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Vengo del corazón a mis trabajos

Día tras día

Parodia callejera

Parodia callejera Hay una imagen que nos es muy conocida: la de aquéllos que, en cada crucero y por toda la ciudad, en horda se abalanzan sobre los automóviles detenidos para limpiarles el cristal delantero: rocían agua con jabón de una botella de plástico y enseguida, con una especie de espátula, recogen el líquido que ha escurrido y la mugre adherida al parabrisas. No voy a abordar las mil y una características de este tipo de apoderamiento de las esquinas y de la práctica de una actividad que remunera muy bien a los llamados “limpiaparabrisas”.Lo que quiero tocar es lo siguiente: ayer, más o menos a la hora de la comida, sobre Terranova esquina Manuel Acuña, un tipo, con botella y espátula de plástico en mano, se acercaba a los automóviles para hacer su trabajo: el asunto es que no rociaba agua –ni siquiera traía líquido su botella–, y su espátula en realidad era un muñeco destripado; el limpiaparabrisas llevaba la cara pintada –un mimo de crucero– y en realidad no limpiaba nada, sólo hacía como que limpiaba y todo el tiempo silbaba: su manera de ganarse unas monedas se reducía a parodiar a todos esos que todos los días, con aprobación o no y a veces con viveza, limpian los cristales de cientos de automotores. Al final, entre los autos, se alejó cantando una melodía rancherona de ésas de “rompe y rasga”. “¿Qué le digo a la muerte / tantas veces llamada a mi lado / que al cabo se ha vuelto mi hermana?”Silvio Rodríguez, “¿Qué hago ahora?”(este post es el de hoy)
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Autopista del sur tapatía

Autopista del sur tapatía Hace poco, sobre López Mateos, una mujer montada en una camioneta se pasó una luz roja y tuve que frenar bruscamente. La mujer se asustó más que yo, y se quedó paralizada por unos instantes. Al fin reaccionó por los claxones de los autos que estaban detrás de mí, y cruzó la avenida; a los pocos metros un agente de tránsito la detuvo. Esto me da pie para comentar que hace tiempo alguien me dijo que cuando un acontecimiento como éste parte nuestro día, las horas subsecuentes se pasan en la más completa desorientación y se generan tribulaciones inexistentes. Hay algo de fatalista en ello, pero también algo de titánico. De tan sólo imaginar que lo que venga después de, por ejemplo, un susto o un accidente, va a ser peor que el acto mismo, resulta desproporcionado y lunático. Sin embargo, aquí cabe otra disertación: si no se reflexiona en torno a lo ocurrido, se corre el riesgo de que vuelva a suceder, como aquello que se está condenado a repetir cuando se dejan de lado las lecciones de la historia.Una cuestión final: me pregunto si la muchacha del Dauphine, en La autopista del sur, detendría su carrera alocada rumbo a París tras pensar que algo le puede salir al paso y desviarla de su ruta –cuando ya le ha pasado de todo–; o, dicho de otro modo, ¿qué se tiene que tener en cuenta cuando la adrenalina pide a gritos un cauce, aunque se tiene la certeza de que éste habrá de llevar por derroteros inseguros y alucinantes? (este post retendía subirlo ayer, pero por fallas cibernéticas no me fue posible)

Al mal tiempo....

Al mal tiempo.... Las más de las veces quedo a deber…. y ya la deuda –no monetaria– va adquiriendo un considerable volumen. Habrá que ponerse a mano. A menudo creo que los días se desenvuelven como tal, y resulta que yo no he estado a tono; el asunto se complica si considero que me lo hacen saber, es decir, a la cuestión hay que agregarle el despiste….“Sabia virtud de conocer el tiempo” escribió Renato Leduc. Sabia virtud sería reconocer el momento, escribo hoy yo. 

¡Ya aprendí a escribir....!

¡Ya aprendí a escribir....!

Los letreros –ya sea publicitarios, de información, avisos, sólo conocimiento– saturan nuestra ciudad, en todos tamaños, colores, tipografía, formatos, etcétera. Y en su gran mayoría están inundados de descomunales faltas ortográficas, incongruencias, omisiones, que provocan que al fin el mensaje no sea del todo comprendido, cuando no mal asimilado, por los posibles lectores.

Ejemplos de esto sobran: “Descortesias de trancito” (en la parte trasera de una camioneta repartidora), “Tlapalería El balle seco” (anuncio en fachada), “El timbre esta a la buelta” (en cortina de negocio), “Ayuda de Tras Vale” (sobre una puerta de oficina pública), “Favor de guardar silencio” –en lugar de “Por favor, guarde silencio– (en numerosos lugares, privilegiando la forma inglesa por encima del castellano), “Senaduria doña Mari” (en el barrio), entre otros tantos.

Siempre he pensado que sería muy benéfico para la población en general que los rotulistas –especie en extinción–, publicistas y serigrafistas –especie en expansión–, se adentraran en los vericuetos de las normas del lenguaje, por aquello de que el buen decir se plasmara en el bien escribir. Y ya no pido, como lo hace Álex Grijelmo, que todos estos letreros aparezcan escritos con originalidad o talento, sino con la más sencilla limpieza. 

