Esto bien cabe en aquello de los placeres culposos, pero en los extremadamente culposos.
El Espigadito llamó al celular. Hablamos un buen rato sobre el fucho –como él le dice al futbol–, también sobre los días idos y las cosas que se pueden hacer en los días por venir.
El Coyul, mientras tanto, al tiempo que atendía su clase de ética y legislación de medios, dejó deslizar que si la chaparra le aguanta el genio se amarran el próximo año.
La jornada acabó viendo los pininos de una falsificadora profesional: el esmero y la terquedad quizás tengan pronto mayores beneficios.
La tarde-noche de ayer transcurrió sin más soliloquios que el de la lluvia y su intermitencia…
03/09/2007
Malos olores

El tema de los malos olores es algo que no se acaba nunca, pues de estas aromáticas manifestaciones podemos encontrar en numerosos lugares. A saber: en el transporte urbano –el sitio más común–, lugares públicos como restaurantes, cines, pasillos comerciales, terminales de cualquier tipo de transporte, mercados, tianguis, y un sinnúmero de lugares imaginables e inimaginables.
Ahora, estos malos olores pueden ser producto de otras tantas variantes: agua estancada, desechos propios del ser humano vertidos en lugares impropios, comida echada a perder o contaminada, animales muertos dejados a su suerte, flores o plantas pisoteadas, etcétera.
A propósito de esto, ¿a quién no le ha pasado, al viajar en camión, que un olor no muy agradable –algunos de dudosa procedencia– flota en el ambiente?
Éstos, a su vez, también pueden tener su origen en amplias posibilidades: que la unidad de transporte no haya sido aseada en mucho tiempo –algo muy común–, algún viento que se cuela por la ventanilla abierta al pasar por un canal o fábricas que despiden fétidos aires, o en los mismos usuarios que, a su vez, también pueden ser producto de otras tantas variantes: falta de baño, falta de higiene bucal o nada de ungüentos bajo las axilas, la presencia de algún borracho o vagabundo, pies con profundo aroma nauseabundo, o que –perdonéseme lo siguiente– alguien se haya aventado un flato, un pedo, un pum, una pluma, o como se dice vulgarmente, un eructo por el trasero. Cosa, por otro lado, también bastante común.
A este respecto, recuerdo la anécdota de un amigo común del Chato y un servidor, que sabía leer las cartas pero temía morir víctima de sus propios vaticinios, de quien ni siquiera ya recuerdo el nombre. El asunto sucedió así: Él viaja en un minibús, junto a la puerta trasera; el camión iba atascado –como decimos acá en Guanatos– y como llovía, ventanillas y puertas iban cerradas herméticamente. En eso, alguien se echó un pedo tan oloroso, «tan putrefactamente oloroso» –así lo dijo nuestro chompa–, que él, a quien todavía le faltaban algunas 20 ó 30 cuadras para llegar a su destino, tuvo que echar mano del ingenio para sacar aquel aroma de la unidad: se dedicó por algunos minutos a aspirar fuertemente el pedo y abría la ventanilla para echarlo fuera. Es decir, él se lo «tragó» todo.
«Veamos. Un pedo es una emanación de gases, generalmente malolientes y cuyo sonido o voz, por hábito discorda en toda formal situación; como opinión no pedida podría también caracterizarse al susodicho cuesco»
«Sobre el pedo. Vicisitudes e implicaciones»
Ignacio Betancourt, Ajuste de cuentos
28/08/2007
El domingo pasado, en el Sacamecate

En las primeras horas del día, el agave, con el rocío, semeja una criatura salida de las mismas entrañas de Mayahuel, la mujer endiosada de la región tequilera, símbolo de la fecundidad de la tierra, que al convertirse en maguey brindó a los mexicas los dones necesarios para sobrevivir porque también es madre de los cuatrocientos conejos, los cuatrocientos dioses de la embriaguez. Mayahuel deriva del mayahual –centro del maguey cercado por las pencas entrelazadas y se refiere a los brazos que florecen–.
Antes, entre las tres y las cuatro de la mañana se sucede una cadena de sonidos en las plantaciones de agave; se trata de un ruido semejante al de las palomitas cuando revientan en el horno de microondas: son las plantas de agave, de las que brotan nuevas pencas, que luego han de formar sus «hijuelos». Una sinfonía natural de arpegios al aire.
Del agave, por si cae por aquí algún lector ajeno a estas tierras, sale el «vino mezcal de tequila», como lo llamaron los primeros que lo produjeron en los primeros años del s. xix; el tequila, esa agua de miel destinada a los dioses que salpica de rocío y enciende las entrañas.
27/08/2007
«Quiero 500»

