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Vengo del corazón a mis trabajos

¡No hagas ruido...!

¡No hagas ruido...!

 

«Nadie está libre de decir necedades; el mal consiste en decirlas con pompa… Esto no va conmigo, que digo mis tonterías tan neciamente como las pienso»
Michel de Montaigne, Ensayos III

 

El ruido se ha convertido en una forma de agresión. Mucho se ha hablado de la contaminación auditiva, sobre todo lo referente a ruidos provenientes de automotores, fábricas, centros de diversión que cierran sus puertas a altas horas de la noche, etcétera; incluso, en tiempos recientes, a los ruidos que provocan las fiestas patronales de los templos: juegos mecánicos y pirotécnicos, principalmente los cohetes que lanzan al cielo en horas muy tempranas y cada cierto tiempo, como si de un bombardeo dosificado se tratase, cuyo objetivo es acabar con el sueño y el descanso.

Hay que reconocer que el ruido es un ingrediente más de la convivencia moderna, del trabajo y el trato entre nuestros semejantes. Es casi imposible pretender, a estas alturas, vivir sin ruido en una ciudad como la nuestra. El asunto se agudiza si consideramos, entonces, que el ruido nos es indispensable en algunas cuestiones más terrenales que de otra índole. ¿Se podría regular el ruido, así como se hace con el agua o la energía eléctrica? ¿Es el ruido una energía conducente? ¡Carajo! Me temo que no. Pero sí se podría asumir una actitud de respeto hacia las opciones de todos. Y en Europa, por ejemplo, ya se prepara una Ley del Silencio.

Mi confrontación con el ruido a últimas fechas se ha encarnizado por cuestiones vecinales: la calle es un espacio, sin dudarlo, en el que se puede transitar a cualquier hora que a uno le plazca, ¡pero que los niños y los adultos platiquen a voz en cuello pasada la medianoche y entre semana me parece una actitud poco menos que considerada! Más de una vez he pensado que esos chamacos son niños huérfanos, que han tramado impedir a toda costa que aquel que se acuesta pretendiendo descansar porque al siguiente día hay que ir con toda la disposición al trabajo, acabe revolviéndose entre las sábanas peleando contra los fantasmas de la duermevela y el insomnio. (Maldita sea, si hasta el zancudo más sigiloso se une a ese ejército de “nodejesdormiranadie”)

Y si a esto le sumamos que los vecinos de al lado –que recién se han mudado– son empedernidos fiesteros, amantes del borlote y la música a todo volumen, con tragos de alcohol empinados con embudo y fieles fanáticos del karaoke con berridos y vomitadas incluidas, la cuestión se ha vuelto francamente intolerable: sus fiestas acaban a las cinco de la madrugada casi cada semana. Y aquí, lo creo ferréamente, no se trata de discutir si uno vive amargado o no, sino de tener la mínima disposición para acabar la fiesta a una hora moderada, tipo una o dos de la mañana, y más si se considera que el argüende comienza pasadas las seis de la tarde anterior. ¡Carajo!

Ahora, la cuestión es discernir si se habla con ellos –toda la cuadra casi– o si de plano uno se limita a levantar el teléfono y pedir una patrulla que imponga el orden. ¿Hasta dónde se puede proponer una convivencia vecinal cuando nuestros semejantes se empeñan en levantar una barrera que impide cualquier atisbo de conversación o trato cordial? Lo dicho: el ruido, con estas características y otras más, se ha vuelto una forma de agresión.

 

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