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14/06/2007
La Chica Azul

HORARIO
Última hora
Se quedó allí, en su lado del mundo, los ojos ya guardados, las piernas estiradas, como roca bajo la sábana; la espalda se abría como una llanura que se antojaba andable, piel de durazno alargada, acuosa, que brillaba en sus humedales.
Primera hora
Dos palabras. El camino nocturno había sido aciago; a esa mañana antecedía la ida y el retorno al sur, al vientre de donde mana a borbotones, como si se salpicara agua con los dedos en el rostro de alguien, la querencia que se ramifica al compartirse.
Segunda hora
Había querido decírselo desde días antes, pero mi silencio pudo más. En esa segunda hora lo musité apenas, no pudo oírlo, pero cuando me besó despreocupada supe que lo había entendido.
Tercera hora
Una mujer desnuda me avasalla. La Chica Azul me avasalla. El mundo se vuelve incomprensible pero también parece menos peor de lo que es. Sí, la cohabitancia ha sido como perdese en una llanura: a menudo, cuando se asoma el sol, no quema, sólo deja el rastro de nuestras sombras que se multiplican, que al final terminan siendo dos, dos en una, una sola, ésa que nos enreda y nos acerca, nos lleva con quietud a la muerte compartida.
Cuarta hora
Detesto apegarme al reloj. Y las horas se abalanzan como parteaguas de las vivencias: la cotidianidad única que me importa la marcan ella y sus palabras, sus medios tonos, lo marítimo que he descubierto en su espalda, sus piernas de carretera, su mirada que soplo con la mía a cada rato.
Quinta hora
Si supiera cómo llevarla a ese lugar en que no hay regresos: porque las rutas se cierran apenas se les ha transitado de ida, porque el boletaje es mínimo, porque ya allá se decide la no vuelta atrás, porque no hay brújula a la mano, porque los pasos no saben andar por laberintos, la llevaría de una buena vez y para siempre.
Sexta hora
¿Qué se quiere decir al mundo cuando se ama a alguien? ¿Qué le importa al mundo si yo decido amar o me niego a hacerlo? ¿Qué vida le espera a aquél que se sujeta a estas leyes volátiles? ¿Qué canta, lee, escribe o planta quien pierde la cordura porque así lo desea? ¿Qué secreto resiste el haber sido compartido? ¿Qué se esconde en ti?
Séptima hora (segunda última hora)
Te tengo. No es que tenga y ya, sólo te tengo.
18/06/2007
Mis escrituras del mar

“Lo más impresionante del mar es ser el mar...”
(Eduardo Casar)
Hace algún tiempo, sentados en la arena, con las olas lamiéndonos los pies, alguien me preguntó qué sentía cuando estaba frente al mar; no recuerdo cuál fue mi respuesta en ese momento, pero si hoy me lo volvieran a preguntar, mi respuesta sería ésta más o menos: tendría que traer el mar y extenderlo sobre el muro que está detrás de mí, mirarlo por un buen rato y entonces sí, dar una respuesta que tuviera que ver con aquello de que el mar siempre está con uno, aunque no se haya visto ni una sola vez siquiera...
Esa noche había una noche en tus hombros
fue una noche en que quiso llover
en que el cielo se me figuraba un renglón de palabras
aleteando
tras de mí, sin ser apenas llovizna
Las soledades se asomaron curiosas
y se fueron sin respuestas,
cabizbajas
La noche olía a mar
Nocturnamente, casi al final toqué tierra firme
las olas ya no pudieron
abrirse
pero sí sus labios fríos
El mar se me figuraba un montón de cielos
claroscuros, y yo inventé otra noche
para morir
(Fragmento de “Esta noche huele amar o a mar”)
(En post posteriores reseñaré dos cosas que ayer domingo 17 de junio me sacudieron: me he arrojado en parapente en la sierra de Tapalpa y vi un filme de Gaspar Noé –el mismo director de “Irreversible”–, titulado “Solo contra todos”, una película difícil de digerir, violenta, pesada psicológicamente).