Se escucharon unos fuertes toquidos. La sobremesa se vio, por un instante, interrumpida. Don David la reanudó diciendo que para curársela había una receta infalible: «Antes de las once no hay que tomar nada; a las doce, hay que tomar una, y la una empinarse doce». Los toquidos de nuevo irrumpieron en el pasillo y se montaron sobre las carcajadas producto del chascarrillo de don David. Alguien entraba arrastrando los pies. Apareció una mujer de edad avanzada, sólo dos dientes le sobrevivían pendiendo apenas en su boca, llevaba un vestido azul de una pieza, floreado, viejo; la tela era ligera. Llevaba una pañoleta negra y un botecito en la mano; la mujer decía: «500», «quiero 500», «con 500 nada más».
Don David le ordenó a Israel que la atendiera y a la mujer que se retirara, que en un momento su hijo le llevaría lo que quería. La mujer no se movía. Seguía allí, a escaso metro y medio de la mesa donde habíamos estado charlando hacía más de dos horas en aquella cálida casa de Amatitán. Su voz era cascada, dura, que seguía tintineando instantes después de que guardaba silencio. «Quiero 500», «sólo de a 500», volvió a decir antes de hacerle caso a don David de retirarse a la puerta.
Al verla irse, de espaldas, me recordó a doña Panchita, aquella centenaria mujer que vendía dulces en la acera de enfrente de mi casa; ella hacía unos virotitos de canela sabrosísimos, dulces que siempre llegaba yo buscando en cuanto volvía de la escuela. Aunque la mujer no siempre los elaboraba, todos los días los buscábamos con desesperación. Doña Panchita murió hace algunos años, y aquella acera a partir de ahí lució terriblemente sola, abandonada, aparecía ante nuestros ojos como una parte extraña de la cuadra.
Israel salió donde la mujer y le entregó cuatro de «a 500», cuatro monedas amarillosas de 50 centavos, que la mujer echó en su bote y siguió su camino. «Todos los días viene», dijo don David, y se va contenta siempre.
Sí, así como los niños que atesoran como un gran tesoro dos o tres monedas de ínfimo valor. O como Quique, sobrino de la Chica Azul, que dice que tiene 3 pesos (3 por el ser el número de monedas) aunque tenga 5 (dos de a 2 y una de a peso) o 1.50 (3 de a 50 centavos); él tiene 3 pesos y no hay quien lo saque de ahí.
23/08/2007
Ayer, en un café

Por encima del periódico, su mirada invariablemente se perdía en un rincón. Unos cuantos pasos más allá, de una esquina descendía aquel jazz melancólico a ratos y relampagueante en otros movimientos.
Sus largas piernas, que terminaban en sandalias con adornos de colores pardos, se cruzaban y descruzaban cada cierto tiempo; y la mirada se sumergía y emergía mientras tanto.
La lluvia parecía un espectáculo sordo más allá de los gruesos cristales de la cafetería en aquel momento atestada de conversaciones y pies diligentes en busca de mesa.
La mujer, no rubia a fuerzas ni tampoco morena quedito, desde su atalaya, llevaba su pelo de un lado a otro, y su rostro por momentos, con la luz directa de las lámparas y matizada por aquel oleaje gris que se colaba de la calle, adquiría un semblante taciturno, apagado.
En un descuido el periódico se le fue de las manos y éstas tropezaron con el café; apurada, antes dio un rápido vistazo alrededor, recogió el pliego y enderezó el vaso térmico que no derramó el líquido.
Una vez más clavó sus ojos en aquel rincón; parecía seguir la música y extraviar la lectura, aunque también parecía esperar algo. Toda ella se dirigía a una concentrada erupción.
Al poco rato, mientras ella fingía leer, del rincón donde dejaba sus ojos salió un tipo que ni la miró ni se detuvo en su mesa, iba del brazo de una morena que sí le dedicó un desdén monumental, pero aquél ni pareció notarlo.
Segundos después la mujer largó el periódico y apuró su café; abandonó el lugar cuando el último solo de jazz se dispersaba por encima de las cabezas y salía a la lluvia cuando ella abrió la puerta.
La miré irse por la misma dirección que había tomado la pareja. Volví a mi lectura y le pedí a una de las dependientas que retrocediera la última pieza del disco que recién terminaba…
06/08/2007
¡No hagas ruido...!

