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Vengo del corazón a mis trabajos

José, mi tío

José, mi tío

 

(Sombreros -2)

 

«No es fácil explicar la relación de un hombre con su sombrero. Es un objeto que siempre va a estar ahí, muy cerca de la cabeza.»

Luis Humberto Crosthwaite, «Idos de la mente»
 

 

El brazo le colgaba como un vestido zarandeado por el aire en el tendedero. Un tractor se lo había destrozado veinte años atrás. No obstante, ese miembro tenía la suficiente fuerza para llevarse a la cabeza su sombrero ancho, café, con tres agujeros perfectos en cada costado. Las correas del sombrero le rodeaban el cuello, siempre de camisa a cuadros, con mancuernas cremas, brillantes; me recordaba a esas películas en que los vaqueros más envalentonados se batían a duelo no sin antes afianzar las correas por debajo de la barbilla y adquirir un rostro duro. José murió semanas después de que su esposa, una mujer que siempre vestía toda de negro, falleciera tras una larga enfermedad cancerígena; en el ventanal que daba al balcón, recostado en la mecedora que habían traído de Florencia, con el sombrero blanco sobrepuesto en la rodilla, José extravió sus ojos en el verdor del cielo allá al fondo de la tarde más quieta que recuerdo.

 

 

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