19/06/2007
Cuando la violencia es bien vista

“El hombre es el lobo del hombre”, Hobbes
“El deseo de venganza es un impulso natural”, se lee en el cartel alusivo para la promoción de “Irreversible” (2003). Esta película del director argentino Gaspar Noé cuenta la historia de atrás hacia adelante: el carrusel de la linealidad narrativa va girando a la inversa a través de numerosos movimientos de cámara y ocularizaciones internas, desplegando un tipo de violencia sucia, degradante, inquietante, que deja secuelas, porque un acto violento siempre cala, a pesar de que sólo –no importa si de lejos o de cerca– se le mire. En esta propuesta cinematográfica se pone en juego lo señalado por Hobbes: la violencia es un instinto natural, sea cual sea el tipo de ésta.
Hace dos días vi “Solo contra todos”, un filme del mismo director argentino, sólo que anterior a “Irreversible”. En esta película Noé apuesta también por un planteamiento violento, sólo que difiere mucho respecto a lo ofrecido en “Irreversible”: En “Sólo...” se refiere una violencia física, pero sobre todo psicológica. En la mente del personaje es donde se anida y proyecta la violencia, una violencia ensimismada, inatrapable, incomprensible a ratos, destructiva siempre. Es sorprendente cómo el ser humano a veces se convierte en su propio verdugo, en su presa y cazador, en su motivo y descontrol. “Solo...” nos da cuenta de esto de un modo impactante: los monólogos del personaje, largos, complicados, cansinos, lo presentan como un desadaptado, un olvidado de la sociedad, cuando en realidad es la más clara representación de ésta. Por si fuera poco, no sólo la vida es cíclica, también los actos violentos lo son, y en ocasiones vienen más desgarradores, pero no dejan nunca de lado su carácter desolador.
A propósito de las escenas violentas, hay que decir que a más de espectaculares, han formado siempre parte del cine. Pero debemos anotar que su efecto puede ser devastador, en dos sentidos: de algunos filmes puede hablarse de una trivialización de la violencia, dado su sinsentido, sus repetidas y vulgares apariciones en el proceso de la cinta, lo que da al traste con la propuesta; de otros, puede referirse un tipo de violencia eficaz, detonante de emociones, entendida como el momento certero de insertar, en el transcurso de la historia, un vuelco de imágenes, una irrupción que es a veces meteórica, alucinante, metódica, y en algunos casos hasta necesaria. “Irreversible” y “Solo contra todos” se inscriben en este último apartado.
(Que no confunda el título del post, yo tiendo más bien a ser pacífico)
20/06/2007
Un asesino triste
Hace pocos días conocí a un asesino. El asunto fue más bien fortuito. Aquel hombre no era como yo había imaginado a los asesinos. Sus ojos siempre estuvieron embotados, pero sus palabras no pasaron de ser simples. Me contó que ha matado ya a 7 personas, de las cuales no puede olvidar el rostro de una: apenas cierra los ojos con intención de dormir y aquella cara se le queda viendo fijamente; pasado un rato despierta y aspira fuerte para que pase el ahogo. Aún así se sigue alquilando para cortar la vida de todo aquel que sea un estorbo para alguien. Con esto, se podría pensar fácilmente que es rico, pero no, apenas sobrevive. Esta condición suya me trajo a la mente al Chivo, aquel repugnable asesino de Amores perros. La diferencia es que este hombre no tiene, como aquél, un recuerdo de dónde asirse. Y esta soledad le horada todos los sueños apenas los concibe. Es un hombre desgraciado, felizmente desgraciado, dice, porque cuando mata, me explicó, alcanza a sentir un mínimo placer que, pasado un rato, es opacado por un sopor que lo atenaza y lo obliga a repensar su situación. Imbuidos en esta serie de confesiones, sin que yo se lo pidiera, comenzó a contarme su vida; de todo ello saqué en claro que su álbum familiar está en blanco, a lo más, habló