«Nadie está libre de decir necedades; el mal consiste en decirlas con pompa… Esto no va conmigo, que digo mis tonterías tan neciamente como las pienso»
Michel de Montaigne, Ensayos III
El ruido se ha convertido en una forma de agresión. Mucho se ha hablado de la contaminación auditiva, sobre todo lo referente a ruidos provenientes de automotores, fábricas, centros de diversión que cierran sus puertas a altas horas de la noche, etcétera; incluso, en tiempos recientes, a los ruidos que provocan las fiestas patronales de los templos: juegos mecánicos y pirotécnicos, principalmente los cohetes que lanzan al cielo en horas muy tempranas y cada cierto tiempo, como si de un bombardeo dosificado se tratase, cuyo objetivo es acabar con el sueño y el descanso.
Hay que reconocer que el ruido es un ingrediente más de la convivencia moderna, del trabajo y el trato entre nuestros semejantes. Es casi imposible pretender, a estas alturas, vivir sin ruido en una ciudad como la nuestra. El asunto se agudiza si consideramos, entonces, que el ruido nos es indispensable en algunas cuestiones más terrenales que de otra índole. ¿Se podría regular el ruido, así como se hace con el agua o la energía eléctrica? ¿Es el ruido una energía conducente? ¡Carajo! Me temo que no. Pero sí se podría asumir una actitud de respeto hacia las opciones de todos. Y en Europa, por ejemplo, ya se prepara una Ley del Silencio.
Mi confrontación con el ruido a últimas fechas se ha encarnizado por cuestiones vecinales: la calle es un espacio, sin dudarlo, en el que se puede transitar a cualquier hora que a uno le plazca, ¡pero que los niños y los adultos platiquen a voz en cuello pasada la medianoche y entre semana me parece una actitud poco menos que considerada! Más de una vez he pensado que esos chamacos son niños huérfanos, que han tramado impedir a toda costa que aquel que se acuesta pretendiendo descansar porque al siguiente día hay que ir con toda la disposición al trabajo, acabe revolviéndose entre las sábanas peleando contra los fantasmas de la duermevela y el insomnio. (Maldita sea, si hasta el zancudo más sigiloso se une a ese ejército de “nodejesdormiranadie”)
Y si a esto le sumamos que los vecinos de al lado –que recién se han mudado– son empedernidos fiesteros, amantes del borlote y la música a todo volumen, con tragos de alcohol empinados con embudo y fieles fanáticos del karaoke con berridos y vomitadas incluidas, la cuestión se ha vuelto francamente intolerable: sus fiestas acaban a las cinco de la madrugada casi cada semana. Y aquí, lo creo ferréamente, no se trata de discutir si uno vive amargado o no, sino de tener la mínima disposición para acabar la fiesta a una hora moderada, tipo una o dos de la mañana, y más si se considera que el argüende comienza pasadas las seis de la tarde anterior. ¡Carajo!
Ahora, la cuestión es discernir si se habla con ellos –toda la cuadra casi– o si de plano uno se limita a levantar el teléfono y pedir una patrulla que imponga el orden. ¿Hasta dónde se puede proponer una convivencia vecinal cuando nuestros semejantes se empeñan en levantar una barrera que impide cualquier atisbo de conversación o trato cordial? Lo dicho: el ruido, con estas características y otras más, se ha vuelto una forma de agresión.
01/08/2007
Una década

Hoy, mi padre cumple diez años de haber muerto, tras un accidente automovilístico.
El hombre –Vicente– que describe Jesús Gardea en la novela «El sol que estás mirando», se parece en demasía a como era mi padre, sobre todo en su proceder para con su hijo David; es por ello que quise anotar este inicio de un capítulo de la novela. Vayan estas palabras como un recuerdo para él.
«Mi padre me llamó con un grito. No quise ir solo. Mi hermana y yo estábamos jugando y le pedí que me acompañara. En el camino me detuve para echarme unas piedritas a la boca. Los otros niños decían que eso daba buena suerte. Mi hermana me imitó.
—Tú no tienes necesidad, Fernanda –le dije.
—Sí. Así te ayudo.
Cuando llegamos donde se encontraba mi padre, Fernanda corrió luego a ponerse a su lado. Desde allí me lanzó una mirada triste, de compasión.
—Nada de lloriqueos –me advirtió mi padre.
Con él estaban los dos hombres que se habían pasado la mañana y parte de la tarde escarbando en el patio en busca de varias fugas de agua en la tubería. Uno de ellos fumaba sentado sobre un montón de tierra húmeda. El otro, cerca de mi padre, se examinaba, aparentemente desentendido, la palma de una mano. El que fumaba se parecía mucho a Leandro, el amigo de la casa.
Todavía estaba el sol alto en el cielo. La cabeza rubia de Fernanda ardía como un fuego manso. Miré hacia la bodega. Pensé en mi madre y deseé que entonces apareciera. El hueco que sentía en el estómago me iba creciendo. Mi padre tenía muy mala cara.
—¿Tú hiciste esto? –tronó por fin.
No supe qué contestar. Estaba solo, alejado de todos. Los poderes de mi padre me habían oscurecido.
—¡Responde!
Entonces vi lo que traía en la mano.
—Sí –dije, pero con una boca que no era la mía, sino la del miedo.
—¿Por qué? –volvió a tronar. Luego, se dirigió al hombre que tenía más cerca, el de la palma abierta, y le dijo.
—A ver, maestro Bastida, tráigame por favor el resto.
El hombre se dio media vuelta y fue y trajo un envoltorio de papel periódico no supe de dónde.
—Póngalos en el suelo –le dijo mi padre.
—Sí, don Vicente.
—¿Cómo cuántos serán, maestro?
—Quince, sin contar el que usted tiene.
—¡Quince!
—Dieciséis, don Vicente.
Yo ya no le veía la cara a mi padre, pero sí a mi hermana, que chupaba afanosamente las piedritas.
—¿Cuándo fue? –me preguntó mi padre.
—No me acuerdo.
Mi padre avanzó un poco hacia mí. Tenía unos pies grandes. Casi siempre traía arrastrando la valenciana de los pantalones y se la mordía al caminar. Esa tarde sus zapatos estaban manchados de lodo en la punta.
—Levanta la cara –me dijo– y óime bien.
Fernanda entonces regresó a mi lado. Se colocó entre mi padre y yo.
—Esos soldaditos a los que les arrancaste la cabeza y enterraste…»
Jesús Gardea, «El sol que estás mirando», fragmento
(Otro día ahondaré en la obra de Gardea).
17/07/2007
Se ha ido una

