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Vengo del corazón a mis trabajos

La vuelta atrás

La vuelta atrás



A menudo me pasa que no quiero decir algo, y acabo diciéndolo. Pero no culmina ahí la cosa. Resulta que eso que dije implica consecuencias que algunas veces se me escapan de las manos –así como la palabra que no quería decir.

Si el asunto tuviera ahí su conclusión, no habría, no por decir lo menos, mayor problema que resolver. Pero tras lo dicho es difícil la vuelta atrás, retornar sobre los mismos pasos o simplemente sacarle la vuelta, no siempre es sencillo –y más teniendo en consideración que me cuesta trabajo pedir disculpas.

Aquí cabría otra consideración: ¿hasta qué punto uno puede volver a atrapar todas las palabras que dice?, ¿es posible desdecirse y que la cosa no pase a mayores? Me temo que la respuesta para estas dos preguntas se resume en una sola: lo que se dice cumple su cometido y éste no puede deshacerse.

Hace días le dije a la Chica Azul una frase que, en primera instancia, la pronuncié seguro de que estaba haciendo una broma. La reacción de ella me hizo comprender que ese tipo de cosas no pueden ser bromas, sino sólo actitudes o pronunciamientos de mal gusto.

La vuelta atrás me fue muy difícil, sobre todo porque en ese proceso me percaté de que me había equivocado –por esa común creencia de que todos piensan como uno–, y eso acabó por enojarme.

Las palabras son como espadas, lo dijo alguna vez alguien; pero lo importante quizás no es eso, sino que, como toda espada, está destinada a rasgar cualquier objeto, incluso cuerpos humanos. La vuelta atrás, de algún modo, remienda esa rasgadura.

 

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