de algunos amigos lejanos, aficiones que ya no cultiva y no cree en el futuro; esto es comprensible si se toma en cuenta que vive tratando de reconstruir el pasado, sus días idos. Hubo un momento en que, ante mi incredulidad respecto a lo que contaba, me amenazó de muerte, pero nerviosamente sonreí y acabó por decepcionarse incluso de sus amenazas, que ahora son tibias, endebles, no como antes que eran turbias, imposibles de esquivar. Lo había encontrado en la mesa más lejana de la barra de una cantina que por fuera da la impresión de ser una casa cualquiera; al final de la entrevista, cuando ya ambos habíamos vaciado algunas botellas de cerveza, se quedó allí, mirando una fotografía suya de cuanto tenía 11 años. Pero ni en esa imagen aparece acompañado, está solo, al frente de un portón, y no se ve ni un alma a varios metros a la redonda. Me despedí diciéndole que lo volvería a buscar otro día, para seguir charlando; asintió, pensando quizá que había encontrado con quien exorcizar lo que lo atormentaba, y yo regocijándome porque había encontrado una veta para armar una historia y publicarla, seguro ganaría la primera plana y las páginas del reportaje. Pasados unos días regresé y no lo hallé; ayer mismo lo volví a buscar, pero no tuve éxito. Un poco contrariado, me animé a preguntarle al tipo de rostro mustio de la barra si sabía su paradero; me contestó que no, tajante; alguien lo vio encaminarse por la vía del ferrocarril dos días atrás, me dijo, casi en confidencia, un hombre que jugaba dominó con otro, cuyos ojos no pude despegarme aun antes de haber salido de ahí. Ésa fue la última vez que lo vieron. He investigado y ahora sé que esa vía se extiende hacia el norte. Muchos hombres la han seguido, y de la mayoría la única noticia que se tiene es que no regresan; o si lo hacen, vienen dentro un cajón. Pienso y repienso, y llego a la misma conclusión: era un asesino triste, de los que quedan pocos; de entre las pocas cosas que he logrado rescatar, tengo frescas estas palabras suyas: mato para mitigar mi tristeza. Un asesino triste, el único asesino con el que me he topado; y quizá será el último. Desconozco la dirección que habrá tomado, pero en el fondo quiero convencerme de que fue en busca de aquel niño que miraba en aquella fotografía desolada.21/06/2007
Sigue cerca

El abuelo sí usaba sombrero: blanco o crema no atino a precisarlo ahora, de esos ovalados, de dos huecos en la punta, con las alas dobladas. Por tener una pierna más larga que la otra, ese hombre no caminaba, navegaba por las aceras y calles. Y su sombrero, siempre de lado, parecía la vela desplegada apuntando hacia el horizonte, iba rompiendo el aire como se atajan las corrientes mar adentro. Doblaba la esquina y se le podía identificar aun en la distancia, tras de sí iba dejando un reguero de olas, que lo levantaban, lo llevaban y traían y sólo un sudor copioso era la huella que quedaba de aquel andar marítimo. Llegaba a casa, y tras subir las escaleras que él mismo construyó se sentaba en alguna silla de madera roja en el patio, debajo de un sol verde y de asbesto, colgaba el sombrero en una alcayata y esperaba su vaso de agua del botellón que, invariablemente, mi abuela le llevaba sin demora desde la cocina.
(El pasado mes de abril el abuelo cumplió diez años de haber muerto. Vayan estas palabras como una particular –mía nada más– manera de recordarlo. “Don Celes” lo llamaban en el barrio, Celestino le decía mi abuela, yo simplemente lo llamaba “abuelito”).
25/06/2007
Otra de arena

“Cada aficionado encuentra en el partido un placer o una perversión a su medida”: Juan Villoro
Dice Juan Villoro que en México estamos acostumbrados a perder en muchas cosas, quizá se trata incluso de una vocación; pero de un tiempo para acá estamos adquiriendo una nefasta costumbre: perder en futbol con Estados Unidos (será la única vez que lo nombre aquí).