El domingo, que transcurrió bajo un sol extendido como un ancho mar, tras una agonía en que me vi impedido a actuar, murió una de las nenas. Por exceso de agua, dijo la Chica Azul. Y yo agrego que, paradójicamente respecto a ese día, le hizo falta luz.
Lo que ahonda en tristeza esta situación es que esa nena había sido un regalo de unos amigos muy queridos: ¿con qué cara habré de decirles, simple y llanamente, que murió?
Por otra parte, inevitablemente traje a la memoria aquella pata de elefante que se secó en el departamento de la Consti-rock, y la planta extraña de la que nunca supimos su nombre.
Con todo, sobreviven todavía cinco nenas más, radiantes y abiertas como la mariposa que se detiene un instante y se prolonga en el espacio.
13/07/2007
Ni mechones ni peluqueros

Es verdad, me estoy quedando calvo. Un calvo prematuro. Quién lo dijera. Y me niego a llegar a verme como esas personas mayores –porque no lo soy– a las que les brilla el centro de la cabeza todo el tiempo, y no precisamente por sus ideas. Hace algunos años me di el lujo de llevar el cabello largo, un poco más abajo de los hombros. Hoy, sólo unos cuantos cabellos sobreviven al paso del tiempo. Es herencia familiar esto de la calvicie, aunque mi padre no llegó a serlo así totalmente. Con todo, creo que en mí se agudizó el asunto, porque a mis tres hermanos mayores no se les cae el cabello como a mí. A mis entradas, ya les dicen salidas, y aquella frase chistosa que Delgadillo pronunciara en el concierto de Febrero 13, también me acomoda: «…para alguien que tenga tres dedos de frente… Yo tengo más».
De mis hermanos, el más grande siempre se ha peinado, desde que recuerdo, del mismo modo; el que le sigue, lleva una gorra todo el tiempo, para cubrir sus marcadas entradas, y del que yo sigo sí se puede hablar de entradas bastante pronunciadas, pero su cabello es tupido y ensortijado, parece una madeja enredada con desgana.
A propósito de peinados, recuerdo que Daniel, siendo más chico, decía: «Mi papá se peina de puentito», y todos nos carcajeábamos. No sé si algún día llegue a olvidar aquella imagen que todavía hoy me causa extrañeza: mi padre tenía un modo muy peculiar para peinarse. Los cuates del barrio, lo recuerdo bien, decían que ése era «un peinado de tres picos». En realidad, nunca pude seguir la trayectoria de su pelo: la raíz aparecía por un lado pero nunca su final. Era como una enredadera. Al levantarse, siempre temprano, antes que el sol, lo primero que hacía era peinarse: frente al espejo del baño exprimía sobre su cabeza un limón y luego lo arrojaba al piso. Sacaba su peine de su bolsa trasera y comenza ese proceso que se me sigue antojando difícil: de un extremo a otro de su cabeza delineaba su cabello, y entre estas líneas se elevaban tres picos, uno al centro, más elevado, y otros dos en los costados, mucho más pequeños.
¿Dónde aprendió a peinarse así? No he visto jamás algo parecido en esos catálogos que pueden hojearse en las estéticas o peluquerías mientras espera uno su turno. ¿Habrá visto ese peinado en algún otro lugar, en alguna otra cabeza? O ¿fue una invención suya? De ser así, podría hablarse de un innovador real, que, huelga decirlo, hoy no hay quien siga esa moda, no hay discípulos que prolonguen su concepto de comodidad. Quizá esa estética suya era producto solamente de la cantidad de pelo que tenía. Él no usó jamás sombrero ni gorra, todos los días su peinado estaba ahí, intacto, desafiante ante vientos y lluvias.
Al final del día, algunos cabellos rebeldes se desprendían del yugo limonesco y semejaban resortes recién disparados de un colchón viejo: adquiría un aire de científico loco, pues no trataba nunca de alisarlos, y alguna vez le escuché decir que uno debía peinarse una sola vez al día. En el fondo, en aquel peinado suyo había algo de inventiva, de rebeldía ante lo común, de trabajo bien hecho.
Si me llega el momento de una calvicie casi total –unos cuantos cabellos dispersos nada más–, he dedicido que nada de sombreros, gorras, pañuelos y mucho menos peluquines, optaré por raparme o rasurarme el cráneo.
12/07/2007
Maquilando cultura