“Y doblan las campanas / porque se muere el dragón / se muere por salvarla / sin que tenga salvación….”
Abel Velásquez, “El dragón”

Cambio de piel

Cambio de piel Alguien hablaba de que a veces resultaría mejor llevar una máscara, de que en ocasiones la sorpresa deviene en susto, cuando no en franca estupefacción o desgastado anonadamiento. Todo obedece a enfocar una imagen o a presenciar un acto inesperado. Lo que he visto hoy, sobre Mezquitán, entre Pedro Moreno y Morelos, corresponde más a una visión, en realidad fueron dos, y quizá llevan todos estos ingredientes de sorpresa, susto, estupefacción y anonadamiento, y no los presentan superpuestos, sino en una mezcolanza en la que se alcanza degustar uno por uno; esto fue lo que vi: tras los barrotes de una ventana de casa vieja, una anciana montada en una silla de ruedas miraba hacia la calle, la cubrían dos cobijas, una bufanda, un gorro de lana sobre los anteojos, llevaba guantes y los pies cubiertos con unos calcetines también bordados; en la siguiente ventana, de la casa contigua, había un maniquí: lo habían vestido sólo con un baby doll, y enfrentaba el frío con un gesto inexpresivo. Dos imágenes, dos visiones, dos mujeres, una viva y otra de plástico: la mudez embargaba a ambas, y las dos compartían un mismo horizonte. Al principio me sorprendí, poco después sentí temor y, al final, no podía salir de mi asombro.   

Hubo una noche

Hubo una noche

 

Heife weizen se llamaba la cerveza que tomé ayer en compañía de viejos amigos: es cierto que el líquido semejaba más agua de tamarindo que cerveza hecha de malta originaria de Alemania, pero su sabor empezaba en el envión y acababa más allá del paladar. Ellos tomaron desde un café hasta micheladas y cerveza oscura o con chocolate y café. A la luz del vidrio del tarro que chocábamos cada tanto, brindamos por los días idos y por el reencuentro, por las anécdotas y las ganas y promesas de no dejarnos de ver, aunque sea no tan a menudo. Siempre es reconfortante ver rostros queridos, quizá un tanto extraviados en el tiempo, pero siempre afectivos y receptivos, revividos y detenidos en el instante que dura la risa de un momento chusco o el recuerdo traído a media charla. No siempre es posible, por las ocupaciones y caminos que cada uno toma, coincidir, conjuntar ánimos, pero cuando las circunstancias y las disposiciones se conjugan puede devenir una reunión informal pero esperanzadora, agradable, no exenta de emoción y pretensiones siempre sinceras. Así pasó ayer. Así, en el fondo, deseamos que siga pasando.

 

De fondo, un grupo en vivo se desgañitó tocando rolas de Soda Stéreo, Pink Floyd, R.E.M., Nirvana, Caifanes, Beatles, y lo hacían bien, con un estilo definido; mientras tanto, mis ocho interlocutores (Dulce, Gaby, Irma, Claudia, Martín, Arnold, Johnny y Manuel) y yo dábamos largas brazadas por encima de las melodías para hacernos escuchar. Al final quedaron los tarros vacíos, el abrazo y la partida.

 

 

Bicicleteros

Bicicleteros

Ante tanto bólido que se arrastra por nuestras calles y avenidas y amenaza con atropellarnos, y a menudo bajo un cielo negruzco que se deja venir con todos sus vampiros: salir a caminar o a pedalear una bicicleta son más ilusiones que actos concretos, por la imposibilidad y el riesgo que implican. Sin embargo, andar en bicicleta no debiera ser un acto peligroso o la práctica de un deporte extremo, sino una alternativa para transportarnos o disfrutar de algún momento familiar o de ocio.

Por ello, el concepto de “personas en movimiento” –que pugnan por el uso alternativo de la bicicleta como medio de transporte– viene a levantar una nube de polvo en el límpido escenario de las urbes automovilísticas y a demostrar que las ciudades no fueron pensadas sólo para los vehículos: el hombre ya caminaba cuando fue inventada la rueda.

Es cierto que la relación entre automovilistas y peatones y ciclistas se ha vuelto ríspida, complicada, cuando no lastimosa. Pero no hay que ser presas de ese ya casi generalizado fatalismo que pregona que no hay nada que hacer, que cada quien se las arregle como pueda. Dejemos a un lado esos lastres y salgamos a pedalear, al fin que andar en bici también es una manera de volver a ser niños, porque lo que bien se aprende nunca se olvida. 

(Una excelente noticia: hoy fue cortado el listón de la reinauguración de la sala de cine del Cabañas, ahora llamada sala Guillermo del Toro. A partir de la próxima semana iniciará la programación normal. ¡Un espacio recuperado del buen cine!)

