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Vengo del corazón a mis trabajos

Asunto de percepción

Asunto de percepción

 

Conforme pasa el tiempo, las cosas me van pareciendo cada vez más pequeñas. Me refiero a objetos, a espacios, a viejos conocidos no vistos recientemente, a cuestiones espaciales que nos conciernen o nos son (o fueron) familiares por la cotidianidad. Hay aquí contenida una especie de antítesis a la visión Gulliver respecto a lo que le rodea.
Por ejemplo, cada que camino por el barrio donde crecí, las proporciones de las casas, las aceras, aquellos árboles de hule y moras, las tres privadas –ahora son cuatro– que desembocan en la que consideramos siempre nuestra calle, la distancia que mediaba entre mi casa y la esquina de Obreros, el ancho de la calle misma, el terreno baldío hoy bardeado, la casa de cantera que fuera de mi tía hoy deteriorada y afeada, entre otras cosas, las veo reducidas, empequeñecidas –y eso que tengo una estatura más bien baja– al punto de que tengo la sensación de que estoy caminando por un escenario de cartón montado ex profeso y según las dimensiones acordes con el objetivo buscado.
Otro tanto ocurre con aquellos personajes amigos de mi padre, o los que frecuentaban a mis abuelos y las vecinas amigas de mi madre, ya no se diga los chompas de mis hermanos más grandes. Dicen que cuando una persona envejece también empequeñece. No sé cuánto tenga de cierto esta máxima popular, de lo que sí tengo certeza es de que, a menudo, al encontrarme a algunos de estos personajes, se me aparecen no tan imponentes y enormes como hasta hace poco los había considerado, se han achicado en una carrera frenética contra el suelo.
Más allá de la posible tomadura de pelo que esto pueda tener –que el posible lector de estas líneas pueda llegar a considerar–, quiero aventurar que las cosas grandes tienden a venirse a menos conforme el tiempo transcurre, y las pequeñas, lamentablemente para mí, se quedan tal cual son.

«Nadie está libre de decir necedades; el mal consiste en decirlas con pompa… Esto no va conmigo, que digo mis tonterías tan neciamente como las pienso»
Michel de Montaigne, «Ensayos III»

(Hoy es martes de cinito en casa)

 

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