El futbol, digámoslo así, no es el deporte nacional, sino el único deporte que congrega multitudes, multitudes tan dispares y amorfas en ocasiones. Y estas multitudes ven contrariada su semana si al inicio de ésta –el domingo– el equipo de sus amores pierde en la cancha. Más allá de querer hacer aquí leña del árbol caído, mi pretensión es establecer por qué si México pierde, el país entero se sume en una especie de depresión que incluye el ecuador. Ya se sabe que en este deporte de las patadas se corren dos riesgos al aficionarse o al simplemente verlo como un pasatiempo dominical: si el equipo en el que están puestas las esperanzas carga con la derrota, eso dejará un resabio amargoso en nuestra disposición; caso contrario si se lleva la victoria, pues hasta cantantes noveles nos volvemos y lanzamos nuestros gorgoritos no sólo bajo la regadera. Y esto incluye a aficionados y a no aficionados, pues cuando juega México, se dice comúnmente, jugamos todos. Dicen los comentaristas versados y no tan versados, que México, al verse abajo en el marcador o alcanzado, se achica, se empequeñece, a esto obedece aquellos motes futboleros tan en boga años atrás: la Decepción Mexicana, los ratones verdes, el equipo del ya merito... Y, lo lamentamos, eso pudo haber sucedido en el partido de ayer.
Mientras miraba dicho juego, Godiva (así la llamaré) hacía comentarios de este tipo: antes de que acabe el primer tiempo el equipo contrario anotará un gol (como se sabe, resultó al revés, así que no dudé en espetárselo en la cara). Después continuó: en el segundo tiempo el otro equipo empatará, los mexicanos se van a ir abajo en su ánimo y el otro equipo anotará el 2 a 1 y ganará. Incluso porras a medias estuvo lanzando. Cabe aclarar que Godiva se confiensa aficionada mexicana, el asunto es que –así lo pienso yo– se niega a soñar, se niega a poner sus esperanzas en un equipo que –está convencida– le va a fallar, así, si ganan, ve con más beneplácito la victoria y, de paso, le callan la boca, más o menos esto argumentó (palabras más, palabras menos). Godiva, finalmente, acertó al resultado final, y para colmo se lamentó el no haber apostado, porque tuvo un doble acierto: en el ganador y en el marcador.
Cabe preguntarse qué se pretende con aquello de buscar no decepcionarse: ¿se puede ser aficionado a algún equipo, si se apoya al otro en un partido decisivo?, ¿qué clase de satisfacción es ésa en que al final de juego el aficionado se congratula de haber tenido razón en que su equipo perdería, y que asumió esa posición contraria para que al final del juego la derrota no lo desanimara?, ¿es mejor la comprobación de una fría tesis que haberse atrevido a soñar y a confiar aunque al final no se lograra nada?
Supongo que, como lo asienta Villoro, cada quien mira el partido desde su particular butaca, y es indudable que Godiva lo vio desde la suya, blindada por los cuatro lados por supuesto. En cambio, miles de aficionados en este país se ajustan a esta frase del mismo Villoro: “El aficionado in extremis lleva una pelota entre los oídos. Rara vez trata de defender lo que piensa porque está demasiado nervioso pensando en lo que defiende”. Quizá yo esté incluido en este apartado.
26/06/2007
¿Qué es la locura sino otro cosmos?

“De músicos, poetas y locos...”, ¿de verdad todos tenemos un poco?