En estos tiempos en los que casi ya todo tiene un precio, no resulta sorprendente, aunque sí arriesgado, que también a la cultura se le convierta en un objeto vendible. Hace algunos años, la Organización Mundial del Comercio (OMC) recomendó a los países tercermundistas que poseen riqueza cultural y gran cantidad de recursos naturales, que «les pongan precio», a fin de que la generación de divisas producto de estos rubros, los puedan sacar, en un futuro, del subdesarrollo.
En México, es bien sabido, contamos con una amplia gama de recursos turísticos y culturales, tales como ciudades y pueblos enteros con tesoros arquitectónicos, expresiones y monumentos históricos; numerosas comunidades indígenas con lengua natural y expresiones particulares, peculiares modos de vivir y producir para la supervivencia; pueblos que son depositarios de leyendas, rituales propios y costumbres ancestrales; fiestas patronales y herencias gastronómicas muy antiguas. De tal modo que organizar tal cantidad de «objetos culturales» en un catálogo, para ponerlos al alcance del mejor postor, resultaría una tarea titánica y descabellada, porque es indudable que el patrimonio cultural puede generar una ganancia determinada, pero también habría que considerar que si se busca darle otra dimensión a la cultura y al turismo, se debe procurar que tales dividendos lleguen a las manos de quienes son poseedores de practicar, resguardar y transmitir esa herencia cultural que define nuestras raíces de pueblo mestizo.
La reciente elección de la ciudad imperial de Chichén Itzá como una de las «siete nuevas maravillas del mundo» se inscribe en esta lógica de comercializar la cultura, de prostituirla, si lo dijéramos descarnadamente. En el trasfondo de esta situación se perciben señales que pueden considerarse graves en cuanto a la defensa y conservación del patrimonio que es de todos los que habitamos este país: el asunto de la elección obedece a mezquinos intereses monetarios, de ávido reconocimiento internacional –hay que figurar en la larga fila de países, la globalización lo exige así–, de que se nos sitúe en el mapa del mundo, de que, como lo dijo El Chipotes hace días, incluyan nuestro nombre en algún libro de Historia Universal.
La cultura se vende, se comercializa, se vuelve espectáculo decadente cuando, hay que decirlo, debiera ser al revés: que no se concibiera como la cultura del espectáculo, sino como el espectáculo de la cultura, que también atraería miles de miradas hacia lo que debemos considerar un tesoro que no se puede exponer a una invasión bárbara de turistas ansiosos de pisar la mágica tierra de Chichént Itzá, como de tantas otras joyas de que disponemos en este país, a riesgo de que se le maltrate o se banalice su real significación.
Quizá, como bien lo apunta Carlos Emiliano Vidales en un texto que subió a la red mi buen amigo Pablo, lo más aberrante de este asunto sea la participación de la sociedad –tú, yo, nosotros, ustedes, ellos–, millones de incautos mexicanos que lo único que hicieron al responder al llamado fue contribuir al ya de por sí enorme caudal de un magnate suizo, quien tuvo la genial idea de lanzar la propuesta de la que la UNESCO (el organismo regulador de este tipo de patrimonio, con reconocimiento internacional) se deslindó totalmente.
No hay que pretender ser la ventana del mundo, sólo basta con correr las cortinas y, con toda parsimonia, asomar a la calle.
05/07/2007
Miradas

A menudo, cuando viajo en camión o en tren eléctrico, en el trayecto más de una mujer saca de su bolsa, mochila o morral un pequeño espejo para revisar si no se ha corrido el rimel, para aliñarse el pelo, para polvearse las mejillas, para corroborar que sus pestañas no han bajado su telón, para (re) pintarse los labios, para comprobar que sigue tal cual salió de su casa o lugar de trabajo.
Sucede otro tanto cuando voy manejando: en los altos tengo la costumbre de mirar a ambos lados y constantemente descubro que alguna mujer se está mirando en el retrovisor o en el espejo que algunos autos no sé si para ese expreso fin han puesto por encima de las cabezas del conductor y del copiloto.
En los aparadores de esas tiendas que lucen enormes cristales también puede descubrirse a alguna mujer mirándose, arreglándose el cuello de la blusa, el plisado de la falda o la línea perfecta del planchado del pantalón, o comprobando simplemente con agrado su delgadez o descubriendo con alarma su ligero aumento de kilos.
En los lugares públicos como cafés, restaurantes, teatros, salones de conferencias, museos, bares, cines, estaciones de autobuses, aeropuertos o líneas de ferrocarril, es casi una acción infaltable que la mujer se excuse para dirigirse al baño: las más, lo han confesado así, acuden a mirarse al espejo, ya sea para dar un retoque al maquillaje o cuidar el acabado del peinado. Todos los casos anteriores también aplican para algunos hombres.
A propósito de todo esto, una compañera de la oficina va una y otra vez al baño durante el horario de trabajo. El otro día dijo que sólo entra a verse en el espejo, y agregó que no le basta el que lleva en su bolso ni los retrovisores de su auto porque le gusta verse de cuerpo entero.
Con todo, me pregunto que habrían hecho todas estas mujeres –incluida mi compañera y también los hombres que tienen la afición de mirarse varias veces al día en un espejo– en el siglo XVI, cuando el espejo era costoso, muy poco común, y para colmo tenía que importarse de Venecia. Es decir, se trataba de un objeto que bien podía hallarse en los cofres que traficaban los piratas. En esa época sólo las clases acomodades tenían uno –no dos o tres–, y no una luna, sino sólo un pequeño rectángulo, que se le situaba encima de una palangana para que los hombres pudieran afeitarse. El espejo para verse de cuerpo entero no comenzó a fabricarse sino hasta 1880, y lo podía adquirir sólo la burguesía.
Hoy es un objeto tan banal, tan fácil de encontrar y comprar que, incluso, algunos se dan el lujo de romperlo; aunque, dice la voz popular, quien lo hace se acarrea siete años de mala suerte. Pero esto, como solía decir Tiluy cuando se daba largueza para contar sus aventuras que acababa entremezclando, es harina de otro costal.
04/07/2007
Luciérnagas

