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Vengo del corazón a mis trabajos

Una de vaqueros

De nota roja

De nota roja


Eloísa leyó: «Muere con cabezas deshechas pareja de ancianos». Ése era el título de la noticia. Eloísa rió un poco, casi forzando el gesto; pero continuó la lectura: «La mujer se arrojó del quinto piso del edificio donde se encuentran las oficinas donde trabajaba su marido porque éste había decidido marcharse de la casa e irse con otra, más joven. Discutieron un buen rato esta mañana (la de ayer) en la oficina de él, quien salió de allí dando un portazo. Sola ya en el quinto piso la mujer se arrojó a la calle. Justo en el momento en que iba a estrellarse en la acera, salió a toda su prisa su esposo de aquellas oficinas: ambos murieron al instante al chocar sus cabezas».

(La noticia de la muerte de estos ancianos se publicó en un periódico de La Habana, Cuba, hace poco más de 20 años. Lo que aquí está escrito es la noticia reconstruida, sintetizada y ficcionalizada).


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El robo que lleva a otro robo

El robo que lleva a otro robo

 

He tenido un sueño bastante extraño: me robaban el auto.

Sucedió de esta manera el sueño:
El auto ahí estaba frente a mí (es esto lo extraño), pero al mismo tiempo no estaba; me explico: me bajo del auto y a punto de cerrarlo me doy cuenta de que no es mi auto, es blanco, pero no es el mío, y entonces me percato con gran sorpresa que es muy diferente al que yo tenía, pero aún así lo había manejado ya. A partir de ese momento trato de recordar la última vez en que vi mi auto: lo había dejado en un estacionamiento para entrar al cine. Eso quiere decir que al salir de la función me subí a otro auto y manejé hasta el momento en que me bajé y me di cuenta de que no era el mío. Me habían robado el auto y al mismo tiempo yo robé otro.

Al fin que «ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón», o por lo menos, en mi caso, un auto nuevo.

Los riesgos de la ficción

Los riesgos de la ficción

 


«Algunos de los acontecimientos que aquí se narran son reales. Todos los personajes son imaginarios», se lee a manera de prólogo en «Las muertas», de Jorge Ibargüengoitia.

A propósito, hace poco más de dos semanas, en «El País» apareció una nota con esta cabeza: «Un escritor ‘linchado’ por sus personajes».

El argumento de la nota es más o menos así: Algunos vecinos del escritor francés Pierre Jourde intentaron lincharlo por verse reflejados en una de sus novelas. El asunto fue grave: en el verano de 2005, a Jourde y a su familia lo aguardaban seis o siete vecinos a la entrada del pueblo en lo que parecía una emboscada bien organizada. Piedras sobre el coche, cristales rotos, heridas a un bebé de 15 meses –hijo de Jourde–, histeria de su esposa e insultos que llevaron al escritor a demandar a sus personajes por intento de asesinato. Y precisamente ese día de publicación de la noticia comenzaba el juicio.

La novela que suscitó la polémica en ese pueblo del centro de Francia aborda historias de sexo y adulterio, hombres y alcohol, soledad y relaciones sanguíneas no conocidas, que se habían contado de boca en boca y de forma confidencial durante décadas.

Al leer esto, cabe preguntarnos: más allá del tinte tragicómico que pueda resultar el hecho, ¿un autor logra ficcionalizar del todo a los personajes inspirados en un ente real?, ¿la ficción, al tener como raíz un hecho real, invade el territorio de la realidad? ¿Es posible que lo relatado en una novela pueda tomarse como verdadero, aún cuando sabemos que se han novelado infinidad de historias ciertas? ¿Se justifica entonces –nunca se podrá entender– el proceder de «los personajes» en contra del autor?