Brrrr, qué frío

Brrrr, qué frío

 

En estos días hace frío, y corre como caballo desbocado un viento helado por las calles. Al despertar la primera intención es no levantarse, arremangar las cobijas y quedarse ahí debajo. Al abrir y cerrar los ojos la calidez de nuevo se recrea en la atmósfera y el asunto de querer quedarse se alarga, se empecina. El segundo pensamiento es “no voy a trabajar”, como el estribillo de esa canción tan mala. Enseguida se antoja un chocolate, un café, un champurrado, atole o avena, para calentar los adentros: el vapor que sale de la taza pinta en el aire un ánimo renovado, endulza la situación. En el trayecto al baño se apresura el paso para tratar de entibiar los huesos: bajo la regadera el agua caliente hace su tarea y al vestirse el cuerpo ya despide un poco de calor, que habrá que mantener para lidiar de tú a tú con el frío y el viento en la calle, porque no obstante el descenso en la temperatura hay que atreverse a salir, algunas cosas no pueden esperar. Afuera, casi todos caminan escondiendo la cara, frotándose las manos, que luego meten en la chamarra o en el pantalón. Algunos llevan guantes y bufanda, otros incluso, los más osados, sólo lucen una playera o camisa de manga corta. “Hay de todo en la viña del Señor”, dicen. Pero el frío se hace sentir, embadurna los cuerpos y aguijonea el ánimo. Y los que saben de esto dicen que esto del frío viento y del frío frío va para largo. Cuando uno les cree sobreviene el chasco; y cuando el descrédito los ronda le atinan a su pronóstico del tiempo.

Con todos estos avatares, sigo prefiriendo el frío al calor: este clima es más dado a lo íntimo, a la charla tras las ventanas, a tirarse a ver una película o leer un libro encobijado, a escuchar música y mirar las nubes flacas, a beber más café del ordinario, a tratar de no moverse para no dar un paso en falso ante el frío, porque el frío siempre será bienvenido, siempre se le abrirán las puertas aunque no avise sobre su visita, siempre será el mejor presagio de un abrazo tan largamente deseado.  

(Contra todos los pronósticos de reseñas en medios y periódicos, Los sultanes del sur me pareció una buena película: su principal virtud, según mi parecer, es que el espectador nunca sabe para dónde va a tirar la historia, cosa que no cuadra con el género del filme.)   

Como si fuera el último

Como si fuera el último

 Es bastante común aquella frase, atávica a estas alturas, que se lanza para acentuar la vivencia de algún momento coyuntural o para tratar de realzar cualquier circunstancia, por más trivial que pueda parecer: «Vive este día como si fuera el último». El asunto viene a cuento por el final de año que se aproxima y, por consiguiente, el inicio de otro: no podemos escapar, la vida es extrañamente cíclica. Cuando Jorge Ibargüengoitia se situó, junto con su mujer Joy Laville (ahora su viuda) en su apartamento de París, para escribir, no pensó en eso de hacer cada cosa como si ya no fuera a pasar más, sin embargo cada vez que tecleaba en su máquina lo hacía de manera que cada renglón llevara signada una última promesa o un cercano destino. Y qué cercana estaba la hora de su partida.

Detenerse a mitad del camino, sopesar las posibles consecuencias o parabienes de las múltiples variables que se abren conforme se avanza, indagar a dónde irán a parar las certezas, los retrocesos, los (des)encuentros, los extravíos o los senderos atinados, constituyen formas de repensar lo que se ha de hacer, sin considerar si al final se habrá de ganar o perder; si todo lo que se emprende lleva la marca de que se ha realizado con el pensamiento de que puede ser lo último, quizá estaríamos pecando de fatalistas o asumiríamos una actitud de siempre mirar para adelante, aunque a veces ese ir hacia adelante en realidad sea marchar hacia atrás. Claro, según como se le quiera ver, porque –y aquí no se piensa negar– cada cabeza es un mundo.

Marcel Proust, enfermo de muerte, tenía la intuición de que cada día en que amanecía vivo sería el último de su existencia. Sin querer sonar fatalistas: si se hace una lista de propósitos, si se piensa en mejorar, si se decide ya no continuar con tal o cual hábito o mal hábito, o si se opta por seguir viviendo como la vida se presenta, todas son maneras de afrontar –aunque en el fondo no lo percibamos, mucho menos no nos lo propongamos y ni siquiera lo pensemos– el último día de nuestra existencia. 

«¡Antes muerta! –me dijo. ¡Y lo único que yo quería era darle gusto!»Max Aub, Crímenes ejemplares

Un abrazo de oso

Un abrazo de oso

 

 En medio de nochebuena, la cena, el abrir regalos, los buenos deseos, el encendido de luces de bengala, la acostada del Niño, el brindis informal del ponche y los tequilas que se colaron, se aparece el asunto de los abrazos. Este último acto es considerado por la mayoría como la culminación de un rito de querencias y deseo de parabienes y esperanzas. Sin embargo, hay quienes consideran los abrazos como una cuestión de la que quisieran decir, “yo paso”.

En esto hay, como casi en todo, extremos, mesura, prodigalidad, y también priva aquello de dar a cada quien lo que merece. Los más representativos especimenes en lo que toca a este tema, quizá sean éstos:

Está, por ejemplo, aquel que da un abrazo al inicio de la reunión, cuando llegan las 12 de la noche y al momento de despedirse. El de los formalismos y puntuales anotaciones.

O el vivillo megameloso que abraza doble, en estos tres momentos, a mujeres solteras y guapas, haciendo fila incluso en la que se forma una y otra vez. De mujeres que hagan esto no he presenciado, pero es casi seguro que también las hay.

El formal que abraza sólo cuando es perentorio, como una manera de expresar el sentimiento que lo embarga –aunque con cautela- o como correspondencia a un acto de cortesía o amabilidad.