Mientras bebíamos cerveza en una casa alejada de la ciudad el sábado por la noche, se soltó un aguacero. En un rato parecía que el cielo se precipitaba como un condenado hacia la tierra. Y sobrevino lo que nunca sucede en este país cuando llueve –o sin lluvia–, se fue la luz. A oscuras, con unas velas dispersas por toda la terraza, y algunas lámparas de mano, seguíamos en la guaguara: sin música, sin vernos los rostros, pero a sabiendas de aquí estábamos y nuestras figuras eran más sombras que cuerpos vivos, iba transcurriendo la velada. De pronto, dos luciérnagas rompieron el velo oscuro que nos cubría, dos luciérnagas que comenzaron a bailar por sobre nuestras cabezas, dos luciérnagas que no paraban de moverse, dos luciérnagas que yo hubiera querido atrapar con mis manos, pero ni lo intenté ni creo que ellas se dejarían. Eso me hizo recordar aquel parentesco entre las luciérnagas y los relámpagos: ambos aparecen y desaparecen de un momento a otro, ambos iluminan el espacio que ocupan, ambos siempre son la abertura de un nuevo horizonte ante nuestros ojos, ambos son más poesía que otra cosa. Las luciérnagas, por un tiempo, han querido ser relámpagos; éstos, en cambio, nunca han querido ser luciérnagas, pero bien pudieran parecerlo si se lo propusieran.
...Maga, en tiempos de aguas las luciérnagas no vienen a menudo; cuando se asoman, responden, eso sí, las preguntas que tengo para irla pasando
A veces acontece que los relámpagos combaten con las luciérnagas...
Cuando la lluvia irrumpe no hay posibilidad de ver más allá de las ventanas; a lo lejos, cuatro luciérnagas le dan alcance a igual número de relámpagos, se montan en sus lomos, los doman apenas
...las luciérnagas que luchan cuerpo a cuerpo con los relámpagos me son insuficientes, y no queda más que dormir al acecho, con los ojos puestos a ambos lados de la calle...
Los relámpagos, filosos, se arrastran por el suelo; no hay luciérnaga alguna que los distraiga más...
En un último momento, la danza de una luciérnaga ha corrido de mano en mano sobre las azoteas de la ciudad...
(Fragmentos, “Carta a la Maga”)
28/06/2007
Sofía

«Sólo morir permanece como la más inmutable razón…», León Gieco
Sofía era una niña de siete años. Vivía con su madre al sur de la Bretaña, en Francia. Su madre, una mujer de 35 años, por cuestiones de sobrevivencia tenía que trabajar. Dejaba a su pequeña en la escuela y se marchaba a su empleo. Sus vidas transcurrían en la más llana cotidianidad, que se vio rota cuando cierto día la niña desapareció. Al llegar del trabajo su madre se percató de que Sofía no estaba en casa. Se dio a la tarea de buscarla, con la ayuda de algunos vecinos, agentes policiales y voluntarios de protección civil. Dieciséis horas después Sofía apareció. Muerta. La policía la encontró a las orillas de un río cercano a su escuela, bajo un puente que servía de escondrijo para maleantes. La noticia conmocionó a ese departamento francés primero, y a toda Francia después, en cuanto los medios divulgaron el hecho. Los informes de la policía arrojaron que Sofía no había sido violada, pero sí que alguien le apretó su endeble cuello hasta que ya no respiró más. Sofía cursaba el segundo grado de nivel básico, apenas había deletreado algunas letras y un sujeto enfermo ya le había leído, con los ojos fijos de odio, toda la historia de su vida en unos cuantos segundos.
Tras diez días de aquel suceso, la niña no había sido sepultada ni incinerada ni nada. La cuestión: su madre y su padre (aparecido en cuanto se enteró de la muerte de la niña) se disputaban ante un tribunal el derecho a hacer de sus restos lo que mejor les pareciera: ella pretendía darle sepultura en un panteón católico en la localidad donde vive su madre, la abuela de Sofía; él, de religión musulmana, quería llevarla a una mezquita e incinerarla.
¿Cuál de los dos se habrá salido con la suya? Lo desconozco. Mas lo preocupante son las disputas estériles en las que a veces nos enfrascamos. Sofía murió. No. Sofía fue asesinada. ¿En una mezquita o en un pantéon cristiano, al fin, ella encontró a alguien o algo que la pudiera liberar de aquel tipo que le apretó el cuello hasta que sus ojos, rasantes de miedo, de impotencia, de lágrimas, de dolor, de terror, de incomprensión, de incertidumbre, se detuvieron en el tiempo? La vida no siempre es una rueda de la fortuna. Pero la muerte siempre será la última rueda a la que nos subamos.
(Esta noticia fue publicada en un periódico francés en 2003.)
27/06/2007
En estos días....

