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Vengo del corazón a mis trabajos

Cincuenta años (1)

Cincuenta años (1)


En este año la Facultad de Letras cumplió 50 años; por ese motivo se planeó hacer una revista conmemorativa, para la que me fue pedida una crónica sobre un día de clases en Letras. La revista, al fin, por cuestiones burocráticas y de intereses de poder, no vio la luz; pero aquí entrego la primera parte de esa crónica, con la intención de dejar constancia de esa celebración.

«Temprano, hay quien llega temprano a la facultad: a ese intrincado y frío laberinto de escaleras y pasillos que surgen uno detrás de otro. El camión a esa hora invariablemente va lleno: la mochila en la espalda, algunos libros a la mano, los lentes empañados, con suéter y bufanda, toreando el viento helado con la piel abierta y el primer café del día que entibia el ánimo. La lectura de La feria o el ensayo final de Poética van impresos en los ojos cansados, la mirada tiene las cortinas abajo aseguradas con candado mortecino: la noche fue más que una noche, fue arreglárselas con esos fantasmas que se agazapan y saltan en el momento menos indicado a la hora de escribir un reporte de lectura, una reseña, un ensayo, o cualquier otra tarea signada en el aula. Pero el nuevo día promete, la mañana revolotea por encima de los árboles que cercan el jardín y no dejan pasar ni medio cuerpo de un sol medroso. La luz se desplaza con sigilo, y después de atravesar el velo del follaje se recarga en el viejo edificio de escuadras grises, de dos pisos, de paredes mitad blancas y mitad mosaico azul donde el día menos pensado hay carteles y letreros hechos a mano, de puertas uniformadas como pelotón frente a su general, de lámparas espigadas y viejas como el corazón de ladrillo gastado que sostiene aquella enorme casa de decenas de habitaciones. Los pasillos son más bien fríos, casi siempre desolados, afeados en su fondo gris, cuyo barandal y bancas envejecen a paso acelerado. Los salones parecen más aquellos cuartos donde se interroga a los detenidos, con muros falsos y ventanas inservibles. En la sala de maestros, entre el abrir y cerrar de lockers, el humo de los cigarrillos y los cafés llevan la delantera. De camino al salón el profe no olvida llevar la novela o el libro de poemas para leer en clase, las carpetas con las listas, los plumones, el borrador; atraviesa el umbral, ocupa el lugar de la cátedra y el ruido de las bancas es una sola respiración. Como el marro en la testa de la res, certero asesta una palabra a tiempo en medio de la lectura, muestra los cabos de los hilos del análisis, la reconvención al exponer en clase, el pedimento de guardar silencio, la puerta que se abre, que se cierra, la sentencia sobre el movimiento literario y los datos del autor que ha de verse en la siguiente sesión. Enseguida, el pasillo es el refugio entre la historia de la literatura y la filosofía del lenguaje, la plática de los últimos hechos, el cigarrillo infaltable, la cajetilla compartida, el libro o el disco compacto que se piden prestados. Los pasos a la cafetería, a sacar copias, a la biblioteca al encuentro de un remanso para leer o por el texto de referencia para la exposición de Literatura Comparada; a asomarse para ver quiénes esperan el inicio de la siguiente clase bajo los árboles, al abrigo de la media mañana que toma por asalto las manecillas del reloj. Esa espera transcurre casi sin sentirse y hay que apurar la última bocanada de humo para ganar asiento antes de que la lista se encamine nombres abajo. Pedro Páramo, Madame Bovary, Aureliano Buendía, Medea, Ixca Cienfuegos, La Maga, La cantante calva, don Rigoberto, Rosario, cada cual anda en su litografía por esos pasillos visitando amigos entrañables, conocidos y parientes cercanos por vías extrañas más que por la distancia y la sangre. De a poco los salones y los pasillos rebosan soledad, la playa del mediodía va del sopor al ensimismamiento, y un delicioso silencio escudriña todos los rincones y planea desde unos metros arriba del ático hasta los fríos cajetes de cemento que son custodiados por un muro de piedra lisa.»

(Uno de mis placeres culposos: soy seguidor del futbol americano. Ayer vi jugar a los legendarios 49’s de San Francisco –digo legendarios por aquellos jugadores como Joe Montana, Jerry Rice, Roger Craig, Steve Young, entre otros–, y la decepción fue enorme, no son ni la sombra de lo que algún tiempo fueron).

 

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