El que rehuye a los abrazos, que se esconde cuando todos en la sala se abrazan, y cuando aparece pretexta una emergencia en el celular o un desahogo de penas en el retrete; a éste, incluso, en ocasiones el tiro le sale por la culata, pues entre los invitados no falta aquél que con iniciativa inicia la serie de abrazos únicamente para él, formando una fila.

O ése que todo el tiempo anda colgado de quien aprecia, llega a veces a ser encimoso, aunque también se le puede considerar querendón y atento.

O el que piensa y distribuye sus abrazos conforme a quien tiene enfrente: éste no se lo merece, aquélla sí, el que tengo al lado no, a los que están ausentes se los guardo, etcétera. ¿Será selectivo o tímido?

Un abrazo, en última instancia, puede asimismo constituir un buen final para una disputa, un llamado de necesidad, una manera de despedirse sin que medie palabra alguna o la llana expresión de una querencia de amistad o de amores. Lo que sí es que a los abrazos, cuando vengan, no hay que sacarles la vuelta. 

(La continuación del cartón con el Chipotes y la Moños: “Con mis ahorros voy a comprar una cajota de chocolates”, dijo el Chipotes, y agregó: “… Y se la voy a regalar a mis papás de Navidad”. “¿Por qué mejor no les regalas un abrazo, un beso y les dices que los quieres mucho? ¡Eso les va a gustar más!”, le replicó la Moños. “¡Pero no puedo hacer eso María! ¿Y dónde me hagan lo mismo y no me compren nada por andar de romántico regalando amor?”, concluye asustado el Chipotes.)

Ahí viene… Ahí viene...

Ahí viene… Ahí viene...

 

 La “ciudad navideña por excelencia”, como han dado en llamar a Guanatos, luce más acelerada que de costumbre: los adornos navideños que penden sobre las calles y avenidas céntricas son testigos de este ajetreo: el tráfico vehicular se ha vuelto más nutrido no sólo en horas pico, sino casi a cualquier hora del día; hordas de transeúntes casi inanimados que andan de tienda en tienda buscando el “mejor” regalo y que, si uno se descuida, acaban atropellándolo; los aparadores de multitud de tiendas ofrecen sus mercancías con alusiones a la época, algunas a mayor precio que de costumbre y otras, las menos, a menor costo del usual; el acelere es notable, perceptible, visual, incluso sofocante. En fin, la ciudad está patas pa’rriba.Las connotaciones de la época son variadas y presenta muchos tintes, que van desde la más melosa simplicidad, pasando por la propiedad y mesura y yéndose hasta el otro extremo: la indiferencia y apatía por un festejo que, según dicen, no es más que un día como cualquier otro. La verdad es que hay algo de cierto, pero también algo de mentira en ello.En mi casa, siempre quisimos celebrar la nochebuena y la Navidad, pero por muchos años no nos fue posible por factores que no viene al caso citar. El asunto es que hoy sí nos reunimos, cenamos, abrimos regalos y vemos caras que por mucho tiempo han vivido escondidas. Hay algo de infantil y titánico en nuestra querencia: recuperar aquellos años y quizá lo no vivido. 

(En el cartón de “Escuincles” de ayer en Público, tiene lugar este diálogo entre Moños y Chipotes. Inicia diciendo la niña: “Algo que no me gusta de la Navidad es que todos compran como locos”, y ella misma continúa: “Deberíamos reflexionar sobre ese consumismo y mejor regalar amor”. Y el Chipotes le contesta: “¡Qué difícil!”, y agrega: “¿En dónde le pones el moño al amor?”. Al final, Moños, con cara de angustia dice: “¿En dónde? ¿El moño?”.)  

 

 

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Sobre café y cafés

Sobre café y cafés



El café es uno de los vicios que tengo más emperrado, es decir, que aún cuando llegaran a prohibirme que lo tomara por cuestiones de salud, lo más probable es que no haría caso a tal recomendación. Tomar café es algo que heredé de mi madre y de mi abuela, y también de mi abuelo: desde que tengo uso de razón, después de comer, ellas todos los días tomaban café, y yo me quedaba oyéndolas charlar en la sobremesa mientras bebían aquel brebaje negro –siguen haciéndolo–. Al paso de los años me sumé a su práctica cotidiana de compartir un café en la sobremesa.
Mi abuelo llegaba a casa, y tras subir las escaleras se sentaba en su silla de mecate en el patio, a donde mi abuela le llevaba siempre un vaso de agua. Colgaba su sombrero en una alcayata y un rato después entraba a la cocina: ahí le servían un café de olla que siempre que yo estaba allí me compartía. Él lo tomaba siempre acompañado con una pieza de pan: invariablemente una concha blanca.

Por otro lado, de un tiempo para acá tomar café se ha vuelto una moda o es sinónimo de distinción: los establecimientos donde ofrecen esta bebida se han multiplicado en los últimos años en la ciudad, y sus visitantes también se han incrementado. Ahora, no como antes, es bastante común –que no corriente– escuchar frases como «¿cuándo nos tomamos un café?»,«vamos a tomar un café», «te invito a tomar un café, ¿qué dices?», «nos vemos en tal café», etcétera.
Hay cafés antiguos, tradicionales donde se puede charlar sobre todos los temas posibles, a donde concurren los periodistas, escritores, historiadores, cronistas, poetas de esta ciudad, y arman –no todos con todos– una especie de tertulias, y donde se sirve un café distinguido, fuerte, así como especialidades de la casa. En otros, en cambio se puede uno encontrar con personas de perfiles variopintos y amigos entrañables. Hoy son un potente faro de concurrencia.  
Pero también hay lugares donde –sobre todo cafés nuevos o de procedencia extranjera– ir a tomar un café puede significar muchas cosas, tales como: tomar parte en un acto del jet set tapatío –en este rubro al café le endilgan la cualidad impensable de ser un elemento de sofisticación–, coincidir en el sabor de tal o cual especialidad supone un alto conocimiento, extrañamente vedado para aquellos que no frecuentan ese tipo de cafés; incluso sus parroquianos transcurren las horas en su interior empotrados en su isla de novedoso e inalcanzable estatus –eso dicen, o cuando menos lo piensan.