«En estos días, todo el viento del mundo sopla en tu dirección… Los mares se han torcido con no poco dolor hacia tus costas, la lluvia dibuja en tu cabeza la sed de millones de árboles, las flores te maldicen muriendo, celosas»
(Silvio Rodríguez, «En estos días»)
En estos días hace frío. Pero se trata de un frío que nos empuja al cobijo no por su crudeza, sino por su extraña calidez. No hay mejor clima que éste, dice la Chica Azul. En estos días llueve, a cualquier hora, lluvias fuertes o lloviznas, y se antoja meterse en la cama, o mirar, enchamarrado, por encima de las casas. (En estos días he recordado aquella vez en que en Tapalpa, trepado en el tapanco de una cabaña, miré el rojo de los techos resistir una tormenta por dos horas con la compañía de Susana, que estuvo todo el tiempo en silencio.) En estos días estoy aprendiendo a cuidar a «las nenas», como las llama la Chica Azul, y creo que no soy tan malo, lucen radiantes y hermosas apenas abro la puerta de la calle. En estos días también estoy aprendiendo a sortear mis manías y malas costumbres para no entorpecer el flujo de la cotidianidad que, por ser cotidiana, no trae precisamente lo mismo todos los días. En estos días he recordado particularmente a aquella mujer –llevaba vestido y zapatillas, después supe que no tenía nombre– que bailaba sola sobre las aceras mientras un chubasco la azotaba, su vestido acabó confundido con su piel; yo estaba sentado comódamente en un café, con un frío exquisito, sorbiendo un humeante americano –que, valga aquí la aclaración, ni es americano ni lo acostumbran los estadounidenses–. En estos días no hace falta desear mucho: lo que hay al alcance de la mano es suficiente para mirar la lluvia desde el otro lado, cuando todo lo mojado se vuelve abrazable. En estos días sobrevino el cumpleaños de la Chica Azul, un día que se abrió como el cielo cuando las nubes grises, con vientre bultoso de agua, se alejan para mostrar una claridad no vista antes. Al final, la lluvia coronó su risa y su esperanza en agua. En estos días siempre me hago el propósito de leer y leer más, de escribir y escribir más, de saber estar como lo hace el mar, que sabe estar en todo lugar; de ese mar en que uno se sumerge para fundirse en la vastísima paleta de colores que se despliega en un ofrecimiento que no puede rehusarse. En estos días no es posible correr cuando la lluvia se desata: hay algo que me ata al suelo, que me obliga a permanecer ahí detenido, de pie no obstante sentir el agua que va cuerpo abajo. En estos días he escuchado con particular renovado los discos de Silvio que sobreviven en casa. (A propósito –sin querer ser esnobista y alejado de toda pretensión culturosa–, alguna vez alguien me dijo que se parecía a Arjona; nublado por mi molestia y rabia por esa –así la considero– vil comparación, no pude hacerle notar que la primera diferencia entre ellos es suficiente para abismar uno de otro: Silvio compone historias –ya se sabe, se cuenta algo, con nudos climáticos y una conclusión que carece de estribillo pero es contundente, todo con un tono sumamente poético– y Arjona sólo escribe –su historia casi siempre es un lugar común y no rescata más que clichés ya citados hasta la saciedad por un sinnúmero de plumas–.) En estos días he redescubierto mi antigua afición por los días lluviosos, más allá del tinte melancólico que no se les puede desprender, éstos siempre vienen con un lomo en el que se puede escribir lo que se antoje. En estos días vino a mi mente aquel personaje del barrio de mi niñez: todos los sábados, empujando un carrito azul, pasaba por la calle vendiendo gorditas y puerquitos; aquel aroma que escapaba de la envoltura me ha rondado últimamente. En estos días hay cabida para todo lo que no ha tenido lugar antes.
Uno de estos días saldré a los charcos, a meterme en ellos…
25/06/2007
Otra de arena