“¿Los locos somos otro cosmos?”. ¿Qué es la locura sino otro cosmos? ¿Se puede estar loco y cuerdo al mismo tiempo? ¿El loco es sólo un ser incomprendido o lo mueve en el fondo la rebeldía? ¿Qué es la locura? ¿A qué obedece a que alguien se le tache de loco? ¿Hay distintos tipos de locura: aquélla que padece el que está recluido en el manicomio y la que sufrimos los demás, los que andamos por la calle y, sin embargo, también somos prisioneros de una especie de locuacidad? ¿Cómo se puede llegar a ser un loco? ¿Cómo se le ha de hacer para regresar a la cordura? ¿Acaso estoy loco, soy un loco o finjo estar loco? ¿Todos, sin excepción, estamos locos, somos locos, tendemos a la locura? ¿Está loco aquél que disiente de las ideas de los demás? ¿O el que va a contracorriente como el salmón se desplaza río arriba? ¿O el que lleva hasta sus últimas consecuencias sus arranques, instintos, ignorancias, desatinos? ¿O el que piensa en nada y en todo a la vez? ¿O el que pone todo de su parte para mantener vivas las querencias y esperanzas que ante los otros resultan absurdas? ¿O el que lleva la música por dentro, pero también por fuera? ¿O el que simpatiza con lo poco común, aquello calificado como estrafalario, descabellado, incluso grotesco? ¿Qué hay detrás de un loco, cómo fueron su primeros días, el color de sus querencias, dónde echó, al fin, su mirada futura, los sueños que todo mundo de algún modo concibe? ¿La locura nos convierte en otros seres o seguimos siendo los mismos, no obstante el andar desorientado, la mirada extraviada, las palabras guardadas, la vida detenida?
“No me dejes caer hermano mío, ellos me esperan en un rincón, en un rincón del infierno.
No me dejes caer hermano mío, las flores del mal asaltan mis sueños, les quiebran los huesos, se ríen de mí, devoran mi sombra, me mueven el suelo, me muerden los labios.
Estoy cansado de besar el muro frío, de navegar por los pasillos, de mirar el ventanal, de ver morir a mil caballos en el vacío, uno a uno arrojarse serenamente”.
(Arturo Meza, “Las flores del mal”).
27/06/2007
En estos días....

«En estos días, todo el viento del mundo sopla en tu dirección… Los mares se han torcido con no poco dolor hacia tus costas, la lluvia dibuja en tu cabeza la sed de millones de árboles, las flores te maldicen muriendo, celosas»
(Silvio Rodríguez, «En estos días»)
En estos días hace frío. Pero se trata de un frío que nos empuja al cobijo no por su crudeza, sino por su extraña calidez. No hay mejor clima que éste, dice la Chica Azul. En estos días llueve, a cualquier hora, lluvias fuertes o lloviznas, y se antoja meterse en la cama, o mirar, enchamarrado, por encima de las casas. (En estos días he recordado aquella vez en que en Tapalpa, trepado en el tapanco de una cabaña, miré el rojo de los techos resistir una tormenta por dos horas con la compañía de Susana, que estuvo todo el tiempo en silencio.) En estos días estoy aprendiendo a cuidar a «las nenas», como las llama la Chica Azul, y creo que no soy tan malo, lucen radiantes y hermosas apenas abro la puerta de la calle. En estos días también estoy aprendiendo a sortear mis manías y malas costumbres para no entorpecer el flujo de la cotidianidad que, por ser cotidiana, no trae precisamente lo mismo todos los días. En estos días he recordado particularmente a aquella mujer –llevaba vestido y zapatillas, después supe que no tenía nombre– que bailaba sola sobre las aceras mientras un chubasco la azotaba, su vestido acabó confundido con su piel; yo estaba sentado comódamente en un café, con un frío exquisito, sorbiendo un humeante americano –que, valga aquí la aclaración, ni es americano ni lo acostumbran los estadounidenses–. En estos días no hace falta desear mucho: lo que hay al alcance de la mano es suficiente para mirar la lluvia desde el otro lado, cuando todo lo mojado se vuelve abrazable. En estos días sobrevino el cumpleaños de la Chica Azul, un día que se abrió como el cielo cuando las nubes grises, con vientre bultoso de agua, se alejan para mostrar una claridad no vista antes. Al final, la lluvia coronó su risa y su esperanza en agua. En estos días siempre me hago