En fin, el café es una bebida, un aliciente, un aliado, un pedazo de aquello que bien se puede considerar como un vicio sano –si es que esta categoría existe; la compañía, el abrazo y la querencia vienen en el mismo paquete.

(Se preguntaba Guillermo García Oropeza en un artículo publicado hace años, ¿por qué le llaman a la taza de café negro café americano, si ni nació en ese país y ni los estadounidenses lo frecuentan?)

 

Lo de cada año

Lo de cada año

 

Guadalajara se reviste hacia fines de año por la Feria del Libro que, según se anuncia por aquí y por allá, es la segunda más importante en el mundo de habla hispana.
El asunto con los grandes eventos, como la FIL, es que es tanta la parafernalia y los juegos pirotécnicos lanzados al aire por los medios, que poca atención se presta a sus objetivos primarios. En este caso, y salvo la mejor opinión de los posibles lectores, el de la FIL tendría que ser la promoción de la lectura –quizá en lo utópico, porque aquí el asunto es vender libros; aunque ¿para qué han de comprarse esos volúmenes si no es para leerse?
Sí, la lectura debería ser el eje de esta «fiesta de los libros», como la anuncian las mantas y espectaculares que hay por toda la ciudad. Pero, siendo realistas, la promoción de la lectura es un tópico que poco o nada atienden las grandes editoriales que se hacen presentes –cosa que se vuelve cuestionante, pues ¿si no van tras nuevos lectores cómo es que piensan vender libros?– y ni los organizadores –léase Universidad de Guadalajara– contemplan, salvo alguna actividad a la que dedican algunas baterías de las muchas que ponen en juego.

En otro orden de cosas, en los pasillos de la feria no pueden faltar esos especímenes culturosos –de los que abundan en esta ciudad, por cierto– que llevan bolsas y más bolsas de libros, con su aire de suficiencia y su postura de creerse la última chela del estadio; tratando de esquivar a los escolares que van, hay que decirlo, acarreados, edecanes que bien podrían conjuntar un ejército con uniforme variopinto pero sexy siempre, y todas esas huestes de amas de casa, empleados, y algún que otro despistado que es arrastrado o por la novia o por el novio, o por motivos qué vaya cada uno a imaginar –aunque, por otro lado, da gusto ver qué la gente se interesa por una feria como ésta.
Estos culturosos infectan la «fiesta de los libros», manchan sus páginas, afean sus portadas y saturan los stands como si asistieran al reparto de algún bien por todos codiciado, y van por la vida pregonando que compraron a tal o cual autor, la novela de moda, la que más se vende en Europa, la del premio que reparte unos cuantos miles de pesos, el libro de cabecera del maestro, el volumen de superación que ha superado al anterior gurú, aquél que presume los 10 pasos para ser un hombre de negocios exitoso o la amante perfecta o el hombre más deseado, entre otros tantos títulos dignos de marquesinas sesenteras y mantas arrastradas por la cola de un avión surcando los aires –de la que se desprende otra variante en cuanto al ejercicio de la lectura, pero que trataré otro día.
No digo que una feria del libro sea mala o del todo desechable, porque es importante decirle a todos que los libros ahí están, pero que sobre todo hay que leerlos –pues se sabe de algunos que los compran para llenar libreros que dan buena vista a la sala. El asunto es que creo que una feria como ésta –que de por sí arrastra a miles de visitantes y compradores cada año–, no debería ser tan desperdiciada, sino sacarle todavía más –mucho más que los millones que se embolsan los magnates del libro– jugo del que hoy destila.

(Otra cuestión paradójica es que en la FIL los libros, invariablemente, cuestan más caros que en las librerías de la ciudad durante todo el año: ¿no es esto desquiciante y tremebundo?)

 

Un mayo ya ido

Un mayo ya ido

 

