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Vengo del corazón a mis trabajos

«Quiero 500»

«Quiero 500»




Se escucharon unos fuertes toquidos. La sobremesa se vio, por un instante, interrumpida. Don David la reanudó diciendo que para curársela había una receta infalible: «Antes de las once no hay que tomar nada; a las doce, hay que tomar una, y la una empinarse doce». Los toquidos de nuevo irrumpieron en el pasillo y se montaron sobre las carcajadas producto del chascarrillo de don David. Alguien entraba arrastrando los pies. Apareció una mujer de edad avanzada, sólo dos dientes le sobrevivían pendiendo apenas en su boca, llevaba un vestido azul de una pieza, floreado, viejo; la tela era ligera. Llevaba una pañoleta negra y un botecito en la mano; la mujer decía: «500», «quiero 500», «con 500 nada más».


Don David le ordenó a Israel que la atendiera y a la mujer que se retirara, que en un momento su hijo le llevaría lo que quería. La mujer no se movía. Seguía allí, a escaso metro y medio de la mesa donde habíamos estado charlando hacía más de dos horas en aquella cálida casa de Amatitán. Su voz era cascada, dura, que seguía tintineando instantes después de que guardaba silencio. «Quiero 500», «sólo de a 500», volvió a decir antes de hacerle caso a don David de retirarse a la puerta.


Al verla irse, de espaldas, me recordó a doña Panchita, aquella centenaria mujer que vendía dulces en la acera de enfrente de mi casa; ella hacía unos virotitos de canela sabrosísimos, dulces que siempre llegaba yo buscando en cuanto volvía de la escuela. Aunque la mujer no siempre los elaboraba, todos los días los buscábamos con desesperación. Doña Panchita murió hace algunos años, y aquella acera a partir de ahí lució terriblemente sola, abandonada, aparecía ante nuestros ojos como una parte extraña de la cuadra.


Israel salió donde la mujer y le entregó cuatro de «a 500», cuatro monedas amarillosas de 50 centavos, que la mujer echó en su bote y siguió su camino. «Todos los días viene», dijo don David, y se va contenta siempre.


Sí, así como los niños que atesoran como un gran tesoro dos o tres monedas de ínfimo valor. O como Quique, sobrino de la Chica Azul, que dice que tiene 3 pesos (3 por el ser el número de monedas) aunque tenga 5 (dos de a 2 y una de a peso) o 1.50 (3 de a 50 centavos); él tiene 3 pesos y no hay quien lo saque de ahí.

 

 

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