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Vengo del corazón a mis trabajos

Sofía

Sofía

 

«Sólo morir permanece como la más inmutable razón…», León Gieco

Sofía era una niña de siete años. Vivía con su madre al sur de la Bretaña, en Francia. Su madre, una mujer de 35 años, por cuestiones de sobrevivencia tenía que trabajar. Dejaba a su pequeña en la escuela y se marchaba a su empleo. Sus vidas transcurrían en la más llana cotidianidad, que se vio rota cuando cierto día la niña desapareció. Al llegar del trabajo su madre se percató de que Sofía no estaba en casa. Se dio a la tarea de buscarla, con la ayuda de algunos vecinos, agentes policiales y voluntarios de protección civil. Dieciséis horas después Sofía apareció. Muerta. La policía la encontró a las orillas de un río cercano a su escuela, bajo un puente que servía de escondrijo para maleantes. La noticia conmocionó a ese departamento francés primero, y a toda Francia después, en cuanto los medios divulgaron el hecho. Los informes de la policía arrojaron que Sofía no había sido violada, pero sí que alguien le apretó su endeble cuello hasta que ya no respiró más. Sofía cursaba el segundo grado de nivel básico, apenas había deletreado algunas letras y un sujeto enfermo ya le había leído, con los ojos fijos de odio, toda la historia de su vida en unos cuantos segundos.

Tras diez días de aquel suceso, la niña no había sido sepultada ni incinerada ni nada. La cuestión: su madre y su padre (aparecido en cuanto se enteró de la muerte de la niña) se disputaban ante un tribunal el derecho a hacer de sus restos lo que mejor les pareciera: ella pretendía darle sepultura en un panteón católico en la localidad donde vive su madre, la abuela de Sofía; él, de religión musulmana, quería llevarla a una mezquita e incinerarla.
¿Cuál de los dos se habrá salido con la suya? Lo desconozco. Mas lo preocupante son las disputas estériles en las que a veces nos enfrascamos. Sofía murió. No. Sofía fue asesinada. ¿En una mezquita o en un pantéon cristiano, al fin, ella encontró a alguien o algo que la pudiera liberar de aquel tipo que le apretó el cuello hasta que sus ojos, rasantes de miedo, de impotencia, de lágrimas, de dolor, de terror, de incomprensión, de incertidumbre, se detuvieron en el tiempo? La vida no siempre es una rueda de la fortuna. Pero la muerte siempre será la última rueda a la que nos subamos.

(Esta noticia fue publicada en un periódico francés en 2003.)

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