Del mediodía hacia la tarde de un domingo ardiente de mayo, saboreando camarones y pistaches y cervezas y playa y arena y viendo el cielo y el cuello largo del horizonte y celebrando la conversación y guardando en la memoria de los ojos a aquel señor que hacía nudos indescifrables a las bolsas de pistaches y al muchacho de cabello impeinable que hacía hamacas y que dijo que en el beisbol los mejores eran Los Saraperos (de Saltillo) y aquel niño que corría con estilo de mecánico y el faro más allá de las rocas y las risas y unos caballos que hicieron de la playa su potrero y el ronronear delicado de las olas y la arena adherida a la piel y un barco apareciendo y un mar lejano que se desdibujaba continuamente y nubes livianas en un desplazamiento en curva y una mujer de rojo que nos modeló su bikini más de una vez y Xóchitl recordando al Bicho y el Coyul dormido en la silla y un plátano tatemado y enmielado y unas piernas inmensas paseándose entre las mesas y un guitarrón siguiendo un corrido de matones y unos camarones endiablados y al mojo de ajo y más cervezas y una gringa con destellos de sangre y la hora de partir húmeda y con arena y el epílogo de aquella tarde que podía tocarse y el puerto quieto y San Blas con sus llamadas a misa y la gente en las puertas y la plaza caliente y el calor ya sintiéndose menos y la carretera a Tepic y ella hablando y dormitando y él al volante de su pura sangre y sus recuerdos corriendo veloces por el asfalto y Tepic pronto y un frenazo en las afueras de la ciudad ante la invasión de carril de unos pelavacas y Santa María del Oro y mejor la carretera de cuota y una foto de puesta de sol fallida y las ganas de una coca-cola y lo imposible del tráfico para entrar a Guanatos y un trailer casi boca abajo y la noche de domingo y la noticia de que las Chivas no habían calificado a la liguilla y Trespatines en el radio la hacía de abogado defensor y ella nunca lo había oído….

(«Alguien tiene que recoger las fresas», dijo el jefe de una patrulla fronteriza tras la detención de algunos indocumentados en su cruce por la frontera, y después de ser informado que tres habían logrado escapar; la escena pertenece a la película Los tres entierros de Melquiades Estrada. Y, en eso –y adelanto que no es conclusión mía–, podría resumirse la ideología yanqui respecto a la migración latina a ese país).

 

Recuento

Recuento

 

Este fin de semana nuevamente vi a la Rendidora Sabelotodo, vino de visita a casa de su abuela. La niña está creciendo, se ve flaca, alargada, cada vez más hermosa, cuyo perfil va adquiriendo una definición más marcada. Incluso su voz, antes chillante y desafiante, hoy parece que ha entrado en un lapso de reposo. Sigue platicando hasta por los codos.
Siempre es gratificante ver y abrazar a la Rendidora. Hoy comerá en casa de Marco, un antiguo amigo del Kinder.

La cascarita del viernes fue agotadora. Está visto que esto de jugar al futbol ha pasado a mejor vida. Me canso con suma facilidad y la habilidad ha venido a menos. Por lo menos, aunque perdimos, clavé un gol que me hizo recordar los buenos tiempos, ya idos por supuesto. Como anochece más temprano, hubo que jugar, por un rato, a la luz de farolas, y la visibilidad no era muy buena, así que también fui el artífice de un autogol.

Primero, Linda, después Jacob, fueron atacados por la viruela. Ese par de aretes han atravesado días tristes y dolorosos, pero, según supimos ayer, ya van de salida. La Linduris sabe bailar hawaiiano y Jacob, cuando hay que hacer fila para algo o pedir en comunidad, sabe decir sabiamente: «También Jacob quiere».

El sábado por la noche Bebé andaba a grito abierto por la calle, con emoción y risas, quizá desfogando con anticipación sus avatares de los próximos diez días en que estaría alejado de casa de su abuela y, por consiguiente, de nuestra cercanía.

Terminé de leer Dublineses de Joyce, un libro de cuentos, sobrio, que va de una contenida emoción a entretenerse en definiciones largas y quizá faltas de luminosidad, pero ricas visualmente; y ya me enfrasqué en La familia de Pascual Duarte, del que tengo que hacer un reporte para una clase de la universidad. La diferencia entre estos dos libros es que el primero lo leí por placer, y el segundo es por obligación, aunque esta obra de Camilo José Cela me está pareciendo, a pesar de su tono dramático, sencillo y divertido.

A la Chica Azul la han estado aquejando algunos malestares que, en un primer momento, consideré menores, pero dada su repetición y agudizamiento, habrá que planear una visita al médico en cuanto sea posible. Por lo pronto, ella hoy pisará la grama del Estadio 3 de Marzo para ver desgañitarse con sus rolas a la legendaria banda de Soda Stéreo.

Césaria Evora en estos momentos canta «Sodade» y yo, de su mano todavía sobrevuelo la selva chiapaneca rumbo al último reducto maya... y toda la cosa…

«Silencio, la tierra va a dar a luz un árbol…»
Vicente Huidobro, «Altazor»

 

Apuntes sobre la fatalidad (2)

Apuntes sobre la fatalidad (2)


¿Alguien sabe por qué Tiluy extiende su mano para pedir algunas monedas? Nació aquí, en este país que lleva la marca inexpugnable de la tristeza y la fatalidad atravesando sus ojos. «Aquí nos tocó» anotó Carlos Fuentes en La región más transparente. Este lugar le impuso la fatalidad como única pertenencia y no ganada condena a Tiluy. ¿Alguien sabe dónde se hallan sus padres?, ¿quién conoce el motivo de su abandono? La fatalidad desconoce todo misterio y asume los destinos de quienes se arriman a su cobijo. Tiluy nació pobre, vive pobre y, probablemente, pobre morirá; pero la fatalidad de los niños como Tiluy no reside en su pobreza, sino en la costumbre de verlos rondando por allí, como si nada. 