“Cada aficionado encuentra en el partido un placer o una perversión a su medida”: Juan Villoro
Dice Juan Villoro que en México estamos acostumbrados a perder en muchas cosas, quizá se trata incluso de una vocación; pero de un tiempo para acá estamos adquiriendo una nefasta costumbre: perder en futbol con Estados Unidos (será la única vez que lo nombre aquí).
El futbol, digámoslo así, no es el deporte nacional, sino el único deporte que congrega multitudes, multitudes tan dispares y amorfas en ocasiones. Y estas multitudes ven contrariada su semana si al inicio de ésta –el domingo– el equipo de sus amores pierde en la cancha. Más allá de querer hacer aquí leña del árbol caído, mi pretensión es establecer por qué si México pierde, el país entero se sume en una especie de depresión que incluye el ecuador. Ya se sabe que en este deporte de las patadas se corren dos riesgos al aficionarse o al simplemente verlo como un pasatiempo dominical: si el equipo en el que están puestas las esperanzas carga con la derrota, eso dejará un resabio amargoso en nuestra disposición; caso contrario si se lleva la victoria, pues hasta cantantes noveles nos volvemos y lanzamos nuestros gorgoritos no sólo bajo la regadera. Y esto incluye a aficionados y a no aficionados, pues cuando juega México, se dice comúnmente, jugamos todos. Dicen los comentaristas versados y no tan versados, que México, al verse abajo en el marcador o alcanzado, se achica, se empequeñece, a esto obedece aquellos motes futboleros tan en boga años atrás: la Decepción Mexicana, los ratones verdes, el equipo del ya merito... Y, lo lamentamos, eso pudo haber sucedido en el partido de ayer.
Mientras miraba dicho juego, Godiva (así la llamaré) hacía comentarios de este tipo: antes de que acabe el primer tiempo el equipo contrario anotará un gol (como se sabe, resultó al revés, así que no dudé en espetárselo en la cara). Después continuó: en el segundo tiempo el otro equipo empatará, los mexicanos se van a ir abajo en su ánimo y el otro equipo anotará el 2 a 1 y ganará. Incluso porras a medias estuvo lanzando. Cabe aclarar que Godiva se confiensa aficionada mexicana, el asunto es que –así lo pienso yo– se niega a soñar, se niega a poner sus esperanzas en un equipo que –está convencida– le va a fallar, así, si ganan, ve con más beneplácito la victoria y, de paso, le callan la boca, más o menos esto argumentó (palabras más, palabras menos). Godiva, finalmente, acertó al resultado final, y para colmo se lamentó el no haber apostado, porque tuvo un doble acierto: en el ganador y en el marcador.
Cabe preguntarse qué se pretende con aquello de buscar no decepcionarse: ¿se puede ser aficionado a algún equipo, si se apoya al otro en un partido decisivo?, ¿qué clase de satisfacción es ésa en que al final de juego el aficionado se congratula de haber tenido razón en que su equipo perdería, y que asumió esa posición contraria para que al final del juego la derrota no lo desanimara?, ¿es mejor la comprobación de una fría tesis que haberse atrevido a soñar y a confiar aunque al final no se lograra nada?
Supongo que, como lo asienta Villoro, cada quien mira el partido desde su particular butaca, y es indudable que Godiva lo vio desde la suya, blindada por los cuatro lados por supuesto. En cambio, miles de aficionados en este país se ajustan a esta frase del mismo Villoro: “El aficionado in extremis lleva una pelota entre los oídos. Rara vez trata de defender lo que piensa porque está demasiado nervioso pensando en lo que defiende”. Quizá yo esté incluido en este apartado.
18/06/2007
Mis escrituras del mar

“Lo más impresionante del mar es ser el mar...”
(Eduardo Casar)
Hace algún tiempo, sentados en la arena, con las olas lamiéndonos los pies, alguien me preguntó qué sentía cuando estaba frente al mar; no recuerdo cuál fue mi respuesta en ese momento, pero si hoy me lo volvieran a preguntar, mi respuesta sería ésta más o menos: tendría que traer el mar y extenderlo sobre el muro que está detrás de mí, mirarlo por un buen rato y entonces sí, dar una respuesta que tuviera que ver con aquello de que el mar siempre está con uno, aunque no se haya visto ni una sola vez siquiera...
Esa noche había una noche en tus hombros
fue una noche en que quiso llover
en que el cielo se me figuraba un renglón de palabras
aleteando
tras de mí, sin ser apenas llovizna
Las soledades se asomaron curiosas
y se fueron sin respuestas,
cabizbajas
La noche olía a mar
Nocturnamente, casi al final toqué tierra firme
las olas ya no pudieron
abrirse
pero sí sus labios fríos
El mar se me figuraba un montón de cielos
claroscuros, y yo inventé otra noche
para morir
(Fragmento de “Esta noche huele amar o a mar”)
(En post posteriores reseñaré dos cosas que ayer domingo 17 de junio me sacudieron: me he arrojado en parapente en la sierra de Tapalpa y vi un filme de Gaspar Noé –el mismo director de “Irreversible”–, titulado “Solo contra todos”, una película difícil de digerir, violenta, pesada psicológicamente).
