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Vengo del corazón a mis trabajos

Como si fuera el último

Como si fuera el último

 Es bastante común aquella frase, atávica a estas alturas, que se lanza para acentuar la vivencia de algún momento coyuntural o para tratar de realzar cualquier circunstancia, por más trivial que pueda parecer: «Vive este día como si fuera el último». El asunto viene a cuento por el final de año que se aproxima y, por consiguiente, el inicio de otro: no podemos escapar, la vida es extrañamente cíclica. Cuando Jorge Ibargüengoitia se situó, junto con su mujer Joy Laville (ahora su viuda) en su apartamento de París, para escribir, no pensó en eso de hacer cada cosa como si ya no fuera a pasar más, sin embargo cada vez que tecleaba en su máquina lo hacía de manera que cada renglón llevara signada una última promesa o un cercano destino. Y qué cercana estaba la hora de su partida.

Detenerse a mitad del camino, sopesar las posibles consecuencias o parabienes de las múltiples variables que se abren conforme se avanza, indagar a dónde irán a parar las certezas, los retrocesos, los (des)encuentros, los extravíos o los senderos atinados, constituyen formas de repensar lo que se ha de hacer, sin considerar si al final se habrá de ganar o perder; si todo lo que se emprende lleva la marca de que se ha realizado con el pensamiento de que puede ser lo último, quizá estaríamos pecando de fatalistas o asumiríamos una actitud de siempre mirar para adelante, aunque a veces ese ir hacia adelante en realidad sea marchar hacia atrás. Claro, según como se le quiera ver, porque –y aquí no se piensa negar– cada cabeza es un mundo.

Marcel Proust, enfermo de muerte, tenía la intuición de que cada día en que amanecía vivo sería el último de su existencia. Sin querer sonar fatalistas: si se hace una lista de propósitos, si se piensa en mejorar, si se decide ya no continuar con tal o cual hábito o mal hábito, o si se opta por seguir viviendo como la vida se presenta, todas son maneras de afrontar –aunque en el fondo no lo percibamos, mucho menos no nos lo propongamos y ni siquiera lo pensemos– el último día de nuestra existencia. 

«¡Antes muerta! –me dijo. ¡Y lo único que yo quería era darle gusto!»Max Aub, Crímenes ejemplares

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