 

Una probadita

Una probadita

 

No hablo portugués, ni le entiendo gran cosa; sin embargo las canciones de Cesaria Evora me seducen. ¿Puede ser esto posible? No podría argumentar alguna razón que convalide esa posibilidad, lo que sí puedo anotar es que sus canciones me atraen porque me sugieren, no porque entienda a cabalidad toda esa argamasa que las compone.
Incluso, esto puede dar lugar a una metonimia musical: la parte por el todo, es decir, la melodía en sí –sin letra de por medio– por todo ese universo que transcurre como un canto aterciopelado, lento en su fugacidad y relampagueante en sus atisbos. La voz de Cesaria es deliciosa, y tras todo ese telón de instrumentos siempre sale limpia, emerge como un géiser. Pero ¿a qué viene todo esto?
A que, en ocasiones, lo que me sugiere me dice más que aquello que se abre de par en par y no acaba por generar expectación, mucho menos instantes de satisfacción. Y de esto puedo dar más ejemplos.
En lo tocante a la literatura, por ejemplo, me refiero en particular a lo que no ha sido dicho en el cuerpo del texto, que en ocasiones resulta más impactante que lo escrito; aquello que se sugiere, que no está y sin embargo sí lo está. «El bosque era enorme. Unos pinos altísimos y grises. De lejos vi a la niña que perseguía a un lobo aterrado. Lo juro». En esta minificción titulada «Reversión» de Alejandro Rossi –que, por otro lado, no podría entenderse si no se tiene el referente cultural del cuento de la Caperucita roja– la irrupción que se deleita viene de lo que está ausente, de aquello que el lector comienza a imaginar tras acabar la lectura de estos dos renglones.
En la fotografía acontece otro tanto, similar casi cuando se contemplan imágenes que se consideran de marcado erotismo; a mí me resulta más agradable tratar de descubir lo que está oculto por un velo, un rincón oscuro, la tela que cae pero no acaba de hacerlo; que un cuerpo desnudo que se muestra incólume como el mar helado de los Balcanes –aunque es verdad que no siempre sucede de este modo.

Lo que sugiere, desde este lado del mundo, es casi tan impactante y disfrutable como lo que se expresa anunciado en marquesina y timbales incluidos.

 

Hakuna matata….

Hakuna matata….

 


Hace un rato, mi jefe inmediato me llamó a junta, ¡sólo a mí!; así que, de entrada, supuse que el asunto no iría bien.
Adquirió un rostro serio, aclaró una dos tres cuatro veces la garganta antes de hablar, y entonces soltó una cantaleta que, más allá de una preocupación inicial, me resulta, en el fondo, divertida, y es que a veces la vida se convierte en un tobogán divertido al que no se le ve fin. En fin, en fin (para ponerme cacofónico).
En pocas palabras dijo que mi trabajo dejaba que desear, que podía dar más, que está llevando a cabo una reestructuración y que si le preguntaran en este momento yo quedaría fuera de su esquema de trabajo, y para rematar sentenció que a partir de hoy estaré a prueba durante un mes. ¡Carajo! qué elocuencia y propiedad del señor. Señalarle algunos errores más que evidentes no es retroalimentación, sino un desafío llano y puro, pues ayer mismo su cara se petrificó cuando se percató que había cometido un yerro menor y yo, junto con otro, soltamos una carcajada mesurada, viéndole el lado cómico; el asunto es que lo tomó, como dicen, «muy a pecho».
Se me estaba olvidando que lo primero que dijo, y creo que de ahí partió la elaboración y estructura de su discurso fue esto: «En la primera junta que tuvimos creo que fui muy claro (esto lo repitió en tres ocasiones) respecto a que yo soy tu jefe inmediato, y te fuiste de vacaciones sin consultarme, sólo me avisaste el día que te ibas; lo trataste directamente con el director. Y si hay algo que no tolero es que pasen por encima de mí». (A esto, lo quiero aclarar –y se lo argumenté–, puedo decir que no fue mi intención ignorarlo o saltarme su autoridad, así lo hice porque así siempre ha sido –esto de los procedimientos a veces resulta contraproducente; en fin en fin –la cacofonía me persigue–, qué se le va a hacer).
La intención de escribir esto no es más que referir que de veras me parece una situación divertida –con sus asegunes, por supuesto. Y lo divertido no proviene en sí de mi posición en la cadena de trabajo –porque, sin pretensión ni arrogancia, creo que hago mi trabajo según los lineamientos estipulados–, sino en que, cosa extraña, su «disfrazada amenaza» la considero no más que una cosa que se dijo por no decir otra. Quizá todo esto pueda dar a entender que soy un irresponsable o que me tiro a la dejadez y soy conformista, pero creo que en ocasiones hay que salirse de la tangente para no topar en pared.

Ahora sí que hakuna matata….