el propósito de leer y leer más, de escribir y escribir más, de saber estar como lo hace el mar, que sabe estar en todo lugar; de ese mar en que uno se sumerge para fundirse en la vastísima paleta de colores que se despliega en un ofrecimiento que no puede rehusarse. En estos días no es posible correr cuando la lluvia se desata: hay algo que me ata al suelo, que me obliga a permanecer ahí detenido, de pie no obstante sentir el agua que va cuerpo abajo. En estos días he escuchado con particular renovado los discos de Silvio que sobreviven en casa. (A propósito –sin querer ser esnobista y alejado de toda pretensión culturosa–, alguna vez alguien me dijo que se parecía a Arjona; nublado por mi molestia y rabia por esa –así la considero– vil comparación, no pude hacerle notar que la primera diferencia entre ellos es suficiente para abismar uno de otro: Silvio compone historias –ya se sabe, se cuenta algo, con nudos climáticos y una conclusión que carece de estribillo pero es contundente, todo con un tono sumamente poético– y Arjona sólo escribe –su historia casi siempre es un lugar común y no rescata más que clichés ya citados hasta la saciedad por un sinnúmero de plumas–.) En estos días he redescubierto mi antigua afición por los días lluviosos, más allá del tinte melancólico que no se les puede desprender, éstos siempre vienen con un lomo en el que se puede escribir lo que se antoje. En estos días vino a mi mente aquel personaje del barrio de mi niñez: todos los sábados, empujando un carrito azul, pasaba por la calle vendiendo gorditas y puerquitos; aquel aroma que escapaba de la envoltura me ha rondado últimamente. En estos días hay cabida para todo lo que no ha tenido lugar antes.
Uno de estos días saldré a los charcos, a meterme en ellos…
28/06/2007
Sofía

«Sólo morir permanece como la más inmutable razón…», León Gieco
Sofía era una niña de siete años. Vivía con su madre al sur de la Bretaña, en Francia. Su madre, una mujer de 35 años, por cuestiones de sobrevivencia tenía que trabajar. Dejaba a su pequeña en la escuela y se marchaba a su empleo. Sus vidas transcurrían en la más llana cotidianidad, que se vio rota cuando cierto día la niña desapareció. Al llegar del trabajo su madre se percató de que Sofía no estaba en casa. Se dio a la tarea de buscarla, con la ayuda de algunos vecinos, agentes policiales y voluntarios de protección civil. Dieciséis horas después Sofía apareció. Muerta. La policía la encontró a las orillas de un río cercano a su escuela, bajo un puente que servía de escondrijo para maleantes. La noticia conmocionó a ese departamento francés primero, y a toda Francia después, en cuanto los medios divulgaron el hecho. Los informes de la policía arrojaron que Sofía no había sido violada, pero sí que alguien le apretó su endeble cuello hasta que ya no respiró más. Sofía cursaba el segundo grado de nivel básico, apenas había deletreado algunas letras y un sujeto enfermo ya le había leído, con los ojos fijos de odio, toda la historia de su vida en unos cuantos segundos.
Tras diez días de aquel suceso, la niña no había sido sepultada ni incinerada ni nada. La cuestión: su madre y su padre (aparecido en cuanto se enteró de la muerte de la niña) se disputaban ante un tribunal el derecho a hacer de sus restos lo que mejor les pareciera: ella pretendía darle sepultura en un panteón católico en la localidad donde vive su madre, la abuela de Sofía; él, de religión musulmana, quería llevarla a una mezquita e incinerarla.
¿Cuál de los dos se habrá salido con la suya? Lo desconozco. Mas lo preocupante son las disputas estériles en las que a veces nos enfrascamos. Sofía murió. No. Sofía fue asesinada. ¿En una mezquita o en un pantéon cristiano, al fin, ella encontró a alguien o algo que la pudiera liberar de aquel tipo que le apretó el cuello hasta que sus ojos, rasantes de miedo, de impotencia, de lágrimas, de dolor, de terror, de incomprensión, de incertidumbre, se detuvieron en el tiempo? La vida no siempre es una rueda de la fortuna. Pero la muerte siempre será la última rueda a la que nos subamos.
(Esta noticia fue publicada en un periódico francés en 2003.)