El mecanismo de la ficción funciona siempre para anteponer un velo a lo que se cuenta, no obstante que se haya orginado de una anécdota o historia verídica. Por más que se identifiquen hechos en lo narrado, posibles involucrados, desenlaces, consecuencias, nunca será real lo que se cuente, pues eso ya ha pasado por un proceso a través de la pluma del escritor, semejante a un proceso de destilamiento en el que se retira aquello que pudiera dar pie a conjeturas que pudieran conducir a la identificación de lo escrito.
Jourde ¿los retrataría tal cual son?, y ¿sería su intención inhibirlos y ridiculizarlos? Seguramente que no, pero no está de más decirle a todo aquél que se dedica a escribir historias que: «cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar», por aquello de que se esté organizando en los subterráneos una rebelión masiva de personajes.

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Un asesino triste

Un asesino triste Hace pocos días conocí a un asesino. El asunto fue más bien fortuito. Aquel hombre no era como yo había imaginado a los asesinos. Sus ojos siempre estuvieron embotados, pero sus palabras no pasaron de ser simples. Me contó que ha matado ya a 7 personas, de las cuales no puede olvidar el rostro de una: apenas cierra los ojos con intención de dormir y aquella cara se le queda viendo fijamente; pasado un rato despierta y aspira fuerte para que pase el ahogo. Aún así se sigue alquilando para cortar la vida de todo aquel que sea un estorbo para alguien. Con esto, se podría pensar fácilmente que es rico, pero no, apenas sobrevive. Esta condición suya me trajo a la mente al Chivo, aquel repugnable asesino de Amores perros. La diferencia es que este hombre no tiene, como aquél, un recuerdo de dónde asirse. Y esta soledad le horada todos los sueños apenas los concibe. Es un hombre desgraciado, felizmente desgraciado, dice, porque cuando mata, me explicó, alcanza a sentir un mínimo placer que, pasado un rato, es opacado por un sopor que lo atenaza y lo obliga a repensar su situación. Imbuidos en esta serie de confesiones, sin que yo se lo pidiera, comenzó a contarme su vida; de todo ello saqué en claro que su álbum familiar está en blanco, a lo más, habló de algunos amigos lejanos, aficiones que ya no cultiva y no cree en el futuro; esto es comprensible si se toma en cuenta que vive tratando de reconstruir el pasado, sus días idos. Hubo un momento en que, ante mi incredulidad respecto a lo que contaba, me amenazó de muerte, pero nerviosamente sonreí y acabó por decepcionarse incluso de sus amenazas, que ahora son tibias, endebles, no como antes que eran turbias, imposibles de esquivar. Lo había encontrado en la mesa más lejana de la barra de una cantina que por fuera da la impresión de ser una casa cualquiera; al final de la entrevista, cuando ya ambos habíamos vaciado algunas botellas de cerveza, se quedó allí, mirando una fotografía suya de cuanto tenía 11 años. Pero ni en esa imagen aparece acompañado, está solo, al frente de un portón, y no se ve ni un alma a varios metros a la redonda. Me despedí diciéndole que lo volvería a buscar otro día, para seguir charlando; asintió, pensando quizá que había encontrado con quien exorcizar lo que lo atormentaba, y yo regocijándome porque había encontrado una veta para armar una historia y publicarla, seguro ganaría la primera plana y las páginas del reportaje. Pasados unos días regresé y no lo hallé; ayer mismo lo volví a buscar, pero no tuve éxito. Un poco contrariado, me animé a preguntarle al tipo de rostro mustio de la barra si sabía su paradero; me contestó que no, tajante; alguien lo vio encaminarse por la vía del ferrocarril dos días atrás, me dijo, casi en confidencia, un hombre que jugaba dominó con otro, cuyos ojos no pude despegarme aun antes de haber salido de ahí. Ésa fue la última vez que lo vieron. He investigado y ahora sé que esa vía se extiende hacia el norte. Muchos hombres la han seguido, y de la mayoría la única noticia que se tiene es que no regresan; o si lo hacen, vienen dentro un cajón. Pienso y repienso, y llego a la misma conclusión: era un asesino triste, de los que quedan pocos; de entre las pocas cosas que he logrado rescatar, tengo frescas estas palabras suyas: mato para mitigar mi tristeza. Un asesino triste, el único asesino con el que me he topado; y quizá será el último. Desconozco la dirección que habrá tomado, pero en el fondo quiero convencerme de que fue en busca de aquel niño que miraba en aquella fotografía desolada.
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