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Diferencias capitales

Diferencias capitales

 


Hay diferencias capitales entre Mérida y Guadalajara en cuanto a lo automovilístico se refiere (escojo estas dos ciudades por una razón: en la segunda vivo y en la primera estuve de visita durante toda la semana pasada).
Antes que nada, hay que apuntar que el parque vehicular de Guadalajara supera con mucho al de la ciudad capital yucateca, en razón de las dimensiones de la metrópoli y el número de habitantes y posibilidades de desarrollo comercial, industrial y habitacional. Pero esto no exime que se puedan instrumentar otras reglas de convivencia, o reformar las existentes para un buen entorno de circulación entre peatones y automotores.
El asunto que quiero abordar tiene que ver con lo siguiente: Cinco días enteros estuve en Mérida, me moví por la ciudad en combi y minibús, y en ese tiempo –que podría considerarse corto– no vi un solo accidente automovilístico. Nada, ni siquiera un percance menor, ni choque, ni volcadura, ni atropellamiento, nada de nada. Además, de esos cinco días, en tres compré ejemplares de la prensa yucateca y no encontré referencia a ningún accidente de este tipo. Y eso, por no faltar a la verdad, me ha dejado gratamente sorprendido.
En Guadalajara, en cambio, y lo sabemos de sobra quienes aquí vivimos, los accidentes viales son constantes en número y tiempo de aparición, a más de lamentables y aparatosos. Y esto se debe a numerosos factores: el ya citado y grueso parque vehicular, la poca educación de los automotores combinada con la escasa cautela y cuidado de los peatones, las prisas por ganarle a los semáforos, la habilitación de vías rápidas en zonas habitacionales y pasajes comerciales, viaductos y calzadas, falta de semáforos en lugares estratégicos con gran aforo peatonal, falta de señalamientos en zonas que presentan gran carga vehicular, etcétera (y este etcétera hace honor a su nombre).
Mucho se ha dicho en torno a esto que nuestra ciudad es una ciudad hecha y deshecha para automóviles y no para peatones, baste citar el tan cacareado viaducto en López Mateos. Y es de lamentarse aquello de que esta urbe es apta para ir sobre cuatro ruedas, pues no son pocos a quienes he escuchado que no hay otra manera de disfrutar la ciudad que recorrerla a pie. Pero ello se ha vuelto peligroso, no un deporte extremo, porque al fin éste se practica por placer; y caminar poniendo en riesgo la vida no comporta satisfacción alguna.
Es cierto que las soluciones para grandes problemas también tienen que ser grandes, y la de éste tendría que ser, forzosamente, de enormes dimensiones, y tendría que involucrar tanto a peatones como a automovilistas, pero mucho me temo que en ambos bandos hay quienes no están dipuestos a ceder ni un ápice.

Una especie de locura hay en nuestras calles, una locura cuya raíz ha de ser encontrada para, de un tajo, abrirla y sacarle lo que lleva dentro.

   
 

Primer día de andanzas

Primer día de andanzas


La estancia en Yucatán comenzó el lunes pasado, atravesando la ciudad desde el aeropuerto hasta el otro lado del periférico, donde me hospedé en una vieja casona rodeada de una vegetación tupida, aunque un tanto deteriorada por el paso del huracán Isidore hace algún tiempo.


Lo primero fue habituarme al clima: un sofocante calor, húmedo, que no deja de sentirse en todo el día. A menudo creía estar viviendo los días de más intenso calor en Guanatos, pero, viéndolo fríamente, no hay comparación: el calor yucateco es mucho mayor, más punzante y aletargado.


Ese mediodía comí frijoles puercos, un platillo que las familias yucatecas acostumbran comer los días lunes: está compuesto de frijoles negros con carne de puerco en caldillo; se le agrega cilantro, cebolla, rabanos, chile habanero, aguacate y se acompaña con tortillas pequeñas (la tortilla para taco de aquí), amarillentas.


Por la tarde di el primer recorrido al centro histórico: su catedral es blanca, donde se venera al Cristo de las Ampollas, un Cristo negro cuyo aposento se halla al costado derecho del altar mayor (aunque no es el principal); esa imagen es el estandarte de todos los gremios habidos y por haber: zapateros, comerciantes, taxistas, talabarteros, sastres, campesinos, choferes, agricultores, pescadores, electricistas, bomberos, panaderos, tortilleros, artesanos, joyeros, fontaneros, albañiles, etcétera. En un primer momento creí que por aquello de las ampollas se relacionaba con todos estos trabajos que requieren fuerza y empuje, pero el nombre le viene de una especie de “callos” que presentaba en las manos cuando fue descubierto.


Al costado izquierdo de catedral se encuentra el pasaje del arte, donde se ubica el Museo de Arte Contemporáneo yucateco; más allá la Casa Montejo, casona donde vivió Francisco de Montejo, el conquistador de la península; al frente se alza la plaza principal, donde a toda hora hay residentes y visitantes sentados en sus bancas verdes, resguardadas por palmeras y numerosos árboles y jardines; a la derecha, el Palacio Federal, un edificio antiguo, verde, de dos plantas. Por esa misma acera se ubican un sinfín de negocios: cafés, puestos de revistas y artesanías, tiendas comerciales y una nevería típica, donde me senté a degustar un sorbete: helado (pedí de elote) servido en copa, acompañado de un mantecado y un vaso con agua.


A dos cuadras, por ese mismo costado se erigen dos plazoletas, un templo que atienden franciscanos, dos teatros y el antiguo edificio de la Universidad Autónoma de Yucatán. Ahí se abre otro pasaje donde hay varios cafés al estilo europeo y la sede del Congreso yucateco. Otras dos cuadras más se topa uno con el barrio de Santa Lucía; pero de todo esto hablaré en otro post….

A propósito, en cuanto pisé tierra tapatía este fin de semana experimenté una especie de regocijo al respirar este clima al que me he acostumbrado. Pequeñas obstinaciones, diría alguien.

 

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